Lamento de hora perdida, abandonada. De un bar que ya no es, acaso por el tiempo, acaso por las monedas. Tiempo que me es dado, como anecdótico pasado, que forja tras varios capítulos, la historia de un hombre que se vuelve un desempleado. Vida y sueño son lo mismo, lo veo hoy que duermo mientras escribo o que corro mientras reposo. El bar fue mío aunque nunca lo fue, necesito recordarlo hoy porque ya no será discusión. Los troncos secos de una pared durarán siempre en la memoria derrotada de quien terminó de caminar. Fue mío pero ya no lo es, por ventura pregunto si lo fue alguna vez.
Remedio de hora abreviada, lenta, abandonada. Mi literatura ya es extensa, goza de tardes dilatadas. Leer parece serlo todo, ¿debiera serlo, acaso? Tiempo libre y dudas, no hay café en mis tardes.
Calendario de burlas y sospechas, la guerra, el amor, la vanidad y el resto se suceden entre semana, apretadas en diez minutos.
Nostalgia de hora ofrecida, cara, abandonada. Yo ya no soy quien supe ser. Responsabilidades de huérfano. Tilde en las letras de tronco. Salón, mesas, café… tortas, tostadas, cuchillo… mozo, cajero, bandeja… historias, testigos, clientes… muerto todo, presente que fue, ahora la vida es mi silla, mi cuento y leer.
lunes, 1 de octubre de 2007
martes, 25 de septiembre de 2007
Soberbias
La soberbia es un producto
Que se compra por dos pesos.
Se propaga cual bacteria,
Y viaja en sangre de arterias
De cualquier tipo común
Que suela comprar en ferias
Y si hay problemas de plata
También existe el fiado
La soberbia es un buen amparo
De inseguros y pacatos
De cualquier tipo ordinario
Que quiera el producto en mano
Soberbia de mil amores
Es quien mejor sobrevive.
Es pecado, perdón y mal,
Es la sombra del que escribe
No se nutre en la verdad
Pues la soberbia es mental
Soberbia vive en mis venas
Como en sus venas la suya
Soberbia vive y sospecha
Que mientras luzca bien hecha
La vanidad no escatima
Y la humildad se hace trizas
Soberbia se compra en sacos
Y viene de a par de genes
Formando un seudo legajo
Que algunos llaman especies.
Pero no ven que es montaje
Eso que creen linaje.
Entre las garras más tuyas
Y entre las almas del viento
Flota y vive con aliento
La frase de un europeo
Que de poder bien enfermo
Dijo en su tierra y su tiempo
Gran Napoleón Bonaparte
Que cuanto más tengo, quiero
Mucho más de lo que tengo
Más aún de lo que puedo.
Tú has sido estratega en guerras
Y argumento de mil entierros
Dejando en mi diccionario
Frase que leo y desprecio
Letras que muestran en serio
Tu trastornado criterio
“Humildad es virtud” –es cierto-
Según vos “de tontos y necios”
Que se compra por dos pesos.
Se propaga cual bacteria,
Y viaja en sangre de arterias
De cualquier tipo común
Que suela comprar en ferias
Y si hay problemas de plata
También existe el fiado
La soberbia es un buen amparo
De inseguros y pacatos
De cualquier tipo ordinario
Que quiera el producto en mano
Soberbia de mil amores
Es quien mejor sobrevive.
Es pecado, perdón y mal,
Es la sombra del que escribe
No se nutre en la verdad
Pues la soberbia es mental
Soberbia vive en mis venas
Como en sus venas la suya
Soberbia vive y sospecha
Que mientras luzca bien hecha
La vanidad no escatima
Y la humildad se hace trizas
Soberbia se compra en sacos
Y viene de a par de genes
Formando un seudo legajo
Que algunos llaman especies.
Pero no ven que es montaje
Eso que creen linaje.
Entre las garras más tuyas
Y entre las almas del viento
Flota y vive con aliento
La frase de un europeo
Que de poder bien enfermo
Dijo en su tierra y su tiempo
Gran Napoleón Bonaparte
Que cuanto más tengo, quiero
Mucho más de lo que tengo
Más aún de lo que puedo.
Tú has sido estratega en guerras
Y argumento de mil entierros
Dejando en mi diccionario
Frase que leo y desprecio
Letras que muestran en serio
Tu trastornado criterio
“Humildad es virtud” –es cierto-
Según vos “de tontos y necios”
miércoles, 19 de septiembre de 2007
El casco, el campo
Con una intriga nostálgica gire por última vez la llave de la cerradura, que no cedió
fácilmente, el pasado no siempre
vuelve de buena gana. Arrastrándola contra el piso, abrí la puerta, pero no entré. Esa decisión aún no estaba tomada.
Después de unos segundos, y empujado por la justificación de un viaje, respiré hondo (como suelo hacer en los momentos previos a las grandes ocasiones), y me adentré en parte de mi infancia.
Di tres pasos dubitativos hasta el centro de la cocina, que aún conservaba esa g
eografía que recorría mi madre mientras nos preparaba la cena. Mis ojos se abrieron mucho más, involuntariamente. La sorpresa no es una emoción lógica aunque, irónicamente, predecible.
Empujé la puerta que daba al comedor con cierto temor a algún roedor propietario, o quizás un pájaro que se viera acorralado. Crucé la oscura habitación y estuve finalmente en la sala, esa que nos albergaba mientras esperábamos que la comida estuviera lista. Esa que conocía nuestros juegos, la que servía de tablero de tantos “trucos”, “generalas” y “cariocas”, esa, la oscura y tenebrosa, la eternamente desquebrajada, la misma de siempre, aún más antigua. Fue extraño recuperar ese olor a muebles de la abuela, de otra abuela, de la que alguna vez fue abuela también. Recuperar cada rincón donde antes habría de esco
nderme.
Fue extraño escuchar a los sillones pedirme consuelo, hundidos en su humedad, abandonados como todas las cosas que no pueden perseguirnos y obligarnos a quererlas.
Me di cuenta de todas las cosas que extrañaba sin notarlo y concluí que nadie sabe lo que tuvo hasta que lo recupera, y ese instante minúsculo de reconquista justifica toda perdida.
vuelve de buena gana. Arrastrándola contra el piso, abrí la puerta, pero no entré. Esa decisión aún no estaba tomada.
Después de unos segundos, y empujado por la justificación de un viaje, respiré hondo (como suelo hacer en los momentos previos a las grandes ocasiones), y me adentré en parte de mi infancia.
Di tres pasos dubitativos hasta el centro de la cocina, que aún conservaba esa g
Empujé la puerta que daba al comedor con cierto temor a algún roedor propietario, o quizás un pájaro que se viera acorralado. Crucé la oscura habitación y estuve finalmente en la sala, esa que nos albergaba mientras esperábamos que la comida estuviera lista. Esa que conocía nuestros juegos, la que servía de tablero de tantos “trucos”, “generalas” y “cariocas”, esa, la oscura y tenebrosa, la eternamente desquebrajada, la misma de siempre, aún más antigua. Fue extraño recuperar ese olor a muebles de la abuela, de otra abuela, de la que alguna vez fue abuela también. Recuperar cada rincón donde antes habría de esco
Fue extraño escuchar a los sillones pedirme consuelo, hundidos en su humedad, abandonados como todas las cosas que no pueden perseguirnos y obligarnos a quererlas.
Me di cuenta de todas las cosas que extrañaba sin notarlo y concluí que nadie sabe lo que tuvo hasta que lo recupera, y ese instante minúsculo de reconquista justifica toda perdida.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Insultos a los que no se sienten insultados con estos insultos
Hoy, como tantos otros días, tengo ganas de ser un tanto insolente y molestar. Para satifacer esa hermosa intención existen varias técnicas, como por ejemplo el imaginar encuestas que nadie hizo y, a partir de un resultado falaz y autoritario, sacar conclusiones.


Imagino por lo tanto que la reconocida Universidad de Salamanca, España, confirmó lo que yo tanto temía: vivimos en Springfield, nos reímos de nosotros mismos y ni siquiera nos enteramos. Los estudiantes de publicidad de la universidad mencionada fueron los encargados de idear y llevar a cabo el estudio que derivó en una encuesta inédita.
La consigna a responder por los participantes era “nombrar tres de los momentos más felices de sus vidas”. El total de encuestados ascendía a dos mil personas de todas la edades.
Aunque parezca imposible, sucedió. Más de la mitad de los encuestados mencionaron alguna escena de “Los Simpsons” como momento más divertidos de sus vidas.
Dicha encuesta reavivó las aguas para los detractores de la televisión que se mostraron indignados ante el poder del aparato.
Pero, ¿es, el resultado, realmente producto del predominio de la televisión?, o ¿hay algo detrás? ¿No existe, acaso, algún mérito del programa propiamente dicho?, o ¿todo producto salido de la televisión es accesorio a ella?
