Hoy escribo desde mi computadora nueva… soy feliz por eso. Las formas de la felicidad en esto llamado primer mundo son muy parecidas a ciertas pastillas predichas por Huxley. Tomar la vida color verde, saber que el tiempo es lo que pasa y no se debe esperar para hacer mañana el gasto de hoy. Si no hay dinero habrá créditos. La opulencia es el ambiente de las calles de New York.
Yo vine buscando lo histórico y romántico de caminar por las calles que caminó Woody Allen de la mano de Diane Keaton, vine en busca del reconocimiento de ciertas avenidas que cuenta la Trilogía de New York, vine esperando que una madre gigante apareciera en el cielo y me retara por hacer cualquier cosa. Buscaba enamorarme de un bar, pedir un whisky en la barra, que una chica cante jazz de fondo y que el borracho de al lado me cuente su desgracia… Encontré un subterráneo organizado espectacularmente, tanto que la vida pasa bajo tierra.
Ellos se despiertan, se cargan sus cientos de abrigos, se ahorcan con bufandas, buscan la tarjeta de crédito y aprovechan cada día libra de trabajo para ir de shopping. Ese es el programa: salir por las calles, comprar, comprar y dejar algo para comprar mañana. Matan su pena y su desencanto con consumo, porque así crecieron, porque así se criaron. Bajo la orden del “dame dos” que no tuvieron en su patria. Pero lo suyo no es angustia sino inquietud, ganas de algo nuevo y que dicha novedad pase por la novedad mundial y no por el hecho de ser algo que antes no tenían.
El desencanto de una vida sostenida, la terrible historia de saber todo tu futuro. Ser del primer mundo, del mandatario, cuesta caro. Ellos están acostumbrados a pagar de todos modos.
Yo intento no caer en eso, pero ya dije que escribo desde mi nueva computadora. Yo intento no adueñarme de esa vida, pero dije que estoy contento con la compra. Y me acuesto lo más temprano que puedo, cuando llego del trabajo, para poder despertarme temprano al otro día y hacer algo antes de entrar a ganar plata. Pero el despertar se me estira y sucede a media mañana, temprano pero no tanto... entonces ya no salgo sino que me relajo antes de ir al restaurante para volver a trabajar, para luego volver a volver a dormir nuevamente temprano para, al otro día, desencantarme otra vez porque no es suficientemente temprano.
Pero la vida apremia. Ahí, en ese instante minúsculo en el que uno identifica sus raíces, se aprecia todo el tamaño de una convicción. Yo sé quien es dueño de mi vida, yo sé ser yo. O debo saberlo al menos. Entonces tomo la computadora, nueva o no, y escribo letra a letra lo que servirá de anestesia. Lo dijo Borges, la literatura es una las formas de la felicidad. Yo ya volveré a ella. ¿Hablo de literaturas o de felicidades?
lunes, 24 de diciembre de 2007
martes, 18 de diciembre de 2007
Cuando el mundo para
Lo sé, yo soy más bien drástico. Paso de un polo al otro sin siquiera darme cuenta de que existe un movimiento.
Lo sé, que saco conclusiones apresuradas, que camino más rapido de lo que corro, que apuesto todo el sueldo que no tengo.
Pero así suele ser el hombre cuando prefiere aferrarse a lo que dejó en otro lado. Sólo que llega un momento en el que se vuelve insostenible ser sincero: entonces se sacan a relucir las mil quinientas técnicas freudianas de auto defensa y toda angustia se va al carajo. Dicho carajo queda en e hueco vacío del cuerpo que el psicoanálisis quiere llamar inconsciente.
A ese recobeco escondido voy a volver en unos meses, para sacar a relucir el polvo acumulado y disfrutar de esa reserva. A la vez ese día voy a llenar tal hueco con lo que vaya acumulando estos meses de viaje. El hueco, que no es tal cosa, se llena siempre con lo inmediatamente abandonado. El hueco vive lleno, y si se lo llama hueco es por la sensación eterna de que algo falta. ¿Sensación eterna o sensación humana?, veremos cuánto vive el hombre.
Hombre... esa especie de artefacto vivo creado por si mismo. Robot que siente. Animal en busca de nostalgia, por lo que tuvo o por la nostalgia que tendrá. (Dicha idea la recojo de Pessoa y la usurpo a cada rao).
Ayer, mi día de ayer, fue algo que habrá sido importante. Tengo registro y lo plasmo a continuación:
Desperté en el cuarto del hostel, la luz siempre me despierta. Chequeé que todo siguiera igual y así era: yo estaba en Brooklyn, afuera todo estaba blanco de nieve, en mi cuarto dormían ocho personas y yo era una de esas ocho.
Crucé miradas con uno de las italianos de la cama de al lado, "porca putana" dijo por alguna razón y yo me acordé de mi amigo Mattia. Los italianos en el hotel son tres: Paolo, Caetano y Mateo. Se van la próxima semana y es una lástima porque son divertidos y parecen buenas personas. Pero esto es la vida y las buenas personas siempre están yéndose.
Ellos me consiguieron el trabajo del que contaré después.
Habiéndome levantado e ido al baño y haberme bañado, desayuné. Habiéndo desayunado me junté con el grupo (dos argentinas, una paraguaya, Mateo y Adam -un australiano fenómeno que viajó por todo el mundo-). Las argentinas son Carolina y Piedad, se suponía que trabajaran conmigo en Novecento pero parece que Novecento no va a trabajar con nosotros. Tener compatriotas siempre ayuda, y en estas situaciones uno se hace de amigos confidenciales muy ráidamente. ("Ellos se juntan"... el verso de que las comunidades tienden a permanecer unidas tiene más de cierto que de verso).
Unidos entonces fuimos a recorrer, tomamos el subte, bajamos, vimos algo de ropa usada-bonita-y-barata, volvimos al subte y llegamos a Manhattan. "Avenida de las americas" decía el cartel, era lindo. Siendo temporada de navidad, decorada cada avenida con luces rojas, nieve por algunos lado... nosotros cumplimos la tradición cual fiele turistas: diez dólares y a patinar al aire libre -y helado- mientras vemos el Empire State. Algo aprendí, la próxima me mando con las piruetas y a la vuela a hacerlo por un sueño en Argentina. (Verán fotos cuando se cansen las palábras.)
Finito el patinaje encaré solo para "Little Italy". Busqué el Ristorante "Giovanni da Napoli" y pregunté por Salvatore.
Al minuto me puse a trabajar, es decir: a pararme en la puerta del restaurante para atraer a la gente, ofrecerles chequear el menú, decirles lo buena que es la comida (mentirles ya que nunca la he probado), y hacerlos pasar para dejarlos en la mesa con el menú en su poder.
Hacen cerca de 0 grados, o menos. Yo me abrigo hasta las orejas y la gente casi que no saben la cara que les habla. Nunca, es decir nunca, pasé tanto frío como ayer parado durante cinco horas en la esquina de Mulberry y Hester.
Después de la primera hora encontré los trucos: mirar a los ojos para obligarlos a una respuesta, hablar un inglés italianizado para que crean que soy tano, ser educado -sobre todo educado-, pero ser también chistoso -en realidad sobre todo chistoso-. A las abuelas decirle chicas, a las chicas tratarlas de hermanas de las abuelas, a los hombres preguntarles si probaron comida italiana y al escuchar que sí preguntar si les gustó para luego, al volver a escuchar que sí, decirles que por qué no repetirlo entonces. "Speak, speak a lot" dice Salvatore. No dejarlos razonar, ser molesto, cara dura, casi que obligarlos. Si yo fuera el cliente me odiaría, pero los clientes no son irritables como yo. "More peolple inside, good for you, god for me, good for everybody", insiste salvatore.
Si alguien duda, les digo "is worm inside", sólo eso y ya se ríen... rien y entran... humor y compra van de la mano.
Si siguen dudando aludo a una locura momentanea y les ofrezco una copa de vino de regalo... ya no dudan, creen que me engatuzaron y ganaron... pero luego de su sensación victoriosa entran.