Considero las respuestas al
caso más que claras. La gente habló de los Simpsons y no de la televisión. Ahora bien, ¿Qué tiene de especial el programa?
Desde el punto de vista estético no varía demasiado de las caricaturas tradicionales, aquí se trata de un grupo de humanos animados de color amarillo, con cuatro dedos en cada mano y dueños de alguna extraña deficiencia.
Siempre en contacto con la actualidad, Los Simpsons evocan a menudo personajes de la vida real elegidos con delicado criterio. Ridiculizan ex-presidentes, descreen de la policía y con frecuencia disocian al pensamiento del personaje, como si fueran ajenos el uno al otro.
Sin dudas, con su ausencia de límites, Los Simpsons han trasgredido los códigos del dibujo animado e incluso los códigos de las críticas sociales tradicionales.
Aquí lo real se presenta con ironía y acidez, con tintes de humor negro y algún gag clásico; dando como resultado reiteradas e incontenibles risas y carcajadas.
Y al final todos somos ellos, la estupidez de Homero no es realmente suya, sino nuestra. Compadecernos del protagonista es compadecernos de nosotros mismos. Pero tan torpes somos que ni siquiera nos damos cuenta.
Me resulta falaz creer que la gente realmente entiende a Los Simpsons porque están hechos con dedicación y calidad (cualidades que no abundan hoy en día); porque es un programa inteligente que describe cuan estúpida es la gente; y porque de entenderlos deberíamos llorar y no reír. Además, si Homero viera Los Simpsons, no los entendería.
Pero a pesar de todo siguen allí, liderando nuestro ranking de momentos graciosos, y eso será tal vez porque no es ficción lo que vemos, sino nuestra propia vida e idiotez.
Hoy todos vemos Los Simpsons y está bien que así sea, ya que entre tantas risas se cuelan mensajes conscientizadores y manuales de uso del mundo en que vivimos, como por ejemplo que veinte dólares compran mucho maní.
La consigna a responder por los participantes era “nombrar tres de los momentos más felices de sus vidas”. El total de encuestados ascendía a dos mil personas de todas la edades.
Aunque parezca imposible, sucedió. Más de la mitad de los encuestados mencionaron alguna escena de “Los Simpsons” como momento más divertidos de sus vidas.
Dicha encuesta reavivó las aguas para los detractores de la televisión que se mostraron indignados ante el poder del aparato.
Pero, ¿es, el resultado, realmente producto del predominio de la televisión?, o ¿hay algo detrás? ¿No existe, acaso, algún mérito del programa propiamente dicho?, o ¿todo producto salido de la televisión es accesorio a ella?
Considero las respuestas al
caso más que claras. La gente habló de los Simpsons y no de la televisión. Ahora bien, ¿Qué tiene de especial el programa?Desde el punto de vista estético no varía demasiado de las caricaturas tradicionales, aquí se trata de un grupo de humanos animados de color amarillo, con cuatro dedos en cada mano y dueños de alguna extraña deficiencia.
Siempre en contacto con la actualidad, Los Simpsons evocan a menudo personajes de la vida real elegidos con delicado criterio. Ridiculizan ex-presidentes, descreen de la policía y con frecuencia disocian al pensamiento del personaje, como si fueran ajenos el uno al otro.
Sin dudas, con su ausencia de límites, Los Simpsons han trasgredido los códigos del dibujo animado e incluso los códigos de las críticas sociales tradicionales.
Aquí lo real se presenta con ironía y acidez, con tintes de humor negro y algún gag clásico; dando como resultado reiteradas e incontenibles risas y carcajadas.
Y al final todos somos ellos, la estupidez de Homero no es realmente suya, sino nuestra. Compadecernos del protagonista es compadecernos de nosotros mismos. Pero tan torpes somos que ni siquiera nos damos cuenta.
Me resulta falaz creer que la gente realmente entiende a Los Simpsons porque están hechos con dedicación y calidad (cualidades que no abundan hoy en día); porque es un programa inteligente que describe cuan estúpida es la gente; y porque de entenderlos deberíamos llorar y no reír. Además, si Homero viera Los Simpsons, no los entendería.

Pero a pesar de todo siguen allí, liderando nuestro ranking de momentos graciosos, y eso será tal vez porque no es ficción lo que vemos, sino nuestra propia vida e idiotez.
Hoy todos vemos Los Simpsons y está bien que así sea, ya que entre tantas risas se cuelan mensajes conscientizadores y manuales de uso del mundo en que vivimos, como por ejemplo que veinte dólares compran mucho maní.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Sobre "El libro del desasosiego"
“El corazón, si pudiese pensar, se detendría”, esa frase sigue resonando en mi cabeza desde la primera página del libro. Quizás sirva como resumen, si es que de algo sirven los resúmenes; pero lo cierto es que hoy, luego del sueño postergado por meses, terminé la últim
a página del “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa (bajo el heterónimo de Bernardo Soares).
Fue hoy a media mañana que agoté la última letra, la línea final y el renglón fatal que da término a aquel libro de fragmentos en donde todo lo que no es sueño, es congoja.
Terminé con una sensación contradictoria: por un lado estuvo la gracia y la satisfacción de la cosa acabada, de haber cumplido completo el camino de esas 500 páginas; por el otro estuvo la zozobra sutil de ya no contar con más fragmentos que leer.
Vulgarmente hablando, me siento liberado, pues el libro estaba tejiendo sobre mí cadenas dolorosas que acaparaban toda mi atención y no me permitían leer nada más, habiendo tanto allí que necesito con urgencia.
Fue una lectura larga, tendida en el tiempo y demandante de paciencia. Tuve yo que olvidarme de mi vida, tuve también que despreciar toda acción e intentar –sin adueñarme de los sueños de Soares- despojarme de todo lo que no fuera sueño. Llegué incluso a conciliar con la idea de que vivir es degradante, perdí por momentos la confianza en la realidad.
Desde el comienzo hasta el final fue una constante agonía: más de un mes y medio padeciendo los castigos de semejante tristeza. Es que para leer el Libro del Desasosiego se requiere tiempo y disponibilidad, pues en sus páginas vive la vida secreta de un hombre que hubo de existir y cuya memoria llevó años. Se debe ir de a poco empapándose de esas memorias, se debe ser él y nadie más.
La añoranza, el llanto, el abatimiento, la desolación, la amargura, la lobreguez, la nostalgia, la genialidad, la soledad, el desconcierto… y aun peores penas, se encuentran en el Libro del Desasosiego, todo bajo el manto de una reiterativa lluvia sobre el suelo de Lisboa. La ausencia de la calma, la imponencia del devaneo.
El libro no se digiere y se olvida, sino que pasa a formar parte del ajetreo, todo se empieza a concebir en forma de tormenta, con ojos desasosegados.
Leía algunas pocas páginas por día, las recorría varias veces hasta terminar de exprimirlas. No avanzaba, giraba; tanto que hasta creí estar escribiendo sobre lo ya escrito. Uno debe acompañar con la propia soledad a la soledad del escritor, sino nada sirve y te sentís hipócrita porque Pessoa te hace sentir así.
Cada día contado por Soares, era un día para mí, incluso tuve que esperar varias veces a la lluvia para leer los fragmentos con lluvia.
Pero al fin terminé, acaso con la satisfacción de que la próxima será una relectura, acaso con la alegría de la nostalgia falsa que me inculcó el portugués. Terminé y soy una persona libre que siente, no pena sino tristeza por la tristeza y pena que algún día sufrió Pessoa.
Retrato de una persona enferma de si misma y de su propia lucidez. Esclavo del hecho cierto de que sea escasa la compañía capaz de acompañar a los que quieren estar solos. Si los solitarios siguen siéndolo es porque nadie sabe acompañar en soledad.
Por mi parte, yo festejo que entre tanta incomprensión y sufrimiento, algunas de las víctimas perpetúan libros como este.
a página del “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa (bajo el heterónimo de Bernardo Soares).Fue hoy a media mañana que agoté la última letra, la línea final y el renglón fatal que da término a aquel libro de fragmentos en donde todo lo que no es sueño, es congoja.
Terminé con una sensación contradictoria: por un lado estuvo la gracia y la satisfacción de la cosa acabada, de haber cumplido completo el camino de esas 500 páginas; por el otro estuvo la zozobra sutil de ya no contar con más fragmentos que leer.
Vulgarmente hablando, me siento liberado, pues el libro estaba tejiendo sobre mí cadenas dolorosas que acaparaban toda mi atención y no me permitían leer nada más, habiendo tanto allí que necesito con urgencia.
Fue una lectura larga, tendida en el tiempo y demandante de paciencia. Tuve yo que olvidarme de mi vida, tuve también que despreciar toda acción e intentar –sin adueñarme de los sueños de Soares- despojarme de todo lo que no fuera sueño. Llegué incluso a conciliar con la idea de que vivir es degradante, perdí por momentos la confianza en la realidad.
Desde el comienzo hasta el final fue una constante agonía: más de un mes y medio padeciendo los castigos de semejante tristeza. Es que para leer el Libro del Desasosiego se requiere tiempo y disponibilidad, pues en sus páginas vive la vida secreta de un hombre que hubo de existir y cuya memoria llevó años. Se debe ir de a poco empapándose de esas memorias, se debe ser él y nadie más.
La añoranza, el llanto, el abatimiento, la desolación, la amargura, la lobreguez, la nostalgia, la genialidad, la soledad, el desconcierto… y aun peores penas, se encuentran en el Libro del Desasosiego, todo bajo el manto de una reiterativa lluvia sobre el suelo de Lisboa. La ausencia de la calma, la imponencia del devaneo.
El libro no se digiere y se olvida, sino que pasa a formar parte del ajetreo, todo se empieza a concebir en forma de tormenta, con ojos desasosegados.
Leía algunas pocas páginas por día, las recorría varias veces hasta terminar de exprimirlas. No avanzaba, giraba; tanto que hasta creí estar escribiendo sobre lo ya escrito. Uno debe acompañar con la propia soledad a la soledad del escritor, sino nada sirve y te sentís hipócrita porque Pessoa te hace sentir así.
Cada día contado por Soares, era un día para mí, incluso tuve que esperar varias veces a la lluvia para leer los fragmentos con lluvia.
Pero al fin terminé, acaso con la satisfacción de que la próxima será una relectura, acaso con la alegría de la nostalgia falsa que me inculcó el portugués. Terminé y soy una persona libre que siente, no pena sino tristeza por la tristeza y pena que algún día sufrió Pessoa.
Retrato de una persona enferma de si misma y de su propia lucidez. Esclavo del hecho cierto de que sea escasa la compañía capaz de acompañar a los que quieren estar solos. Si los solitarios siguen siéndolo es porque nadie sabe acompañar en soledad.
Por mi parte, yo festejo que entre tanta incomprensión y sufrimiento, algunas de las víctimas perpetúan libros como este.
martes, 4 de septiembre de 2007
Pudor de Romanticismo
Después de años de buscar respuestas para encontrar consuelo a mi tristeza, a los saboteos de mis buenos momentos, a las desgraciadas maneras de mirar las cosas buenas, llegué a ninguna conclusión.
La vida se trata de veinticuatro horas por día. En cada minuto nos encontramos con nosotros mismos y peleamos con nuestros conflictos. En cada batalla sorteamos nuestra suerte y dependiendo de nuestra fortaleza aflorará cierto humor.
Vos y yo, los demás y el resto. Las mujeres látigo en el flagelo de sus ausencias, en lo agresivo de sus presencias; son latidos profundos y punzantes en la cabeza de cada hombre. Todo estado tiene nombre de mujer, toda crisis se delata en una risa.
Hoy desde lejos las miro de a poco, a cada una de ellas pero no las nombro. Sólo me quedo en una ciudad inventada, con calles perfectas y bohemia clandestina, precisa y personal. La recorro cuadra a cuadra con cierta mirada romántica y evoco involuntariamente las historias de algún otro. Luego me muero en esa esquina y en la plaza, en un juego con las manos y las miradas de despedida. Cierta casa antigua y ya mitológica en mi pasado personal y un sótano de intimidad, desgarrador.
Y es que, ¿no es eso una búsqueda de romanticismo? Todos somos tan imberbes que creemos que lo que nos pasa a nosotros es mas emocionante que lo que le pasa a los demás. Queremos que todo nos suceda de manera espectacular, de forma única y novelística. Si todo lo que pensara cada uno se sucediera de la forma idealizada ¿que sería lo romántico, donde estaría lo distinto? Tanto en la poesía cotidiana o en la norma establecida. De novela es lo pasado, es lo ajeno, los sueños, lo imaginado. Yo más bien vivo mi vida de la forma más intensa, sea durmiendo por días o mirándote dormir. Romántico es ser conciente de que se puede ser nadie juntos, y optimista es hablar de juntos cuando suelo ser sólo yo.
La vida se trata de veinticuatro horas por día. En cada minuto nos encontramos con nosotros mismos y peleamos con nuestros conflictos. En cada batalla sorteamos nuestra suerte y dependiendo de nuestra fortaleza aflorará cierto humor.
Vos y yo, los demás y el resto. Las mujeres látigo en el flagelo de sus ausencias, en lo agresivo de sus presencias; son latidos profundos y punzantes en la cabeza de cada hombre. Todo estado tiene nombre de mujer, toda crisis se delata en una risa.
Hoy desde lejos las miro de a poco, a cada una de ellas pero no las nombro. Sólo me quedo en una ciudad inventada, con calles perfectas y bohemia clandestina, precisa y personal. La recorro cuadra a cuadra con cierta mirada romántica y evoco involuntariamente las historias de algún otro. Luego me muero en esa esquina y en la plaza, en un juego con las manos y las miradas de despedida. Cierta casa antigua y ya mitológica en mi pasado personal y un sótano de intimidad, desgarrador.
Y es que, ¿no es eso una búsqueda de romanticismo? Todos somos tan imberbes que creemos que lo que nos pasa a nosotros es mas emocionante que lo que le pasa a los demás. Queremos que todo nos suceda de manera espectacular, de forma única y novelística. Si todo lo que pensara cada uno se sucediera de la forma idealizada ¿que sería lo romántico, donde estaría lo distinto? Tanto en la poesía cotidiana o en la norma establecida. De novela es lo pasado, es lo ajeno, los sueños, lo imaginado. Yo más bien vivo mi vida de la forma más intensa, sea durmiendo por días o mirándote dormir. Romántico es ser conciente de que se puede ser nadie juntos, y optimista es hablar de juntos cuando suelo ser sólo yo.
sábado, 25 de agosto de 2007
Respuestas sin sentido para preguntas sin respuesta
Encontrar cosas para preguntarse es fácil e insoportable, es cuestión de parar un segundo en medio de la calle y ponerse a pensar de qué se tratan, por ejemplo, la mayor parte de nuestras costumbres.
Hoy, por lo pronto, me asalta una pregunta seudo religiosa (porque en Buenos Aires hasta las preguntas te asaltan). Resulta que mientras camino, ciertas veces, cruzo iglesias que han de estar hace años allí instaladas. Es curioso, lo sé, pero no voy a negar que la mayor parte de las veces (es decir cuando me doy cuenta de que allí hay una iglesia) yo hago una especie de seña o ritual con la mano derecha en forma de cruz poco precisa que termina formando lo que parece ser, se llama “sagrada trinidad”. En otro momento, menos hereje, voy a dedicarme a entender por qué es que sigo haciendo el ritual, pero hoy, o ahora que es más preciso, mi duda es técnica. El dilema es el siguiente: supo
ngamos que yo vengo caminando por Rodríguez Peña cerca de cortar Córdoba, y sé (por conocer esa calle) que en los próximos metros hay una iglesia bastante agradable si de arquitectura hablamos. El dilema, estaba diciendo, es que cuando sé que voy a pasar frente a la iglesia me agarra una especie de nerviosismo o inquietud por no saber cuando debo empezar a hacer la señal de la cruz.
Dicha señal (ya explicada previamente por mí y supongo que por algún testamento o Papa mucho antes) se hace cuando se pasa por el templo, pero en qué parte de ese trayecto. O sea, hay más de veinte pasos transitables frente a la iglesia, en qué punto o paso preciso debo yo dirigir mi mano a la frente y luego al pupo para después ir a los hombros y terminar besando mi dedo gordo cual si fuera un chupetín.
Me vendría muy bien si algún miembro de la ¿“santa sede”? se comunicara con mi persona por medio de este blog y me sacara del brete de tener que debatir conmigo mismo dónde empezar a hacer la señal sagrada cada vez que paso por la casa de Dios. Prometo poner toda mi voluntad para no ofender a nadie pero creo sinceramente que esas imprecisiones no pueden permiti
rse en una institución tan antigua como es el cristianismo.
En el tiempo que haya que esperar, procuraré hacer la señal en el justo medio de la iglesia. Tal vez deje de caminar y me pare, así no pierdo las proporciones, o tal vez evite cruzar iglesias. Pero claro que hay veces en que yendo en colectivo no puedo evitarlo y ahí es aún más complicado porque hay menos tiempo y se requiere mayor agilidad para confeccionar cruces imaginarias. Dicho sea de paso, pregunto si es necesario ir por la vereda del establecimiento, o la cruz se puede hacer desde la vereda del frente. En el caso de que la sagrada trinidad sepa cruzar la calle sola habría que aclarar también si es requerido esperar a que no vengan autos que puedan dañar el emblema, quizás la señal rebote contra los rodados si no se la hace cuando el camino está libre. Todas estas preguntas, que las sé difíciles de responder, han de tener explicación y es por eso que elevo mi inquietud, siempre con ánimo expeditivo y para el bien del cristianismo.
En fin, agradezco el tiempo y en resumidas cuentas las preguntas planteadas serían:
1) ¿En qué punto exacto o en qué paso se debe hacer la señal de la cruz?