Y así me gano la vida, o me la ganaré. Parado varias horas a la buena de dios o de mi esquina, esperando gorditod que quieran comer. Pescándolos, porque se me llama "pescatore". Siendo un poco clown, haciéndo el ridículo en pleno Nueva York. Pero a la larga todos se ríen y casi que son mi público, así lo todo: como mi público y mi entrenamiento. Cuando vuelva voy a haber aprendido de escenario, de audiencia, de fracaso, de éxito, de italiano y de frío... enteramente de frío (las manos se pierden en un hielo ficticio, los ojos lagrimean glaciares, el pecho muere de a poco y los labio quebrados se vuelven a quebrar, y otra vez y otra vez). Al final, una esquina de New York habrá sido mía y también sus dólares.
Viene noche buena y año nuevo... la gente se pondrá generosa y saldrá a bscar comida. Todos serán míos, des pescatore argentino (que se hace el italiano). El final del día estuvo bien, comí pasta, tomé coca y cobré mis propinas, mis buenas propinas que, a este ritmo, me van a mantener sano, salvo y bien alimentado.
Eso fue todo lo de yer, y lo de hoy mientras lo escribí... La enseñanza que me inculco, además de que trabajar es más provechoxoy productivo que llorar, es que ser gracioso o cara dura es un buen negocio en los Estados Unidos de America.
Casi que diría: be funny and you will have the world in your hands...
Si quieren fotos aca estarán: http://www.flickr.com/photos/8199170@N02/
Lo sé, que saco conclusiones apresuradas, que camino más rapido de lo que corro, que apuesto todo el sueldo que no tengo.
Pero así suele ser el hombre cuando prefiere aferrarse a lo que dejó en otro lado. Sólo que llega un momento en el que se vuelve insostenible ser sincero: entonces se sacan a relucir las mil quinientas técnicas freudianas de auto defensa y toda angustia se va al carajo. Dicho carajo queda en e hueco vacío del cuerpo que el psicoanálisis quiere llamar inconsciente.
A ese recobeco escondido voy a volver en unos meses, para sacar a relucir el polvo acumulado y disfrutar de esa reserva. A la vez ese día voy a llenar tal hueco con lo que vaya acumulando estos meses de viaje. El hueco, que no es tal cosa, se llena siempre con lo inmediatamente abandonado. El hueco vive lleno, y si se lo llama hueco es por la sensación eterna de que algo falta. ¿Sensación eterna o sensación humana?, veremos cuánto vive el hombre.
Hombre... esa especie de artefacto vivo creado por si mismo. Robot que siente. Animal en busca de nostalgia, por lo que tuvo o por la nostalgia que tendrá. (Dicha idea la recojo de Pessoa y la usurpo a cada rao).
Ayer, mi día de ayer, fue algo que habrá sido importante. Tengo registro y lo plasmo a continuación:
Desperté en el cuarto del hostel, la luz siempre me despierta. Chequeé que todo siguiera igual y así era: yo estaba en Brooklyn, afuera todo estaba blanco de nieve, en mi cuarto dormían ocho personas y yo era una de esas ocho.
Crucé miradas con uno de las italianos de la cama de al lado, "porca putana" dijo por alguna razón y yo me acordé de mi amigo Mattia. Los italianos en el hotel son tres: Paolo, Caetano y Mateo. Se van la próxima semana y es una lástima porque son divertidos y parecen buenas personas. Pero esto es la vida y las buenas personas siempre están yéndose.
Ellos me consiguieron el trabajo del que contaré después.
Habiéndome levantado e ido al baño y haberme bañado, desayuné. Habiéndo desayunado me junté con el grupo (dos argentinas, una paraguaya, Mateo y Adam -un australiano fenómeno que viajó por todo el mundo-). Las argentinas son Carolina y Piedad, se suponía que trabajaran conmigo en Novecento pero parece que Novecento no va a trabajar con nosotros. Tener compatriotas siempre ayuda, y en estas situaciones uno se hace de amigos confidenciales muy ráidamente. ("Ellos se juntan"... el verso de que las comunidades tienden a permanecer unidas tiene más de cierto que de verso).
Unidos entonces fuimos a recorrer, tomamos el subte, bajamos, vimos algo de ropa usada-bonita-y-barata, volvimos al subte y llegamos a Manhattan. "Avenida de las americas" decía el cartel, era lindo. Siendo temporada de navidad, decorada cada avenida con luces rojas, nieve por algunos lado... nosotros cumplimos la tradición cual fiele turistas: diez dólares y a patinar al aire libre -y helado- mientras vemos el Empire State. Algo aprendí, la próxima me mando con las piruetas y a la vuela a hacerlo por un sueño en Argentina. (Verán fotos cuando se cansen las palábras.)
Finito el patinaje encaré solo para "Little Italy". Busqué el Ristorante "Giovanni da Napoli" y pregunté por Salvatore.
Al minuto me puse a trabajar, es decir: a pararme en la puerta del restaurante para atraer a la gente, ofrecerles chequear el menú, decirles lo buena que es la comida (mentirles ya que nunca la he probado), y hacerlos pasar para dejarlos en la mesa con el menú en su poder.
Hacen cerca de 0 grados, o menos. Yo me abrigo hasta las orejas y la gente casi que no saben la cara que les habla. Nunca, es decir nunca, pasé tanto frío como ayer parado durante cinco horas en la esquina de Mulberry y Hester.
Después de la primera hora encontré los trucos: mirar a los ojos para obligarlos a una respuesta, hablar un inglés italianizado para que crean que soy tano, ser educado -sobre todo educado-, pero ser también chistoso -en realidad sobre todo chistoso-. A las abuelas decirle chicas, a las chicas tratarlas de hermanas de las abuelas, a los hombres preguntarles si probaron comida italiana y al escuchar que sí preguntar si les gustó para luego, al volver a escuchar que sí, decirles que por qué no repetirlo entonces. "Speak, speak a lot" dice Salvatore. No dejarlos razonar, ser molesto, cara dura, casi que obligarlos. Si yo fuera el cliente me odiaría, pero los clientes no son irritables como yo. "More peolple inside, good for you, god for me, good for everybody", insiste salvatore.
Si alguien duda, les digo "is worm inside", sólo eso y ya se ríen... rien y entran... humor y compra van de la mano.
Si siguen dudando aludo a una locura momentanea y les ofrezco una copa de vino de regalo... ya no dudan, creen que me engatuzaron y ganaron... pero luego de su sensación victoriosa entran.
Y así me gano la vida, o me la ganaré. Parado varias horas a la buena de dios o de mi esquina, esperando gorditod que quieran comer. Pescándolos, porque se me llama "pescatore". Siendo un poco clown, haciéndo el ridículo en pleno Nueva York. Pero a la larga todos se ríen y casi que son mi público, así lo todo: como mi público y mi entrenamiento. Cuando vuelva voy a haber aprendido de escenario, de audiencia, de fracaso, de éxito, de italiano y de frío... enteramente de frío (las manos se pierden en un hielo ficticio, los ojos lagrimean glaciares, el pecho muere de a poco y los labio quebrados se vuelven a quebrar, y otra vez y otra vez). Al final, una esquina de New York habrá sido mía y también sus dólares.
Viene noche buena y año nuevo... la gente se pondrá generosa y saldrá a bscar comida. Todos serán míos, des pescatore argentino (que se hace el italiano). El final del día estuvo bien, comí pasta, tomé coca y cobré mis propinas, mis buenas propinas que, a este ritmo, me van a mantener sano, salvo y bien alimentado.
Eso fue todo lo de yer, y lo de hoy mientras lo escribí... La enseñanza que me inculco, además de que trabajar es más provechoxoy productivo que llorar, es que ser gracioso o cara dura es un buen negocio en los Estados Unidos de America.
Casi que diría: be funny and you will have the world in your hands...
Si quieren fotos aca estarán: http://www.flickr.com/photos/8199170@N02/
lunes, 17 de diciembre de 2007
Acostumbrarse
Yo que siempre profesé la soledad.
Yo que siempre disfruté la "no alegría".
Yo que siempre me escapé de la verdad.
Yo que siempre quise ser dueño en mi vida.
Hoy entiendo: supe estar equivocado.
Hoy descubro a un hombre nuevo y lesionado.
Hoy veo como viaja hacia un abismo
solitario y corrompido un tal "yo mismo".
Ser solo es más bien insoportable,
ser nadie y que nadie sea nadie,
ver el cielo sin querer ver ese cielo,
ver que el mundo que prefiero queda lejos.
Vivir con el rencor de estar viviendo.
Viajar con la ilusión de que se acabe.
Perder toda confianza en mil pasajes
que contaban con alarde mi coraje.
Yo que siempre disfruté la "no alegría".
Yo que siempre me escapé de la verdad.
Yo que siempre quise ser dueño en mi vida.
Hoy entiendo: supe estar equivocado.
Hoy descubro a un hombre nuevo y lesionado.
Hoy veo como viaja hacia un abismo
solitario y corrompido un tal "yo mismo".
Ser solo es más bien insoportable,
ser nadie y que nadie sea nadie,
ver el cielo sin querer ver ese cielo,
ver que el mundo que prefiero queda lejos.
Vivir con el rencor de estar viviendo.
Viajar con la ilusión de que se acabe.
Perder toda confianza en mil pasajes
que contaban con alarde mi coraje.
domingo, 16 de diciembre de 2007
Travesias de New York
Gente que lee el blog, o gente que lo esta leyendo, o simios con pc que entraron de algun modo en este sitio: les cuento que llegue a New York hace dos dias y, en principio, me quedo hasta marzo.
Por el momento no puedo hacer mas que contar mi vida aca, aunque a veces mi ambicion literaria quede de lado. Por un tiempo este blog sera la vitacora de mi paso por el mundo.
Aclaro que el teclado no me perimite tildes ni enies, por lo cual todo sera garrafalmente malo en cuanto a la gramatica.
Aca hace frio, esta helado. Las guias de turistas recomiendan evitar new york en esta epoca, ya entiendo por que.
Llegue y tome un taxi conducido por un puerto riquenio (un boricua simpatico y amistoso) que me dejo en mi hostel. Ayer busque trabajo y parece que lo encontre. Cada vez que entro en una tienda siento que alguien esta por asaltarla. Hasta ahora no paso.
Me siento racista, me asusto de la gente o de su moda. Es cuestion de adaptarme, pero puta que asustan los negros con camperas infladas que parecen esconder una escopeta.
Vivo en Brooklyn, en una zona bastante pobre analoga a Constitucion.
En unos dias voy a escribir con mas tiempo, por el momento me echan de esta computadora prestada.
Espero esten alli, para sentir que a alguien le importa mi vida. A ver si empieza a importarme a mi.
Suerte a los viajeros, que la vida los aprecie.
Por el momento no puedo hacer mas que contar mi vida aca, aunque a veces mi ambicion literaria quede de lado. Por un tiempo este blog sera la vitacora de mi paso por el mundo.
Aclaro que el teclado no me perimite tildes ni enies, por lo cual todo sera garrafalmente malo en cuanto a la gramatica.
Aca hace frio, esta helado. Las guias de turistas recomiendan evitar new york en esta epoca, ya entiendo por que.
Llegue y tome un taxi conducido por un puerto riquenio (un boricua simpatico y amistoso) que me dejo en mi hostel. Ayer busque trabajo y parece que lo encontre. Cada vez que entro en una tienda siento que alguien esta por asaltarla. Hasta ahora no paso.
Me siento racista, me asusto de la gente o de su moda. Es cuestion de adaptarme, pero puta que asustan los negros con camperas infladas que parecen esconder una escopeta.
Vivo en Brooklyn, en una zona bastante pobre analoga a Constitucion.
En unos dias voy a escribir con mas tiempo, por el momento me echan de esta computadora prestada.
Espero esten alli, para sentir que a alguien le importa mi vida. A ver si empieza a importarme a mi.
Suerte a los viajeros, que la vida los aprecie.
lunes, 10 de diciembre de 2007
Por La Sangre Derramada

El escalofrío llegó después, entre la fatiga y el temor; en el súbito espacio que vagaba desde mi paz a mi desesperación. Antes todo era difuso y desordenado: un brazo –el derecho- que colgaba de mi hombro igual de débil, una cabeza impresionada por el abandono que sufre quien entrega de su sangre (aunque sea algo menos de un litro), piernas confundidas la una con la otra –con una zurda creyéndose diestra, y una derecha siniestra-. El espacio que ocupaba mi cuerpo era, posiblemente, transparente. Sentirse un fantasma es trágicamente cómico.
Los hospitales, aunque pulcros, son siempre una lástima llena de gente que preferiría no estar allí, son un bar de borrachos patéticos en donde todos están completamente sobrios, son el refugio y nido de la angustia. Yo llegué asustado porque nunca es experiencia las tantas veces que se estuvo por allí. Pasé la puerta principal –siempre atestada de sillas de ruedas y gentes enfermas-, miré el cartel necesario y dirigí mis piernas hacia la hemoterapia.
Nadie, ni los enfermeros ni los enfermos, festejaron que yo sólo iba allí en pos de donante. Me sentí solo y despreciado… Una vez superado mi trauma infantil, llené cierto formulario y dispuse mis venas y mi baja presión a la fatalidad de una aguja que conecta a una jeringa con una larga bolsa insaciable.
Un café para subir el nivel de vida, un poco de alcohol para ver donde pinchar y, segundos después, mi mano abría y cerraba el puño intentando bombear a mayor velocidad. El espiral de plástico –flaco pero largo- comenzó entonces a teñirse de rojo… de rojo espeso… del rojo espeso de mi sangre.
Cada apretón de manos era inevitablemente doloroso, un sillón acostado sostenía mi cuerpo, yo insistía en que a mayor dolor más velocidad… y en la fugacidad, ese sufrimiento se volvería heroico. Entre escasez de sangre y presión baja las ideas se tornan grandilocuentes.
Prometido y hecho, conciencia limpia y sensación de bondad humana; salí del hospital balbuceando insultos al amigo que no me había acompañado a dicho programa porque al día siguiente tenía una endoscopía. Alguien me quiso vender flores y ni siquiera respondí que no… seguí de largo con descaro pero no me sentí culpable porque YO VENÍA DE DONAR SANGRE. Por el resto del día la maldad me estaba permitida, incluso esta clase es estúpidas reflexiones. A quien se crea buen samaritano le quedará juzgarme sinceramente inmoral o embustero humorista. No creo ser nada de lo que la gente debe creer de mí que soy, incluso no ser siquiera lo más acertado. Soy mucho más básico, instante sobre instante y un poco de sangre faltante que me brinda delirios de grandeza frente a mi computadora. A mi me faltan glóbulos, permítaseme la insolencia de creerme literato y recordar que las computadoras, aunque poco románticas, forman parte de mi vida.
En fin, la bronca y el calor golpean el entendimiento. Llegué a mi casa e intenté dormir, el brazo me dolía y no podía hacer fuerza. Me senté a escribir pero los dedos pedían la potencia que al antebrazo le faltaba. Mis ojos se debilitaron de golpe y sentí sentir el aura de los epilépticos. No me desmayé, al contrario, percibí todo con mucha más precisión: cada detalle a mi alrededor era casi medido milimétricamente por mi cerebro. Segundos después esa fugaz lucidez me abandonó, dejándome solo en mi cuarto y con mi agudeza de medio pelo.
Todo en ese entonces era mi brazo y la necesidad de hacer la fuerza que nunca necesitaba hacer. Cuando no se tiene piernas es cuando llegan las ganas de correr.
Resignado a la impotencia total volví a mi colchón en huelga de confort, y –sin nada más que intentar- cerré mis ojos hasta el día siguiente.
Al despertar volví a mí. El brazo y la agilidad estaban de vuelta y mi sangre recuperaba espesor. Por otro lado de la casa había escapado el mártir que quise ser.
Los hospitales, aunque pulcros, son siempre una lástima llena de gente que preferiría no estar allí, son un bar de borrachos patéticos en donde todos están completamente sobrios, son el refugio y nido de la angustia. Yo llegué asustado porque nunca es experiencia las tantas veces que se estuvo por allí. Pasé la puerta principal –siempre atestada de sillas de ruedas y gentes enfermas-, miré el cartel necesario y dirigí mis piernas hacia la hemoterapia.