2) ¿Sirve una señal hecha en diagonal a la puerta de entrada de la iglesia?
3) ¿Se debe mover la mano apenas se pone un pie lindando con los ladrillos de la sede de Dios?
4) ¿Es cualquiera llamar “sede de Dios” a la iglesia?
5) ¿Vale la señal hecha desde la vereda de enfrente?
6) ¿Cruza, la cruz, la calle sola o se debe esperar al semáforo?
7) ¿Se puede hacer desde el colectivo?
8) ¿Es necesario abrir la ventana o pasa el vidrio?
9) ¿Existe alguna instrucción de Cortazar respecto del tema y no me enteré?
10) ¿No es contradictorio que la “Sagrada Trinidad”, sagrada subrayado, se consume con un simple movimiento de manos terminados en un beso de dedo mayor o golpecito en la frente?
He dicho. Espero no haber herido susceptibilidades y sepan entender que estas dudas me desvelaban, cada tanto (cada vez que pensaba en ello me daban ganas de escribirlo y las ganas de escribir cualquier cosa no me dejan dormir).
ngamos que yo vengo caminando por Rodríguez Peña cerca de cortar Córdoba, y sé (por conocer esa calle) que en los próximos metros hay una iglesia bastante agradable si de arquitectura hablamos. El dilema, estaba diciendo, es que cuando sé que voy a pasar frente a la iglesia me agarra una especie de nerviosismo o inquietud por no saber cuando debo empezar a hacer la señal de la cruz.Dicha señal (ya explicada previamente por mí y supongo que por algún testamento o Papa mucho antes) se hace cuando se pasa por el templo, pero en qué parte de ese trayecto. O sea, hay más de veinte pasos transitables frente a la iglesia, en qué punto o paso preciso debo yo dirigir mi mano a la frente y luego al pupo para después ir a los hombros y terminar besando mi dedo gordo cual si fuera un chupetín.
Me vendría muy bien si algún miembro de la ¿“santa sede”? se comunicara con mi persona por medio de este blog y me sacara del brete de tener que debatir conmigo mismo dónde empezar a hacer la señal sagrada cada vez que paso por la casa de Dios. Prometo poner toda mi voluntad para no ofender a nadie pero creo sinceramente que esas imprecisiones no pueden permiti
rse en una institución tan antigua como es el cristianismo.En el tiempo que haya que esperar, procuraré hacer la señal en el justo medio de la iglesia. Tal vez deje de caminar y me pare, así no pierdo las proporciones, o tal vez evite cruzar iglesias. Pero claro que hay veces en que yendo en colectivo no puedo evitarlo y ahí es aún más complicado porque hay menos tiempo y se requiere mayor agilidad para confeccionar cruces imaginarias. Dicho sea de paso, pregunto si es necesario ir por la vereda del establecimiento, o la cruz se puede hacer desde la vereda del frente. En el caso de que la sagrada trinidad sepa cruzar la calle sola habría que aclarar también si es requerido esperar a que no vengan autos que puedan dañar el emblema, quizás la señal rebote contra los rodados si no se la hace cuando el camino está libre. Todas estas preguntas, que las sé difíciles de responder, han de tener explicación y es por eso que elevo mi inquietud, siempre con ánimo expeditivo y para el bien del cristianismo.
En fin, agradezco el tiempo y en resumidas cuentas las preguntas planteadas serían:
1) ¿En qué punto exacto o en qué paso se debe hacer la señal de la cruz?
2) ¿Sirve una señal hecha en diagonal a la puerta de entrada de la iglesia?
3) ¿Se debe mover la mano apenas se pone un pie lindando con los ladrillos de la sede de Dios?
4) ¿Es cualquiera llamar “sede de Dios” a la iglesia?
5) ¿Vale la señal hecha desde la vereda de enfrente?
6) ¿Cruza, la cruz, la calle sola o se debe esperar al semáforo?
7) ¿Se puede hacer desde el colectivo?
8) ¿Es necesario abrir la ventana o pasa el vidrio?
9) ¿Existe alguna instrucción de Cortazar respecto del tema y no me enteré?
10) ¿No es contradictorio que la “Sagrada Trinidad”, sagrada subrayado, se consume con un simple movimiento de manos terminados en un beso de dedo mayor o golpecito en la frente?
He dicho. Espero no haber herido susceptibilidades y sepan entender que estas dudas me desvelaban, cada tanto (cada vez que pensaba en ello me daban ganas de escribirlo y las ganas de escribir cualquier cosa no me dejan dormir).
sábado, 18 de agosto de 2007
Oda a la ambición errada
Que no hay fondo en el abismo,
Pues abismo es puro fondo
Y no hay culpa en un bautismo,
Dios sabe de hacerse el sordo.
No habrás de buscar fulgor
En un paisaje de hastío.
No intentes tejer amor
En un amor ya perdido.
Donde manda la inocencia
No hay rancho ni junta aparte,
No hay rasgos de una experiencia,
No hay más que querer ser nadie.
De a partes enteras todo
Se va creando la tierra,
Solo lodo hay en el lodo,
Solo guerra hay en la guerra
Y a quien retruque mi canto,
Que de ojo y pierna se vale,
Que venga y me desafíe
A hallar juventud en añares
Pues abismo es puro fondo
Y no hay culpa en un bautismo,
Dios sabe de hacerse el sordo.
No habrás de buscar fulgor
En un paisaje de hastío.
No intentes tejer amor
En un amor ya perdido.
Donde manda la inocencia
No hay rancho ni junta aparte,
No hay rasgos de una experiencia,
No hay más que querer ser nadie.
De a partes enteras todo
Se va creando la tierra,
Solo lodo hay en el lodo,
Solo guerra hay en la guerra
Y a quien retruque mi canto,
Que de ojo y pierna se vale,
Que venga y me desafíe
A hallar juventud en añares
viernes, 10 de agosto de 2007
Ensayo sobre un viejo indecente
“Yo siempre llevo una botella de whisky conmigo y si algún extraño quiere iniciar una conversación en el colectivo, yo le doy un largo sorbo a mi escocés y lo espanto”, cuenta Charles Bukowski en una de sus primeras novelas “Factotum”. Esta es simplemente una de las tantas muestras del desprecio que Bukowski sentía por su sociedad.Adicto al alcohol -a cualquier botella accesible-, adicto a la soledad –a su imagen de genio escondido en la oscuridad de una habitación-, adicto al insulto, al odio, a la pobreza, a las mudanzas, a todo aquello que nos suele incomodar. Pero ante todo, y sin pudores, adicto a la mujer, al cuerpo de mujer en sí. Sin prejuicios ni barreras, para Bukowski todas las mujeres son igual de atractivas y cientos de veces nos cuenta el escritor sus sinceros impulsos ante los distintos “pedazos de carne”.
“Todo en esa mujer era culo y teta. Dios o quien sea no se cansa de hacer mujeres y echarlas al mundo”, escribe.
Pero aún más interesante, cada una de sus descripciones y vivencias no son más que referencias autobiográficas. En diversas entrevistas, y una vez adquirida la fama, este “viejo indecente”, como el mismo se denomina, confesó que el 99% de las cosas que escribe las vivió. Allí se entera el lector de que los cuentos, las novelas y las poesías no tratan de un tipo creativo haciéndose el loco o el borracho, sino que cuentan experiencias de un enfermo, loco y borracho en serio.
Bukowski era un escritor maldito y único. Era feo (tenía la cara plagada de pozos y marcas, producto de un
acné mal tratado en la adolescencia), lo dejaban las mujeres, lo echaban de los trabajos, hacía fortunas en el hipódromo y las perdía en el alcohol.Pero nada de esto molesta, ya que quien lee a Bukowski sabe lo que va a encontrar y lo busca. Podrá ser obsceno pero por eso mismo lo leen sus lectores, porque esa es su poética inconfundible y porque los insultos o demás se desprenden solos de la situación, sin forcejeos o falsos enojos. Cualquiera pensaría lo mismo que el autor en las situaciones que se cuentan, la diferencia es que Charles lo escribe y lo confiesa.
Sin embargo existe quien afirma que Bukowski es leído sin compromiso, como a uno más de la literatura, como a un escritor menor que supo ser gracioso e insolente. Muchos creen que Henry Chinaski (alter ego del autor) no quedará más que en la memoria de unos pocos. Pero esos estudiosos, que con la mente fría sacan conclusiones, son presos de sus prejuicios o de formaciones religiosas estrictas que los obligan a indign
arse frente a la palabra sexo. Peor aún si se encuentran con frases como “¡Cristo nena, que buen polvo! Oh, Cristo”, y después con la conclusión del mismo personaje “Yo no sé por qué Cristo siempre aparece en estas situaciones”Pero más allá de conclusiones, mucho más allá del pensamiento promedio y de los conceptos morales trillados, se puede ver a Bukowski solo y triste por “la senda del perdedor”, escribiendo sus historias y pasado en copas de whisky. Charles era un solitario que solo quería insultar un rato al mundo, después de todo, ¿quién no quiso hacerlo alguna vez?
lunes, 6 de agosto de 2007
Confesión
Hoy necesito decir algo, es decir necesito realmente decir algo, con las venas y con la vieja sangre que ya no fluye por ellas; es decir con la garganta cuadripléjica pues no puede ni esbozar llantos; es decir -con más fuerza todavía- con mis dos ojos secos, ciegos, tristes y muertos.