Nadie, ni los enfermeros ni los enfermos, festejaron que yo sólo iba allí en pos de donante. Me sentí solo y despreciado… Una vez superado mi trauma infantil, llené cierto formulario y dispuse mis venas y mi baja presión a la fatalidad de una aguja que conecta a una jeringa con una larga bolsa insaciable.
Un café para subir el nivel de vida, un poco de alcohol para ver donde pinchar y, segundos después, mi mano abría y cerraba el puño intentando bombear a mayor velocidad. El espiral de plástico –flaco pero largo- comenzó entonces a teñirse de rojo… de rojo espeso… del rojo espeso de mi sangre.
Cada apretón de manos era inevitablemente doloroso, un sillón acostado sostenía mi cuerpo, yo insistía en que a mayor dolor más velocidad… y en la fugacidad, ese sufrimiento se volvería heroico. Entre escasez de sangre y presión baja las ideas se tornan grandilocuentes.
Prometido y hecho, conciencia limpia y sensación de bondad humana; salí del hospital balbuceando insultos al amigo que no me había acompañado a dicho programa porque al día siguiente tenía una endoscopía. Alguien me quiso vender flores y ni siquiera respondí que no… seguí de largo con descaro pero no me sentí culpable porque YO VENÍA DE DONAR SANGRE. Por el resto del día la maldad me estaba permitida, incluso esta clase es estúpidas reflexiones. A quien se crea buen samaritano le quedará juzgarme sinceramente inmoral o embustero humorista. No creo ser nada de lo que la gente debe creer de mí que soy, incluso no ser siquiera lo más acertado. Soy mucho más básico, instante sobre instante y un poco de sangre faltante que me brinda delirios de grandeza frente a mi computadora. A mi me faltan glóbulos, permítaseme la insolencia de creerme literato y recordar que las computadoras, aunque poco románticas, forman parte de mi vida.
En fin, la bronca y el calor golpean el entendimiento. Llegué a mi casa e intenté dormir, el brazo me dolía y no podía hacer fuerza. Me senté a escribir pero los dedos pedían la potencia que al antebrazo le faltaba. Mis ojos se debilitaron de golpe y sentí sentir el aura de los epilépticos. No me desmayé, al contrario, percibí todo con mucha más precisión: cada detalle a mi alrededor era casi medido milimétricamente por mi cerebro. Segundos después esa fugaz lucidez me abandonó, dejándome solo en mi cuarto y con mi agudeza de medio pelo.
Todo en ese entonces era mi brazo y la necesidad de hacer la fuerza que nunca necesitaba hacer. Cuando no se tiene piernas es cuando llegan las ganas de correr.
Resignado a la impotencia total volví a mi colchón en huelga de confort, y –sin nada más que intentar- cerré mis ojos hasta el día siguiente.
Al despertar volví a mí. El brazo y la agilidad estaban de vuelta y mi sangre recuperaba espesor. Por otro lado de la casa había escapado el mártir que quise ser.
jueves, 6 de diciembre de 2007
Publicidad y otras angustias
Hace varias horas y muchos días que estoy estudiando un campo atroz de mis estudios universitarios. Por estos momentos me siento en las antípodas de la inspiración, aunque no sé si tal cuestión de musas es cierta. Pero hoy, ahora, ya… soy tanto menos que una mente creativa.
Y lo siento cómico cuando bajo la mirada y me encuentro leyendo autores estadounidenses que parecen estar convencidos de las mierdas persuasivas que creen escribir. Alguien me dijo que hay que saber cómo piensan las mentes que gobiernan el mundo… yo me rindo a no entenderlo pero con la conciencia limpia. A su vez escucho un “vocal jazz” de Billie Holiday y me dan ganas de mover las piernas en algún ritmo particular, ¡viva el arte de la vida cantada y sus contagios! Después veo el reloj y caigo en la cuenta de que en dos horas estaré sentado en una silla o pupitre y tendré que reproducir pensamientos vacíos en una hoja que será examinada por otra embajadora de la basura persuasiva.
Estudio técnicas de creatividad y acto seguido me siento increíblemente repetido, trillado y burdo. Estudio cómo debe hacer un planificador de medios para que el jabón tal se venda más que tal otro y por qué es que conviene pautar (siempre dicen pautar) en tal revista o tal otro “vehiculo”.
Pero también hay temas de estrategia, porque como en la guerra (y citan “El arte de la guerra”), la publicidad se basa en mentes ávidas y osadas que blanden las espadas del lenguaje. Ellos creen manejar el lenguaje como nadie. Ellos creen en ellos más que en cualquiera.
¡Dios!, hay días como hoy en que me doy cuenta de que realmente, con las entrañas y la mente, en todo aspecto, odio a la publicidad y a los publicistas. (Sin contar a mis amigos que fueron mis amigos y que, por canto trágico del destino, devinieron publicistas).
Pero en fín, así es la vida y así parece que será la comunicación: cerrar este escrito, cargarlo al blog, apagar la computadora y seguir perforando a mi resistencia con los genios del marketing. No obstante hoy lo detesto todo, y quiero que lo sepan. Hoy, previo al final de publicidad, lo detesto todo.
Y lo siento cómico cuando bajo la mirada y me encuentro leyendo autores estadounidenses que parecen estar convencidos de las mierdas persuasivas que creen escribir. Alguien me dijo que hay que saber cómo piensan las mentes que gobiernan el mundo… yo me rindo a no entenderlo pero con la conciencia limpia. A su vez escucho un “vocal jazz” de Billie Holiday y me dan ganas de mover las piernas en algún ritmo particular, ¡viva el arte de la vida cantada y sus contagios! Después veo el reloj y caigo en la cuenta de que en dos horas estaré sentado en una silla o pupitre y tendré que reproducir pensamientos vacíos en una hoja que será examinada por otra embajadora de la basura persuasiva.
Estudio técnicas de creatividad y acto seguido me siento increíblemente repetido, trillado y burdo. Estudio cómo debe hacer un planificador de medios para que el jabón tal se venda más que tal otro y por qué es que conviene pautar (siempre dicen pautar) en tal revista o tal otro “vehiculo”.
Pero también hay temas de estrategia, porque como en la guerra (y citan “El arte de la guerra”), la publicidad se basa en mentes ávidas y osadas que blanden las espadas del lenguaje. Ellos creen manejar el lenguaje como nadie. Ellos creen en ellos más que en cualquiera.
¡Dios!, hay días como hoy en que me doy cuenta de que realmente, con las entrañas y la mente, en todo aspecto, odio a la publicidad y a los publicistas. (Sin contar a mis amigos que fueron mis amigos y que, por canto trágico del destino, devinieron publicistas).
Pero en fín, así es la vida y así parece que será la comunicación: cerrar este escrito, cargarlo al blog, apagar la computadora y seguir perforando a mi resistencia con los genios del marketing. No obstante hoy lo detesto todo, y quiero que lo sepan. Hoy, previo al final de publicidad, lo detesto todo.
lunes, 26 de noviembre de 2007
Desvaríos del amor y del odio

Esto que escribo es, quizás, una basura. Pero remitiéndome a lo verdadero, es una manifestación desesperada, real. Es el intento de asesinato de la fugacidad de las ideas. Es una declaración espontánea del pensar de mi cabeza, mientras mi cuerpo se preocupa por escaparle a la ciudad.
Al final todo será en vano, pero al menos habrá sido.
Si me hubiera dedicado a la calidad de estas palabras las páginas serían más válidas, pero no existirían. Y la existencia es un requisito fundamental de los escritos.
Hay dos tipos de ideas, las formadas por el conocimiento y las espontáneas. Lo siguiente es un mapa híbrido de este instante, una mezcla absurda que nace de mí y de mis prejuicios. Es el difuso encanto de ser yo… o acaso de no serlo:
Al final todo será en vano, pero al menos habrá sido.
Si me hubiera dedicado a la calidad de estas palabras las páginas serían más válidas, pero no existirían. Y la existencia es un requisito fundamental de los escritos.