Necesito confesar que ya no soporto más que su nombre se adueñe de mi nombre y de paso me arruine la estadía. Quiero gritar, desde que alguien la evocó por accidente, que es injusto lo mucho que me burla, aún sin saber que todavía existo.
Y lo peor, sin contar mi vida, es que ya ni hay suspenso, no tengo más dudas de lo que viene en esta historia inexistente. La única incógnita acaso es qué haré yo con esta rabia de nostalgia falsa, con esta tristeza por lo que nunca sentí. Melancolía por haber querido tener algo en que pensar, añoranza de recuerdos que no llegaron.
En resumidas cuentas: no sé cómo hacer para que me den una porción de mí que no esté infestada por su nombre. Ni las palabras me sirven pues sólo intento echar por letras la mierda que siento dentro, que es una mezcla de ella, con su cara, su apellido y todo lo que siendo suyo no fue nunca mío.
¿Por qué siempre lo mismo?, ¿por qué su cuento miserable haciendo fricción contra mis nervios?, y en el halo morboso de mi sufrimiento: su sonrisa de hotel lujoso haciéndome creer que es de trato personalizado.
¿Qué estoy diciendo?, ¿por qué me rebajo a la confesión de lo que no debe interesarles? Es que de allá abajo vengo y esta es mi crónica de lo que fue. Es el relato inmaduro de mi resentimiento tardío para con mi persona por no haberla convencido.
Y cuando pido olvido miento (como todos lo hacen al pedirlo) porque lo que pido en realidad es oportunidad y correspondencia a mi puta mala suerte.
Soy sol, tierra, agua y aire puro en un planeta en donde no existe la vida. Soy solo la imagen del lugar perfecto que podría haber sido de haber nacido mejor. Absurdo y prescindible, sal de mil mares.
Necesito confesar que ya no soporto más que su nombre se adueñe de mi nombre y de paso me arruine la estadía. Quiero gritar, desde que alguien la evocó por accidente, que es injusto lo mucho que me burla, aún sin saber que todavía existo.
Y lo peor, sin contar mi vida, es que ya ni hay suspenso, no tengo más dudas de lo que viene en esta historia inexistente. La única incógnita acaso es qué haré yo con esta rabia de nostalgia falsa, con esta tristeza por lo que nunca sentí. Melancolía por haber querido tener algo en que pensar, añoranza de recuerdos que no llegaron.
En resumidas cuentas: no sé cómo hacer para que me den una porción de mí que no esté infestada por su nombre. Ni las palabras me sirven pues sólo intento echar por letras la mierda que siento dentro, que es una mezcla de ella, con su cara, su apellido y todo lo que siendo suyo no fue nunca mío.
¿Por qué siempre lo mismo?, ¿por qué su cuento miserable haciendo fricción contra mis nervios?, y en el halo morboso de mi sufrimiento: su sonrisa de hotel lujoso haciéndome creer que es de trato personalizado.
¿Qué estoy diciendo?, ¿por qué me rebajo a la confesión de lo que no debe interesarles? Es que de allá abajo vengo y esta es mi crónica de lo que fue. Es el relato inmaduro de mi resentimiento tardío para con mi persona por no haberla convencido.
Y cuando pido olvido miento (como todos lo hacen al pedirlo) porque lo que pido en realidad es oportunidad y correspondencia a mi puta mala suerte.
Soy sol, tierra, agua y aire puro en un planeta en donde no existe la vida. Soy solo la imagen del lugar perfecto que podría haber sido de haber nacido mejor. Absurdo y prescindible, sal de mil mares.
viernes, 27 de julio de 2007
Enigmas
Es inútil el intento de pertenecerme
Cuando la tenacidad no me identifica.
Es un cuento signado por la infamia:
Mi persona mendigando tu designio.
La inocencia que he perdido
En el vasto mundo literario
Me ha usurpado el plano del instinto,
Hoy soy sólo: lo que digo.
Sueña ahora, partícula del tiempo,
Que no espero a tu cobarde rebeldía.
Duerme ahora, tentáculo del miedo,
Calla y deja que se asomen los enigmas.
viernes, 20 de julio de 2007
Al negro canalla ese
Por hoy renuncio a las letras,… dejo de lado mi ambición literaria,… No puedo leer a nadie y todo me importa un carajo.
Es que no sé como expresar la enorme, o tal vez más grande, angustia que tengo adentro, si cada vez que pienso en el negro, simplemente me cago de risa.
A la larga, después de tanto admirar uno empieza a querer. Sin fundamentos creamos una intimidad inexistente y adoptamos una amistad que nos encantaría haber tenido.
Le hablo al negro y ¿con qué derecho lo tuteo? Le hablo a Fontanarrosa, a un ídolo, a un maestro, a un tipo de la puta madre, así, bien clarito, de la puta madre. Y a quién se le va a ocurrir decir que eso es una mala palabra, ¿qué tiene de mala, no negro? ¿Le pega a alguien la mala palabra? Yo voto hoy y aquí por la amnistía que algún día reclamaste.
¡La pucha che!, mirá que cosa rara eh, si ni te conocía negro pero a cada acto que ibas yo estaba allí, esperando tu comentario serio, estoico y delirante, ese que se estampaba contra las risas estruendosas de todo el mundo. Vos te callabas y todos sonreíamos, hablabas y ya nos dolían las costillas. Para colmo, en el regreso a casa después de cada charla uno se daba cuenta de que además estabas enseñando algo, como que Gardel se levantaba a las ocho de la noche y no obstante fue Gardel. ¿Para qué la doble escolaridad entonces?
Recuerdo también que vos te la buscaste, que todos te hablaran de futbol, que te gritaran canalla y te preguntaran como saldría el partido ese domingo. Pero claro, que mierda ibas a saber vos que eras solo un hincha. Pero v
os te la buscaste negro, vos te la buscaste. Ser tan genial tiene su precio.
¿Dónde estará Mendieta?, ¿dónde Boggie y su locura?, ¿dónde los increíbles nombres de personajes que de solo nombrarlos causan gracia? Sara Susana Baez, poetiza. Si me habrás hecho reír, negro. Reír pero con pasta y calidad, con literatura de la buena y no como esa mierda de novela rococó del gran Gabo, ¿así era? “Puto el que lee”, palo y a la bolsa, eso es literatura.
Yo no sé si fue el mundo el equivocado, no sé si efectivamente los trenes les ganas a los autos y no terminé de entender cuál era el peor de tus defectos. Supongo que el marcharte tan temprano.
Hoy, y antes también, me doy cuenta de que en realidad lo que me pasa es que te quiero, así sin conocerte y con pudor al decirlo. Te quiero con solo haberte visto un par de veces.
Nos presentó mi abuela, me dio un libro tuyo y me dijo que era bueno. Yo te leí tímidamente, después intenté imitar tu estilo y empecé a seguirte a dónde fueras. Pero nada alcanza esta tarde para aliviar la calma insoportable que hay en la tierra después de que hayas vivido.
Nada somatiza que ya no me harás reír, pero tengo un consuelo escondido dado por mi juventud. Aún me queda tanto tuyo por recorrer, tanto en mis estanterías que no leí y tanta carcajada por escaparse.
Que cagada negro, esa puta enfermedad de mierda que te obliga a dejar de ser lo genial que eras para empezar a ser el gigante que ya sos.
Hoy dejo de lado todo negro, y te pido perdón por no saber como carajo expresar esto que siento.
Si estás ahí y me escuchás, desde tu nube de galanes donde ya te queda chico resolver los problemas del mundo entre cafés y donde las mujeres no son tan lindas como las de tu ciudad, te pido que me ayudes, que me tires una puntita de inspiración o que al menos me invites a Rosario a ver al club canalla para tirar desde la tribuna, entre tanto papelito, tus cuentos picados para que floten en el aire, como alguna vez te escuché decir, tal vez como sarcasmo, que tanto te alegraría.
Es que no sé como expresar la enorme, o tal vez más grande, angustia que tengo adentro, si cada vez que pienso en el negro, simplemente me cago de risa.

A la larga, después de tanto admirar uno empieza a querer. Sin fundamentos creamos una intimidad inexistente y adoptamos una amistad que nos encantaría haber tenido.
Le hablo al negro y ¿con qué derecho lo tuteo? Le hablo a Fontanarrosa, a un ídolo, a un maestro, a un tipo de la puta madre, así, bien clarito, de la puta madre. Y a quién se le va a ocurrir decir que eso es una mala palabra, ¿qué tiene de mala, no negro? ¿Le pega a alguien la mala palabra? Yo voto hoy y aquí por la amnistía que algún día reclamaste.