Hay dos tipos de ideas, las formadas por el conocimiento y las espontáneas. Lo siguiente es un mapa híbrido de este instante, una mezcla absurda que nace de mí y de mis prejuicios. Es el difuso encanto de ser yo… o acaso de no serlo:
Al amor y al odio hay que pensarlos, no sólo sentirlos, si se los quiere entender y abarcar. Nadie que no haya dicho “sentí amor” lo sintió, porque el decirlo es afirmarlo y definirlo; y si no se definiera, pues sería algo inédito, tal vez idéntico, pero al menos con la “mínima” diferencia de no llamarse igual, y el nombre es una de las cualidades de las cosas, una muy grande por cierto. Quien quiera sin haber dicho que quiso, o bien nunca quiso aceptar que quiso, o bien –realmente- nunca quiso. Esa incertidumbre vuelve indispensable el decir las cosas, el hacerlas ser.
No obstante, a menudo muchos de los que sí dicen tales palabras simplemente las dicen por decir, por la satisfacción de no sentir el pudor que debieran sentir.
Yo considero que el sentimiento más intenso que existe es el odio y suplico a todos los románticos que no se alarmen.
Es cierto que aquello que más “moviliza” (así dicen) es el amor; que genera el deseo, el sacrificio, la felicidad, el temor, el suspenso, el alivio, la sorpresa y esa inmensidad de pequeños estados de ánimo diferentes. Ahora bien, el odio es más fuerte, ya que para que exista debe existir el amor previamente. El odio comprende al amor y se nutre de él, depende de él. Por lo cual es más delicado y complejo, pero más fuerte, porque despierta todos las evocaciones del amor sumadas a las del odio.
Para amar a alguien no hay ningún requisito más que el amor mismo, pero para odiar primero hay que haber amado. Como siempre, se trata del tiempo y del orden de aparición. El odio se desprende de la agresión al amor. Así pues una madre es capaz de matar al que lastime a su hijo, por odio, pero a la vez por amor a dicho hijo. Si la persona agredida no significara nada para nosotros entonces no sentiríamos odio. Cuando se trata de una agresión hacia mi propia persona y se despierta el odio, el que se ve agredido es el amor propio, nuestro ego; y por todo lo que nos amamos es que odiamos a aquel que nos injurió. A tener en cuenta, cuando hablo de odio es del verdadero y profundo, no del tímido enojo o del dubitativo enfado, es del odio real que nos enceguece hasta terminar con el “enemigo” y aún después.
He de confesar que perdí largo tiempo en busca de personas cuando lo que necesitaba eran palabras. Y he, también, de aceptar que he desperdiciado palabras en personas que no entendían la diferencia entre signo y símbolo o entre lelo y pelotudo. Pero al final uno llega a puerto y cifra lo que esa inquietud le tenía preparado.
Hoy, mientras elucubro, me entero de que respeto más al odio que al amor; pero me entero también de que puedo escribir esa palabra y que en verdad, aunque antónimos, son un poco, por así decirlo, la misma mierda.
Hoy aquí intento reivindicarme y vuelvo a darme cuenta de que no lo logro. Ahora que escribo este último párrafo ya releí los anteriores con vergüenza sincera. Leer, escribir, corregir, pensar, volver a corregir, volver a pensar, tirar todo y leer.
Yo, que intento habla del amor en términos de sensatez, no puedo entenderlo menos.
No obstante, a menudo muchos de los que sí dicen tales palabras simplemente las dicen por decir, por la satisfacción de no sentir el pudor que debieran sentir.
Yo considero que el sentimiento más intenso que existe es el odio y suplico a todos los románticos que no se alarmen.
Es cierto que aquello que más “moviliza” (así dicen) es el amor; que genera el deseo, el sacrificio, la felicidad, el temor, el suspenso, el alivio, la sorpresa y esa inmensidad de pequeños estados de ánimo diferentes. Ahora bien, el odio es más fuerte, ya que para que exista debe existir el amor previamente. El odio comprende al amor y se nutre de él, depende de él. Por lo cual es más delicado y complejo, pero más fuerte, porque despierta todos las evocaciones del amor sumadas a las del odio.
Para amar a alguien no hay ningún requisito más que el amor mismo, pero para odiar primero hay que haber amado. Como siempre, se trata del tiempo y del orden de aparición. El odio se desprende de la agresión al amor. Así pues una madre es capaz de matar al que lastime a su hijo, por odio, pero a la vez por amor a dicho hijo. Si la persona agredida no significara nada para nosotros entonces no sentiríamos odio. Cuando se trata de una agresión hacia mi propia persona y se despierta el odio, el que se ve agredido es el amor propio, nuestro ego; y por todo lo que nos amamos es que odiamos a aquel que nos injurió. A tener en cuenta, cuando hablo de odio es del verdadero y profundo, no del tímido enojo o del dubitativo enfado, es del odio real que nos enceguece hasta terminar con el “enemigo” y aún después.
He de confesar que perdí largo tiempo en busca de personas cuando lo que necesitaba eran palabras. Y he, también, de aceptar que he desperdiciado palabras en personas que no entendían la diferencia entre signo y símbolo o entre lelo y pelotudo. Pero al final uno llega a puerto y cifra lo que esa inquietud le tenía preparado.
Hoy, mientras elucubro, me entero de que respeto más al odio que al amor; pero me entero también de que puedo escribir esa palabra y que en verdad, aunque antónimos, son un poco, por así decirlo, la misma mierda.
Hoy aquí intento reivindicarme y vuelvo a darme cuenta de que no lo logro. Ahora que escribo este último párrafo ya releí los anteriores con vergüenza sincera. Leer, escribir, corregir, pensar, volver a corregir, volver a pensar, tirar todo y leer.
Yo, que intento habla del amor en términos de sensatez, no puedo entenderlo menos.
viernes, 23 de noviembre de 2007
Mi Pecado Original
Existe un humano sucio,
Impúdico y repugnante,
Que rebaja a nuestro mundo
Al mal gusto y al enchastre.
Porque dicho ser humano,
Que gusta de atrocidades,
Es, más bien, un ordinario
Con más vicios que bondades.
Que camina por la acera
Buscando lo que carece,
Y que guarda en la heladera
El pecado que apetece.
Dicho hombre es un cualquiera
Que sea bueno en la vida
Pero que caiga en la histeria
Que nadie sensato envidia.
Dicho hombre es un enfermo,
La lacra de un arrabal.
Un tipo que por su acervo,
Más le vale un lupanar.
Pero anda entre nosotros
Como si fuera normal,
Mirándonos a los rostros,
Disimulando su mal.
Este hombre es un ingrato
De tiempo viejo o actual
Este hombre, de pacato,
Come tapas de lactal.
¡Mas, hombre, no ha de comer tal pan!
Por más que lo ataque el hambre
Las tapas de un buen lactal.
No son pa´ cubrir fiambre.
Mi canto es más bien reproche
Para el que escuche a su madre,
Tirar tapas no es derroche.
Por más que le pique el bagre.
Impúdico y repugnante,
Que rebaja a nuestro mundo
Al mal gusto y al enchastre.
Porque dicho ser humano,
Que gusta de atrocidades,
Es, más bien, un ordinario
Con más vicios que bondades.
Que camina por la acera
Buscando lo que carece,
Y que guarda en la heladera
El pecado que apetece.
Dicho hombre es un cualquiera
Que sea bueno en la vida
Pero que caiga en la histeria
Que nadie sensato envidia.
Dicho hombre es un enfermo,
La lacra de un arrabal.
Un tipo que por su acervo,
Más le vale un lupanar.
Pero anda entre nosotros
Como si fuera normal,
Mirándonos a los rostros,
Disimulando su mal.
Este hombre es un ingrato
De tiempo viejo o actual
Este hombre, de pacato,
Come tapas de lactal.
¡Mas, hombre, no ha de comer tal pan!
Por más que lo ataque el hambre
Las tapas de un buen lactal.
No son pa´ cubrir fiambre.
Mi canto es más bien reproche
Para el que escuche a su madre,
Tirar tapas no es derroche.
Por más que le pique el bagre.
sábado, 17 de noviembre de 2007
Vivir como se debe
Vivir sin el rencor de estar viviendo,
Saber de algo mejor,
Reír a costa de nada,
Dar abrazos al paso del tiempo.