¡La pucha che!, mirá que cosa rara eh, si ni te conocía negro pero a cada acto que ibas yo estaba allí, esperando tu comentario serio, estoico y delirante, ese que se estampaba contra las risas estruendosas de todo el mundo. Vos te callabas y todos sonreíamos, hablabas y ya nos dolían las costillas. Para colmo, en el regreso a casa después de cada charla uno se daba cuenta de que además estabas enseñando algo, como que Gardel se levantaba a las ocho de la noche y no obstante fue Gardel. ¿Para qué la doble escolaridad entonces?
Recuerdo también que vos te la buscaste, que todos te hablaran de futbol, que te gritaran canalla y te preguntaran como saldría el partido ese domingo. Pero claro, que mierda ibas a saber vos que eras solo un hincha. Pero v
os te la buscaste negro, vos te la buscaste. Ser tan genial tiene su precio.¿Dónde estará Mendieta?, ¿dónde Boggie y su locura?, ¿dónde los increíbles nombres de personajes que de solo nombrarlos causan gracia? Sara Susana Baez, poetiza. Si me habrás hecho reír, negro. Reír pero con pasta y calidad, con literatura de la buena y no como esa mierda de novela rococó del gran Gabo, ¿así era? “Puto el que lee”, palo y a la bolsa, eso es literatura.
Yo no sé si fue el mundo el equivocado, no sé si efectivamente los trenes les ganas a los autos y no terminé de entender cuál era el peor de tus defectos. Supongo que el marcharte tan temprano.
Hoy, y antes también, me doy cuenta de que en realidad lo que me pasa es que te quiero, así sin conocerte y con pudor al decirlo. Te quiero con solo haberte visto un par de veces.
Nos presentó mi abuela, me dio un libro tuyo y me dijo que era bueno. Yo te leí tímidamente, después intenté imitar tu estilo y empecé a seguirte a dónde fueras. Pero nada alcanza esta tarde para aliviar la calma insoportable que hay en la tierra después de que hayas vivido.
Nada somatiza que ya no me harás reír, pero tengo un consuelo escondido dado por mi juventud. Aún me queda tanto tuyo por recorrer, tanto en mis estanterías que no leí y tanta carcajada por escaparse.
Que cagada negro, esa puta enfermedad de mierda que te obliga a dejar de ser lo genial que eras para empezar a ser el gigante que ya sos.
Hoy dejo de lado todo negro, y te pido perdón por no saber como carajo expresar esto que siento.
Si estás ahí y me escuchás, desde tu nube de galanes donde ya te queda chico resolver los problemas del mundo entre cafés y donde las mujeres no son tan lindas como las de tu ciudad, te pido que me ayudes, que me tires una puntita de inspiración o que al menos me invites a Rosario a ver al club canalla para tirar desde la tribuna, entre tanto papelito, tus cuentos picados para que floten en el aire, como alguna vez te escuché decir, tal vez como sarcasmo, que tanto te alegraría.

martes, 17 de julio de 2007
El día en que Buenos Aires no fue mía
Emblema vacuo la nieve, que me abriga en su ironía.
Hoy la ciudad está en blanco por lo que nunca jamás ya hubo sucedido.
Sur, paredón y después, sur.
Ya nunca Buenos Aires será tierra de bohemios en sudor, pues Europa sacro santa trajo su extraña capa de inspiración helada.
Nieve en la Rusia porteña que me obliga a descifrar cual será el lamento que desprenda mi tinta.
Sal y lluvia, llanto y soledad, nieve y el emblema fútil de mi protesta contra no sé qué.

martes, 10 de julio de 2007
Preso de mi
Yo seguía empecinado en salir. Creía que si insistía en mandarme a las calles por las noches y darme largas dosis de alcohol iba a encontrarme conforme con mi presente. Y digo que me empecinaba en salir porque entre tanta confusión post adolescente, al menos tenía claro que ese hábito era un empecinamiento y lo llamo de esa manera porque sé que no hay lógica que responda a mi proceder. Decirme “empecinado” me hace sentir conciente. Yo estaba empecinado en salir porque sabía que iba a seguir saliendo y sabía que iba a seguir sin conseguir resultados. No obstante las mil lluvias decadentes de mis curdas.
Le época, el tiempo y el espacio… son cadenas para hablar de uno mismo, porque nadie –al menos yo (y yo soy todos y soy nadie)- puede dejar de ser quien es, más allá de alguna fecha. No es uno el que cambia, sino las circunstancias, pero a veces todo se confunde tanto que nos creemos diferentes ayer de lo que somos hoy. Que nieve y yo disfrute no me hace un ser invernal, sino que me hace descubrir que quiero al frío.
Lo importante, si es que eso existe, es, para mí, que nada ni nadie saqué de mis excursiones nocturnas. Conocí bares temáticos, antiguos, clásicos, irlandeses, modernos y demás; anduve errante entre parques concurridos; fui a discotecas, a peñas, a casas de amigos y de otra gente. Cada una de las paradas no era más que algunas paredes pintadas de colores. Suele decirse que alcanza el hombre para tener un buen paisaje, pero eso solo puede consolar a quien se concentra en vivir. Para alguien como yo, que se dedica más a pensar que a andar haciendo, los lugares son todos lo mismo: un instrumento fútil que sirve para archivar tales recuerdos.
¿Y cómo contar distinto lo que ya una vez conté?, ¿cómo hacer de la reiteración algo valioso?
Las mujeres son ese capítulo repetido en la más original de las historias. Todo lo que se quiere, comienza por despreciarse; tal vez porque queremos que nos quieran a nosotros y caemos en la cuenta de que para que nos quieran, deben primero despreciarnos.
Yo no sé, sinceramente, si alguien más pasa por estos estadios de mí estupidez, pasaran por los propio supongo, pero de tanto encerrarme a escribir termino, a veces, desvariando. Lo complicado, en todo caso, es que salgo convencido de esos desvaríos.
¿Las mujeres dije?, las mujeres son. Si al comenzar a decir que “yo seguía empecinado”, estaba diciendo que eso (el seguir empecinado) era mi mejor excusa para contar lo que refiero.
En uno de los tantos bares, dispuesto de forma tal que la gente se ve obligada a chocar, anduve caminando, trago en mano, en pose de conocer a alguien. No voy a negar que abusé de chistes malos que me molestaban hasta a mí mismo que los estaba diciendo, pero cada tanto uno se luce y encuentra el comentario justo que esa chica tenía ganas de escuchar, aún sin saber de su existencia.
No sé si fue que puse tono colombiano –o lo que yo creo es tono colombiano-, o que la traté como a una mujer experimentada (que no lo parecía), pero, al fin, ella se encontró lo suficientemente atraída. Suelen creer que pienso justo lo que ellas querían que pensara; pero nunca sospechan que yo intuyo lo que ellas quieren que yo diga que pienso. Ante esa ecuación sin matemática, uno (que es de letras) sale ampliamente favorecido. A veces hasta creo que la seducción de una noche (que poco vale) se basa en que algunas de ellas (las mujeres), quieren escuchar, por ejemplo, que son lindas. Y uno les dice que son lindas, entonces ellas pasan a pensar que nosotros pensamos que son lindas, cuando deberían pensar que nosotros (o yo) sabemos que ellas quieren que les digamos que son lindas. Pero claro que si así de sincero fuera el mundo, nos mataríamos entre todos en dos días por las barbaridades que se escucharían.
Finalmente abandoné el tono colombiano y dejé de decirle lo que debía. Ya estaba empezando a cansarme de que se creyera todo. Y empecé a hablar un poco más en serio, o en broma pero desde mi personalidad. Ya no era hiper-simpático, ni tan dulce, ni caballero, ni nada. Pero ella se reía como diciendo “que bien te sale el personaje de mal humorado”, si supiera que el personaje era el otro.
Y entonces lo fatal, hacía menos de media hora que me conocía y con descaro absoluto me pasó el dedo por la cara, por debajo del ojo, en forma de caricia de noviazgo (o eso me pareció a mí que no sé qué es el noviazgo) y después, al ver mi cara supongo, me dice: “tenías una basurita, no te creas que te acoso”. “No aclares que oscurece”, pienso yo, y si aclarás decí “te toco porque soy una loca enferma que creo tener una intimidad establecida a los diez minutos de conocerte”. Pero no se dan así las cosas.
Trago saliva y bronca y me callo. Ella se queda mirando, “¡Dios mío, todas miran!, ¡aman mirar!”, grito para mis adentros. Y salgo del paso contando que trabajo en un bar, o que escucho tal mala música o qué sé yo. Cosas que de tan aburrido que me tienen a mí, deberían aburrirla a ella.