Esperar a que llegue cualquiera,
Ser gentil con un vecino,
Ver la paciencia como algo fácil.
Ser, sin más, solamente ser.
Que todo cierre redondo,
Y que a cada cerrar se abra,
Que no te asuste el suspenso de esperar algún recuerdo.
Vivir sin el rencor de estar viviendo,
Pleno y amigo del hoy,
Amable.
Ciudadano ilustre de una tierra con gente como yo.
Dudar y acordarse de ella.
Sufrir porque otros no pueden tenerla.
Alegrarse de que así sea.
Ser dueño sin poseer.
Vivir porque vive una mujer.
Saber de algo mejor,
Reír a costa de nada,
Dar abrazos al paso del tiempo.
Esperar a que llegue cualquiera,
Ser gentil con un vecino,
Ver la paciencia como algo fácil.
Ser, sin más, solamente ser.
Que todo cierre redondo,
Y que a cada cerrar se abra,
Que no te asuste el suspenso de esperar algún recuerdo.
Vivir sin el rencor de estar viviendo,
Pleno y amigo del hoy,
Amable.
Ciudadano ilustre de una tierra con gente como yo.
Dudar y acordarse de ella.
Sufrir porque otros no pueden tenerla.
Alegrarse de que así sea.
Ser dueño sin poseer.
Vivir porque vive una mujer.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Plagio Uno
He cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer,
he sido feliz.
Y tal vez aún lo soy.
he sido feliz.
Y tal vez aún lo soy.
lunes, 5 de noviembre de 2007
La amiga impertinente
Hay, en cierto rincón del universo, un hombre que guarda el secreto de la seducción.
Se dice, entre los más prestigiosos antropólogos del mundo, que éste hombre es inmortal.
Algunos, más cercanos a lo círculos científicos, afirman que es mortal pero que goza de excelente salud por lo cual tiene más de 150 años.
Los que se aventuran a buscarlo, pocas veces lo encuentran. Y si lo hacen, regresan de su travesía aún más confundidos que al partir.
Cientos de miles son aquellos que intentan robarle el secreto, pero el hombre nunca dio una pista. Pasó por largas horas de torturas en manos de agresores pero no sucumbió ante los golpes desesperados de aquellos que intentaban saber eso que él sabe.
La sabiduría que posee, afirma él mismo, es asexuada; genérica.
Yo lo sé porque dediqué años de mi vida a buscarlo y, como buen cazador, llegué a conocer a mi presa tanto como a mí mismo.
Finalmente lo crucé en las verdes selvas de Malasia y pude preguntarle cuál era el secreto de la sacra seducción. Él sólo me dijo “mi conocimiento es tan universal que no serviría de respuesta para tus preguntas tan puntuales”.
Ese hombre maneja esencias, no palabras. Creo poder afirmar que descree del lenguaje.
Le pregunté en nuestro segundo encuentro, que él dejo acontecer pues supe caerle simpático, si alguna vez había amado. Me contestó, con profunda tristeza, que su saber racionalizaba lo que llamamos amor, por lo cual no podía sentirlo más que como reacción física. Entendí en ese entonces la importancia de sus reservas.
Para mí se convirtió en un héroe, espadando en cada escondite contra la muerte del romanticismo.
Dejé entonces de buscarlo, comprendiendo que ponía en riesgo el bien del planeta y el mío propio.
Sin embargo no pude escapar a la llama de la curiosidad. La sola idea de una racionalización del amor me atormentaba. En ese entonces yo cargaba el compromiso de compartir la cama y pasaba largas horas intentando entender por qué quería tanto a la mujer con la que dormía cada noche. Mis ideas eran realmente estúpidas: “es por sus ojos sinceros” me dije en algún rapto de cursilería, “será que me entiende cuando hablo” intuí después, un tanto más analítico… Pero todas mis conclusiones se compraban por dos pesos, y yo, en algún lugar del subconsciente, lo sabía.
Muertas esas y todas las teorías posteriores decidí darme por rendido y dedicarme a disfrutar de mi ignorancia.
Ebrio, una noche, me acerqué a ella y le dije “no sé por qué te quiero, pero me gusta que así sea”. Ella me miro confundida -yo no solía decir sentimentalismos-, pero una vez superada la sorpresa volvió en sí y me contestó “Yo sí sé. Me querés porque sos un tonto”.
Años más tarde, y con mi amor ya muerto, decidí aventurarme nuevamente a mi búsqueda. Lo encontré en las cavernas glaciares del sur de Nueva Zelanda. Lo miré y le dije súbitamente, sin introducciones: “¿amamos por que somos tontos?”.
Recuerdo que rió, entendiendo que me acercaba a su secreto. Dijo, después de segundos de silencio, “Tontos serían si no amasen…”. Sus palabras eran forzadas, sinceras realmente, pero pronunciadas con pudor, como si no se permitiese decir frases gentiles. Saber nos vuelve agresivos, pero al enternecernos nos apaciguamos. Supongo que enternecí al viejo, o supongo que ya era demasiado para el solo.
Luego de quedarnos callados rato largo fue él quien resignó el silencio: “Sé que es así, pero no sé por qué será… el amor nace cuando la otra persona nos trata de imbéciles”, dijo, y me dejó solo desde ese día hasta hoy, acaso hasta mañana, o acaso mucho más.
Nunca volvería a amar a nadie, tal vez nunca lo hice. Nunca más nadie podría tratarme de imbécil, porque lo que yo sabía no lo sabía nadie más. Nunca más nadie con cuerpo de mujer sería impertinente.
Mi vida se volvió una tragedia, y sin embargo, yo no dejo de cosechar conquistas.
Se dice, entre los más prestigiosos antropólogos del mundo, que éste hombre es inmortal.
Algunos, más cercanos a lo círculos científicos, afirman que es mortal pero que goza de excelente salud por lo cual tiene más de 150 años.
Los que se aventuran a buscarlo, pocas veces lo encuentran. Y si lo hacen, regresan de su travesía aún más confundidos que al partir.
Cientos de miles son aquellos que intentan robarle el secreto, pero el hombre nunca dio una pista. Pasó por largas horas de torturas en manos de agresores pero no sucumbió ante los golpes desesperados de aquellos que intentaban saber eso que él sabe.
La sabiduría que posee, afirma él mismo, es asexuada; genérica.
Yo lo sé porque dediqué años de mi vida a buscarlo y, como buen cazador, llegué a conocer a mi presa tanto como a mí mismo.
Finalmente lo crucé en las verdes selvas de Malasia y pude preguntarle cuál era el secreto de la sacra seducción. Él sólo me dijo “mi conocimiento es tan universal que no serviría de respuesta para tus preguntas tan puntuales”.
Ese hombre maneja esencias, no palabras. Creo poder afirmar que descree del lenguaje.
Le pregunté en nuestro segundo encuentro, que él dejo acontecer pues supe caerle simpático, si alguna vez había amado. Me contestó, con profunda tristeza, que su saber racionalizaba lo que llamamos amor, por lo cual no podía sentirlo más que como reacción física. Entendí en ese entonces la importancia de sus reservas.
Para mí se convirtió en un héroe, espadando en cada escondite contra la muerte del romanticismo.
Dejé entonces de buscarlo, comprendiendo que ponía en riesgo el bien del planeta y el mío propio.
Sin embargo no pude escapar a la llama de la curiosidad. La sola idea de una racionalización del amor me atormentaba. En ese entonces yo cargaba el compromiso de compartir la cama y pasaba largas horas intentando entender por qué quería tanto a la mujer con la que dormía cada noche. Mis ideas eran realmente estúpidas: “es por sus ojos sinceros” me dije en algún rapto de cursilería, “será que me entiende cuando hablo” intuí después, un tanto más analítico… Pero todas mis conclusiones se compraban por dos pesos, y yo, en algún lugar del subconsciente, lo sabía.
Muertas esas y todas las teorías posteriores decidí darme por rendido y dedicarme a disfrutar de mi ignorancia.
Ebrio, una noche, me acerqué a ella y le dije “no sé por qué te quiero, pero me gusta que así sea”. Ella me miro confundida -yo no solía decir sentimentalismos-, pero una vez superada la sorpresa volvió en sí y me contestó “Yo sí sé. Me querés porque sos un tonto”.
Años más tarde, y con mi amor ya muerto, decidí aventurarme nuevamente a mi búsqueda. Lo encontré en las cavernas glaciares del sur de Nueva Zelanda. Lo miré y le dije súbitamente, sin introducciones: “¿amamos por que somos tontos?”.
Recuerdo que rió, entendiendo que me acercaba a su secreto. Dijo, después de segundos de silencio, “Tontos serían si no amasen…”. Sus palabras eran forzadas, sinceras realmente, pero pronunciadas con pudor, como si no se permitiese decir frases gentiles. Saber nos vuelve agresivos, pero al enternecernos nos apaciguamos. Supongo que enternecí al viejo, o supongo que ya era demasiado para el solo.
Luego de quedarnos callados rato largo fue él quien resignó el silencio: “Sé que es así, pero no sé por qué será… el amor nace cuando la otra persona nos trata de imbéciles”, dijo, y me dejó solo desde ese día hasta hoy, acaso hasta mañana, o acaso mucho más.
Nunca volvería a amar a nadie, tal vez nunca lo hice. Nunca más nadie podría tratarme de imbécil, porque lo que yo sabía no lo sabía nadie más. Nunca más nadie con cuerpo de mujer sería impertinente.
Mi vida se volvió una tragedia, y sin embargo, yo no dejo de cosechar conquistas.
domingo, 28 de octubre de 2007
Para jóvenes letrados
Hace un tiempo estuve en el barrio de Palermo, comiendo con amigos en un restaurante al que solemos ir. Dejé el auto en la esquina y le pedí al “encargado de la cuadra” que me lo cuidara. “Si, son cinco mango papi” me dijo. Yo, inocente ciudadano, pregunté “que eran cinco mangos”, advirtiendo que cinco mangos en sí eran sólo cinco mangos. Tanto: cierta cantidad de determinada de frutas (mas de cuatro y menos de seis según entiendo) o bien podría significar cinco pesos. Se refería claramente al dinero. Le aclaré que no tenía esa plata, la tenía pero no para dársela a él pues si se la diera ya no la tendría. El muchacho, de voz finita pero intimidante, me dijo “si yo tendría ese auto no te amarreteo cinco mangos guampa”. Instintivamente le respondí “si yo tuviera ese auto, se dice”.
“Es lo mismo guacho”, anunció el chico, segurísimo de que era lo mismo y de que yo no tenía padre. Decidí no entrar en la contienda e ignorando su idea de mi “yo-guacho”, le di “cinco mangos” y deje mi auto en las mejores manos al ritmo de “Bombón Asesino” que sonaba en la radio del cuidador de quien, mientras me alejaba, gritaba “andá tranqui logi, yo te lo cuido”.
¿De donde vienen las palabras que empleamos? ¿Cuanto tarda un término en pasar de horrendo a estipulado?
Muchas de los vocablos que usamos hoy en día tienen su origen en un pasado no tan lejano. Palabras que hoy suenan habituales como “laburar” fueron delatoras de extranjeros cuando aún no se arraigaba la costumbre italiana. Más cercano aún, palabras como “chabón”, “chapar”, “transar”, etc. fueron novedades que necesitaron institucionalizarse en las juventudes de anteriores décadas. Así mismo es común escuchar términos que supieron ser agresivos como “boludo”, “joda” o “quilombo”, sin que nadie se sorprenda. Han perdido su fuerza o han cobrado gran valor, volviendo su significado más leve para permitir el uso indiscriminado.
Constantemente el idioma se modifica, se renueva, se re-significa. A costo de ser transgresor corre el riesgo, el lenguaje, de involucionar. Se auto destruye olvidando palabras clásicas o de uso preciso en ciertos casos, “una palabra mal colocada estropea al mas bello pensamiento” sostenía Voltaire.
No creamos, los jóvenes, que por ser el presente referente de actualidad, tenemos derecho a basurear al idioma que nos concedió el habla. Michael de Montaigne, un escéptico francés, dijo alguna vez que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. Adhiriéndome a ello, aconsejo a los jóvenes lectores que no olviden que al hablar no sólo escapan a su silencio sino que acaban con el silencio del otro.
Es cierto que hay determinadas cuestiones técnicas que nos obligan a renovarnos, como al hablar de las tecnologías. Pero no lleguemos al extremo de tecnificar los campos naturales de nuestra vida como al creer que charla y “chat” son sinónimos.
No nos queda más, a los nostálgicos, que aceptar la inclusión del “guachin”, “guampa”, “logi” o “tkm” cuando quieren decir “te quiero mucho”. No nos queda más que aceptarlo y reír o llorar en silencio.
Re-establezcamos la costumbre del diccionario, busquemos “inefable” si no sabemos qué significa. Acudamos a los libros para ver qué es “zozobra”. No hagamos de ésta revista sólo papel picado para la cancha.
Juventud nefasta es la que no sabe lo que nefasto significa.
“Es lo mismo guacho”, anunció el chico, segurísimo de que era lo mismo y de que yo no tenía padre. Decidí no entrar en la contienda e ignorando su idea de mi “yo-guacho”, le di “cinco mangos” y deje mi auto en las mejores manos al ritmo de “Bombón Asesino” que sonaba en la radio del cuidador de quien, mientras me alejaba, gritaba “andá tranqui logi, yo te lo cuido”.
¿De donde vienen las palabras que empleamos? ¿Cuanto tarda un término en pasar de horrendo a estipulado?
Muchas de los vocablos que usamos hoy en día tienen su origen en un pasado no tan lejano. Palabras que hoy suenan habituales como “laburar” fueron delatoras de extranjeros cuando aún no se arraigaba la costumbre italiana. Más cercano aún, palabras como “chabón”, “chapar”, “transar”, etc. fueron novedades que necesitaron institucionalizarse en las juventudes de anteriores décadas. Así mismo es común escuchar términos que supieron ser agresivos como “boludo”, “joda” o “quilombo”, sin que nadie se sorprenda. Han perdido su fuerza o han cobrado gran valor, volviendo su significado más leve para permitir el uso indiscriminado.
Constantemente el idioma se modifica, se renueva, se re-significa. A costo de ser transgresor corre el riesgo, el lenguaje, de involucionar. Se auto destruye olvidando palabras clásicas o de uso preciso en ciertos casos, “una palabra mal colocada estropea al mas bello pensamiento” sostenía Voltaire.
No creamos, los jóvenes, que por ser el presente referente de actualidad, tenemos derecho a basurear al idioma que nos concedió el habla. Michael de Montaigne, un escéptico francés, dijo alguna vez que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. Adhiriéndome a ello, aconsejo a los jóvenes lectores que no olviden que al hablar no sólo escapan a su silencio sino que acaban con el silencio del otro.
Es cierto que hay determinadas cuestiones técnicas que nos obligan a renovarnos, como al hablar de las tecnologías. Pero no lleguemos al extremo de tecnificar los campos naturales de nuestra vida como al creer que charla y “chat” son sinónimos.
No nos queda más, a los nostálgicos, que aceptar la inclusión del “guachin”, “guampa”, “logi” o “tkm” cuando quieren decir “te quiero mucho”. No nos queda más que aceptarlo y reír o llorar en silencio.
Re-establezcamos la costumbre del diccionario, busquemos “inefable” si no sabemos qué significa. Acudamos a los libros para ver qué es “zozobra”. No hagamos de ésta revista sólo papel picado para la cancha.
Juventud nefasta es la que no sabe lo que nefasto significa.
domingo, 21 de octubre de 2007
Placeres
Tiempo hace desde aquella última tarde en que me senté bajo la sombra de un árbol y las hormigas me sorprendieron por el agujero de la alpargata. Más años acaso desde que caí de espaldas en la pileta del campo y sobreviví sin un rasguño gracias al amigo moho que amortiguo el golpe. Hacia atrás es eterno y clandestino el número de recuerdos. Todos son la misma nada; una sucesión de instantes triviales en los que yo simplemente estuve. La vida y yo allí dentro.