Luego la dama critica mis gustos musicales, creyendo que al pelear seremos un poco más “los dos”, pero yo le doy la razón e invento una explicación al decirle que escucho mala música para dejar de pensar, porque supuestamente pienso demasiado, todo el tiempo. “Pensar es mi karma”, creo que le dije. Lo cual es verdad pero aplicado a todo el mundo. Ya querría yo que fuera mío y solo mío el mal de pensar cada instante. Ella calla y escucha. Yo creo que no me habrá entendido o que tal vez ni me escuchaba.
Le comento, cerca de la madrugada, que me tengo que ir porque eso tengo que hacer y salgo solo, camino hacia mi casa. En las calles vuelvo a enojarme conmigo mismo por insistir y digo nuevamente que estoy empecinado. Después paso a pensar que me gustaría ser extremadamente buen mozo para que ellas no tengan que hacer como que se admiran de mi inteligencia, que sea evidente que de mí les gusta solamente lo que ven. No hay nada que me moleste más que el ser admirado por alguien que se admira con alguien como yo. Siento menos que una mosca pero quiero sentir tanto más. También sé que no hay más mosca que yo cuando juego a tal soberbia.
No creo pertenecer a esa elite de los que leo, y si reniego tanto de la vida y de sus protocolos es porque aún no aprendo a querer, a ser feliz y a sonreír por el simple hecho de sonreír. Soy, ante todo, un novato agazapado que solo sabe dar arañazos.
Unos días después me crucé con esa chica de la noche anterior. La saludé, más calmo, y no me molestó verla. Ella me contó que hacía por allí y yo escuché. Me dijo de tomar un café, y yo acepté. Si me hubiera propuesto hacer una carrera de bolsas también hubiera aceptado porque durante el día y si me sorprenden, no me salen los no.
Con la mesa al medio y las bebidas servidas me comentó de su trabajo y de algunas otras cosas. Yo le dije que vivía por ahí y que andaba caminando escuchando la radio sin más.
Ella se río y me preguntó luego si escuchaba esa música mala que escucho yo para dejar de pensar.
Me quedé callado, hice un esfuerzo enorme y me acordé finalmente de que eso era lo que yo le había dicho en su momento. Pensé en silencio si era verdad o si lo había dicho por decir, como tantas cosas que digo. No supe la respuesta. Medité un rato más y llegué a la conclusión de que digo muchas estupideces.
Sin embargo, ella se acordaba de eso y me lo repitió como mostrando que habíamos tenido una charla interesante. Quería enterarme de que yo había hablado profundamente con ella, quería adueñarse de una atención que nunca le di. Histérico como soy, ahí mismo me enojé. Seguí la charla parco, pagué los dos cafés y me fui amablemente.
No escuché música mientras caminaba porque quería pensar. ¿Cómo es posible que escuchen tanto, además de mirar? ¿Por qué es que me toman en serio cuando digo estupideces para molestar o para ahogar una conversación? ¿Cuál es el motivo por lo que al tratarlas con desprecio creen que les estoy entregando alguna exclusividad?
Que ella se acordara de lo que nunca tuve que decir me exasperó por demás, pero en calma y con hojas enfrente pude acreditarme la culpa y dejar de usar el término “mujeres”, que salpica a todas con una baba ajena. Lo que pasó es retrato de mi falencia y un antecedente más en relación con una sola chica que además de ser quien es, pasa a ser un poco yo, al menos mientras la describo.
Le época, el tiempo y el espacio… son cadenas para hablar de uno mismo, porque nadie –al menos yo (y yo soy todos y soy nadie)- puede dejar de ser quien es, más allá de alguna fecha. No es uno el que cambia, sino las circunstancias, pero a veces todo se confunde tanto que nos creemos diferentes ayer de lo que somos hoy. Que nieve y yo disfrute no me hace un ser invernal, sino que me hace descubrir que quiero al frío.
Lo importante, si es que eso existe, es, para mí, que nada ni nadie saqué de mis excursiones nocturnas. Conocí bares temáticos, antiguos, clásicos, irlandeses, modernos y demás; anduve errante entre parques concurridos; fui a discotecas, a peñas, a casas de amigos y de otra gente. Cada una de las paradas no era más que algunas paredes pintadas de colores. Suele decirse que alcanza el hombre para tener un buen paisaje, pero eso solo puede consolar a quien se concentra en vivir. Para alguien como yo, que se dedica más a pensar que a andar haciendo, los lugares son todos lo mismo: un instrumento fútil que sirve para archivar tales recuerdos.
¿Y cómo contar distinto lo que ya una vez conté?, ¿cómo hacer de la reiteración algo valioso?

Las mujeres son ese capítulo repetido en la más original de las historias. Todo lo que se quiere, comienza por despreciarse; tal vez porque queremos que nos quieran a nosotros y caemos en la cuenta de que para que nos quieran, deben primero despreciarnos.
Yo no sé, sinceramente, si alguien más pasa por estos estadios de mí estupidez, pasaran por los propio supongo, pero de tanto encerrarme a escribir termino, a veces, desvariando. Lo complicado, en todo caso, es que salgo convencido de esos desvaríos.
¿Las mujeres dije?, las mujeres son. Si al comenzar a decir que “yo seguía empecinado”, estaba diciendo que eso (el seguir empecinado) era mi mejor excusa para contar lo que refiero.
En uno de los tantos bares, dispuesto de forma tal que la gente se ve obligada a chocar, anduve caminando, trago en mano, en pose de conocer a alguien. No voy a negar que abusé de chistes malos que me molestaban hasta a mí mismo que los estaba diciendo, pero cada tanto uno se luce y encuentra el comentario justo que esa chica tenía ganas de escuchar, aún sin saber de su existencia.
No sé si fue que puse tono colombiano –o lo que yo creo es tono colombiano-, o que la traté como a una mujer experimentada (que no lo parecía), pero, al fin, ella se encontró lo suficientemente atraída. Suelen creer que pienso justo lo que ellas querían que pensara; pero nunca sospechan que yo intuyo lo que ellas quieren que yo diga que pienso. Ante esa ecuación sin matemática, uno (que es de letras) sale ampliamente favorecido. A veces hasta creo que la seducción de una noche (que poco vale) se basa en que algunas de ellas (las mujeres), quieren escuchar, por ejemplo, que son lindas. Y uno les dice que son lindas, entonces ellas pasan a pensar que nosotros pensamos que son lindas, cuando deberían pensar que nosotros (o yo) sabemos que ellas quieren que les digamos que son lindas. Pero claro que si así de sincero fuera el mundo, nos mataríamos entre todos en dos días por las barbaridades que se escucharían.
Finalmente abandoné el tono colombiano y dejé de decirle lo que debía. Ya estaba empezando a cansarme de que se creyera todo. Y empecé a hablar un poco más en serio, o en broma pero desde mi personalidad. Ya no era hiper-simpático, ni tan dulce, ni caballero, ni nada. Pero ella se reía como diciendo “que bien te sale el personaje de mal humorado”, si supiera que el personaje era el otro.
Y entonces lo fatal, hacía menos de media hora que me conocía y con descaro absoluto me pasó el dedo por la cara, por debajo del ojo, en forma de caricia de noviazgo (o eso me pareció a mí que no sé qué es el noviazgo) y después, al ver mi cara supongo, me dice: “tenías una basurita, no te creas que te acoso”. “No aclares que oscurece”, pienso yo, y si aclarás decí “te toco porque soy una loca enferma que creo tener una intimidad establecida a los diez minutos de conocerte”. Pero no se dan así las cosas.
Trago saliva y bronca y me callo. Ella se queda mirando, “¡Dios mío, todas miran!, ¡aman mirar!”, grito para mis adentros. Y salgo del paso contando que trabajo en un bar, o que escucho tal mala música o qué sé yo. Cosas que de tan aburrido que me tienen a mí, deberían aburrirla a ella.
Luego la dama critica mis gustos musicales, creyendo que al pelear seremos un poco más “los dos”, pero yo le doy la razón e invento una explicación al decirle que escucho mala música para dejar de pensar, porque supuestamente pienso demasiado, todo el tiempo. “Pensar es mi karma”, creo que le dije. Lo cual es verdad pero aplicado a todo el mundo. Ya querría yo que fuera mío y solo mío el mal de pensar cada instante. Ella calla y escucha. Yo creo que no me habrá entendido o que tal vez ni me escuchaba.
Le comento, cerca de la madrugada, que me tengo que ir porque eso tengo que hacer y salgo solo, camino hacia mi casa. En las calles vuelvo a enojarme conmigo mismo por insistir y digo nuevamente que estoy empecinado. Después paso a pensar que me gustaría ser extremadamente buen mozo para que ellas no tengan que hacer como que se admiran de mi inteligencia, que sea evidente que de mí les gusta solamente lo que ven. No hay nada que me moleste más que el ser admirado por alguien que se admira con alguien como yo. Siento menos que una mosca pero quiero sentir tanto más. También sé que no hay más mosca que yo cuando juego a tal soberbia.
No creo pertenecer a esa elite de los que leo, y si reniego tanto de la vida y de sus protocolos es porque aún no aprendo a querer, a ser feliz y a sonreír por el simple hecho de sonreír. Soy, ante todo, un novato agazapado que solo sabe dar arañazos.
Unos días después me crucé con esa chica de la noche anterior. La saludé, más calmo, y no me molestó verla. Ella me contó que hacía por allí y yo escuché. Me dijo de tomar un café, y yo acepté. Si me hubiera propuesto hacer una carrera de bolsas también hubiera aceptado porque durante el día y si me sorprenden, no me salen los no.
Con la mesa al medio y las bebidas servidas me comentó de su trabajo y de algunas otras cosas. Yo le dije que vivía por ahí y que andaba caminando escuchando la radio sin más.
Ella se río y me preguntó luego si escuchaba esa música mala que escucho yo para dejar de pensar.
Me quedé callado, hice un esfuerzo enorme y me acordé finalmente de que eso era lo que yo le había dicho en su momento. Pensé en silencio si era verdad o si lo había dicho por decir, como tantas cosas que digo. No supe la respuesta. Medité un rato más y llegué a la conclusión de que digo muchas estupideces.
Sin embargo, ella se acordaba de eso y me lo repitió como mostrando que habíamos tenido una charla interesante. Quería enterarme de que yo había hablado profundamente con ella, quería adueñarse de una atención que nunca le di. Histérico como soy, ahí mismo me enojé. Seguí la charla parco, pagué los dos cafés y me fui amablemente.
No escuché música mientras caminaba porque quería pensar. ¿Cómo es posible que escuchen tanto, además de mirar? ¿Por qué es que me toman en serio cuando digo estupideces para molestar o para ahogar una conversación? ¿Cuál es el motivo por lo que al tratarlas con desprecio creen que les estoy entregando alguna exclusividad?
Que ella se acordara de lo que nunca tuve que decir me exasperó por demás, pero en calma y con hojas enfrente pude acreditarme la culpa y dejar de usar el término “mujeres”, que salpica a todas con una baba ajena. Lo que pasó es retrato de mi falencia y un antecedente más en relación con una sola chica que además de ser quien es, pasa a ser un poco yo, al menos mientras la describo.
martes, 3 de julio de 2007
Descubriendo el mundo

Yo estaba parado entre un hombre y otro. Ellos estaban entre otros hombres y yo. Estábamos en una enorme habitación blanca, donde no hacía ni frío ni calor, para ese entonces no sabía lo que eso significaba, no sabía ni como nombrarlo, jamás lo había sentido.
Al fondo de la habitación había un enorme molino de metal, sus astas eran proporcionalmente grandes, y se movían gracias a un viento que no existía. Pero tanto tiempo había pasado con ese sistema que llegó el día en que el molino simplemente paró, sin previo aviso se detuvo. Detrás de mí se abrió una puerta hacía algún lado del cual sólo se veía oscuridad, o no se veía nada, o se veía solo aquello cuya principal cualidad es la de no permitir verse; ¿existe algo en la oscuridad? Decidí salir, o al menos lo hice. Fui el primero, no llegué a notar si fui también el último pues al cruzar la puerta ya no tenía a mis antiguos compañeros, esos que creía eternos.
Una tormenta azotaba ese lugar que hoy puedo llamar “ciudad”. Había hombres y mujeres con techos transportables de plástico, algunos tenían gafas que protegían sus ojos, una suerte de parabrisas en miniatura. Repito que tardé años en aprender cada palabra en particular, cada instrumento de ese sistema, cada relieve que el habla evoca. Todo era nuevo y me fascinaba, aunque no supiera sus funciones. La gente caminaba, algunos apurados, otros no, algunos distraídos y otros concentrados en quien sabe qué. Estaba repleto de presencias y sin embargo para mí eso era un desierto, donde la infinitud de cosas inexplicables no eran nada y lo eran todo en ese momento. Fue instintivo pensar que por no tener utilidad o justificación, eso no existía. La carencia de sentido, carenciaba todo el resto.
En una esquina reposaba una enorme puerta de madera custodiada por un león de mármol cuya mirada se dirigía hacía mi. Inevitablemente me encaminé hacía allí. Inconsciente del delito, entré. Dentro había un ascensor, alguna puerta, escaleras y demás. Pero había también una pequeña mesita de madera (al menos eran cuatro patas sosteniendo una tabla), tabla sobre la cual reposaba un vaso con un líquido negro y caliente dentro suyo. Como usted con ésta carta: lo examiné despacio, lo tomé con mis dedos suavemente, hasta que arremetí contra él guiado por la curiosidad, la más poderosa de las fuerzas, y derramé el líquido en mi boca.
Me pareció espantoso, pero por vergüenza lo tragué. El sabor me repugnaba, secaba mi saliva y asqueaba a mi garganta. Sin embargo me gustó, fue sabroso, era una experiencia feliz.
Lo que estaba disfrutando era la sensación novedosa, era el cambio drástico en mis sabores y aromas. Era horrible pero nuevo. Lo tomé todo y, con asco, al final sonreí.
Yo hube de saber que eso era un sueño, pero en cambio creí que era una revelación. Inmediatamente me lavé los dientes, pues no tolero las ideas con la boca sucia. Acto seguido me enjuagué la cara y me miré en el espejo, mi rostro era aún el mismo, yo no era una cucaracha y por un momento me decepcioné.
Ya despabilado decidí llevarme el desayuno a la cama, pero yo no estaba en ella, sino que estaba parado con una bandeja, me reí y empecé a comer una tostada un poco mas fría de lo que estaba cinco minutos antes. Sentí sed y tomé la taza de café, cuando terminé el primer sorbo concluí que el sueño había sido una revelación, el café es inmundo.
Al fondo de la habitación había un enorme molino de metal, sus astas eran proporcionalmente grandes, y se movían gracias a un viento que no existía. Pero tanto tiempo había pasado con ese sistema que llegó el día en que el molino simplemente paró, sin previo aviso se detuvo. Detrás de mí se abrió una puerta hacía algún lado del cual sólo se veía oscuridad, o no se veía nada, o se veía solo aquello cuya principal cualidad es la de no permitir verse; ¿existe algo en la oscuridad? Decidí salir, o al menos lo hice. Fui el primero, no llegué a notar si fui también el último pues al cruzar la puerta ya no tenía a mis antiguos compañeros, esos que creía eternos.
Una tormenta azotaba ese lugar que hoy puedo llamar “ciudad”. Había hombres y mujeres con techos transportables de plástico, algunos tenían gafas que protegían sus ojos, una suerte de parabrisas en miniatura. Repito que tardé años en aprender cada palabra en particular, cada instrumento de ese sistema, cada relieve que el habla evoca. Todo era nuevo y me fascinaba, aunque no supiera sus funciones. La gente caminaba, algunos apurados, otros no, algunos distraídos y otros concentrados en quien sabe qué. Estaba repleto de presencias y sin embargo para mí eso era un desierto, donde la infinitud de cosas inexplicables no eran nada y lo eran todo en ese momento. Fue instintivo pensar que por no tener utilidad o justificación, eso no existía. La carencia de sentido, carenciaba todo el resto.
En una esquina reposaba una enorme puerta de madera custodiada por un león de mármol cuya mirada se dirigía hacía mi. Inevitablemente me encaminé hacía allí. Inconsciente del delito, entré. Dentro había un ascensor, alguna puerta, escaleras y demás. Pero había también una pequeña mesita de madera (al menos eran cuatro patas sosteniendo una tabla), tabla sobre la cual reposaba un vaso con un líquido negro y caliente dentro suyo. Como usted con ésta carta: lo examiné despacio, lo tomé con mis dedos suavemente, hasta que arremetí contra él guiado por la curiosidad, la más poderosa de las fuerzas, y derramé el líquido en mi boca.
Me pareció espantoso, pero por vergüenza lo tragué. El sabor me repugnaba, secaba mi saliva y asqueaba a mi garganta. Sin embargo me gustó, fue sabroso, era una experiencia feliz.
Lo que estaba disfrutando era la sensación novedosa, era el cambio drástico en mis sabores y aromas. Era horrible pero nuevo. Lo tomé todo y, con asco, al final sonreí.

Yo hube de saber que eso era un sueño, pero en cambio creí que era una revelación. Inmediatamente me lavé los dientes, pues no tolero las ideas con la boca sucia. Acto seguido me enjuagué la cara y me miré en el espejo, mi rostro era aún el mismo, yo no era una cucaracha y por un momento me decepcioné.
Ya despabilado decidí llevarme el desayuno a la cama, pero yo no estaba en ella, sino que estaba parado con una bandeja, me reí y empecé a comer una tostada un poco mas fría de lo que estaba cinco minutos antes. Sentí sed y tomé la taza de café, cuando terminé el primer sorbo concluí que el sueño había sido una revelación, el café es inmundo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)