Hoy los placeres son otros, como también son otros los paseos, las personas, las horas muertas y mis palabras. Yo querría disfrutar, con tiempo extenso, de mi dedo índice recorriendo los lomos de libros en una biblioteca o librería. Yo querría tomar algo, después de haber comido, con el diario ya finalizado y mi cabeza digiriendo la mezcla con sus pausas. Querría alargar las horas y leer en paz sin el apuro de que no me quedará tiempo para escribir. Querría terminar la facultad, pero más quiero transitarla. Querría no trabajar, pero no puedo decir que no.
Ay, si pudiera ser más digno de mí, más genuino, más yo. Agarraría el teléfono sin pudor y llamaría a quien sabe que la llamaría para decirle que la paso a buscar para andar por ahí, sin mucho que hacer.
Y de tanta potencialidad me siento un plagiador, un falso soñador de las cosas que quiero cuando muchos otros ya crearon esa lista antes.
Ganas de escribir quizás, de recordarme a mi mismo que es mi manera de vivir. Algo breve en hoja blanca que extienda la cuota de mi ambición para que mañana, o pasado, no haya perdido la práctica de lo que me gusta hacer.
Hoy los placeres son otros, como también son otros los paseos, las personas, las horas muertas y mis palabras. Yo querría disfrutar, con tiempo extenso, de mi dedo índice recorriendo los lomos de libros en una biblioteca o librería. Yo querría tomar algo, después de haber comido, con el diario ya finalizado y mi cabeza digiriendo la mezcla con sus pausas. Querría alargar las horas y leer en paz sin el apuro de que no me quedará tiempo para escribir. Querría terminar la facultad, pero más quiero transitarla. Querría no trabajar, pero no puedo decir que no.
Ay, si pudiera ser más digno de mí, más genuino, más yo. Agarraría el teléfono sin pudor y llamaría a quien sabe que la llamaría para decirle que la paso a buscar para andar por ahí, sin mucho que hacer.
Y de tanta potencialidad me siento un plagiador, un falso soñador de las cosas que quiero cuando muchos otros ya crearon esa lista antes.
Ganas de escribir quizás, de recordarme a mi mismo que es mi manera de vivir. Algo breve en hoja blanca que extienda la cuota de mi ambición para que mañana, o pasado, no haya perdido la práctica de lo que me gusta hacer.
miércoles, 17 de octubre de 2007
1964
Para qué escribir algo cuando se puede leer esto:
I
Ya no es mágico el mundo.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
I
Ya no es mágico el mundo.
Te han dejado
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
JORGE LUIS BORGES ("El otro, el mismo")
viernes, 5 de octubre de 2007
Dilemas de quien viaja
Ese verano, sin duda, sucedió. No fue como otros de los cuales no puedo afirmar demasiado, ese verano sucedió.
Yo estaba viajando solo, había alguien a mi lado cada tanto pero que no estaba conmigo realmente. Recuerdo que llevaba siempre en mi bolsillo de pantalón, ridículo como el de todo viajero, una birome y un trozo de papel, a donde fuera que fuese, cargaba mi equipaje anotador. Me gustaba recordar catedrales, describir parques, imaginar ciertas costumbres. Era mi primer paso por Europa, aunque a cada paso lo encontraba familiar, veía a Buenos Aires en cada esquina, pero carente de su imperfecta burocracia inmunda.
Llega cierta edad en la vida de un hombre en donde los viajes ya son propios, dejan de ser las vacaciones con hermanos, primos y demás para ser las aventuras inefables de un viajero. Yo sentía que eso era, capitán de cierto mar, donde la única brújula era mis antojos. Cada estación de tren sostenía esos enormes tableros cambiantes que me proponían destinos y yo me postraba ahí en el centro de la gente, apurada y decidida, a elegir donde me iría: al norte a las frías almas del Reino Unido, al Sur al candor conocido de nuestros italianos inmigrantes, hacia el oeste para recobrar mi lengua en una España acostumbrada o hacia el éste a la estricta historia de Alemania. De todos modos dejaría Francia que había sido mi recepción benévola pero áspera.
Aún sé que fue así pero me suena raro confesarlo, me acerqué a las boleterías pero frené a algunos metros, retrasando la fila. Recordé mi libro guía y consulté mi destino con sus palabras. De esas lecturas recuerdo dos opciones: hacia la libre Holanda y su libertinaje, tierra de licencias legalizadas y excesos nunca suficientes; o hacia el divino centro de la historia, Vaticano de mis creencias religiosas y fotos a mi abuela. Yo no supe nunca nada sobre tomar decisiones, yo era simplemente el volante, y las manos, y las piernas, y todo lo demás.
Volví a leer el libro y entre tantas cosas sólo podía detenerme en lo mismo, en la contradicción de mis aspiraciones. Sentí estar decidiendo mi destino, no el del viaje, el de mi vida. Corría dentro mío una sangre negra y espesa pero ágil, que pedía por locura, que rogaba por Holanda, que decía “dame eso”, que olvidaba mi memoria… que mataba mis creencias.
Tomaba valor entonces y amagaba con mi compra pero entonces me golpeaba esa suerte de recuerdo que te obliga a ser vos mismo aunque nunca has existido. Se cargaban mis archivos y el secretario de mi barca me informaba que no debo olvidar el protocolo, que la abuela quiere fotos y que el Papa está en la gloria.
Luego de esa junta insoportable llegó al cielo mi pedido y me golpeó cierta insolencia con faldas, una argentina detrás mío. Recuerdo que no fue sólo su pedido de perdón, porteño como el mío, sino su atolondrado caminar lo que me aseguró su procedencia. Le agradecí haberme golpeado y le dije que pasara ella a comprar su ticket pues yo no sabía a donde ir. Las argentinas no son las más lindas del mundo, pero ella si lo era.
“Me voy para el Vaticano” me dijo, y no hubo mucho más que pensar. Le extendí unos billetes diciendo “comprá dos” y dilema resuelto, todos los sentimientos hacia Holanda habían puesto sede en la muchacha.
Yo estaba viajando solo, había alguien a mi lado cada tanto pero que no estaba conmigo realmente. Recuerdo que llevaba siempre en mi bolsillo de pantalón, ridículo como el de todo viajero, una birome y un trozo de papel, a donde fuera que fuese, cargaba mi equipaje anotador. Me gustaba recordar catedrales, describir parques, imaginar ciertas costumbres. Era mi primer paso por Europa, aunque a cada paso lo encontraba familiar, veía a Buenos Aires en cada esquina, pero carente de su imperfecta burocracia inmunda.
Llega cierta edad en la vida de un hombre en donde los viajes ya son propios, dejan de ser las vacaciones con hermanos, primos y demás para ser las aventuras inefables de un viajero. Yo sentía que eso era, capitán de cierto mar, donde la única brújula era mis antojos. Cada estación de tren sostenía esos enormes tableros cambiantes que me proponían destinos y yo me postraba ahí en el centro de la gente, apurada y decidida, a elegir donde me iría: al norte a las frías almas del Reino Unido, al Sur al candor conocido de nuestros italianos inmigrantes, hacia el oeste para recobrar mi lengua en una España acostumbrada o hacia el éste a la estricta historia de Alemania. De todos modos dejaría Francia que había sido mi recepción benévola pero áspera.
Aún sé que fue así pero me suena raro confesarlo, me acerqué a las boleterías pero frené a algunos metros, retrasando la fila. Recordé mi libro guía y consulté mi destino con sus palabras. De esas lecturas recuerdo dos opciones: hacia la libre Holanda y su libertinaje, tierra de licencias legalizadas y excesos nunca suficientes; o hacia el divino centro de la historia, Vaticano de mis creencias religiosas y fotos a mi abuela. Yo no supe nunca nada sobre tomar decisiones, yo era simplemente el volante, y las manos, y las piernas, y todo lo demás.
Volví a leer el libro y entre tantas cosas sólo podía detenerme en lo mismo, en la contradicción de mis aspiraciones. Sentí estar decidiendo mi destino, no el del viaje, el de mi vida. Corría dentro mío una sangre negra y espesa pero ágil, que pedía por locura, que rogaba por Holanda, que decía “dame eso”, que olvidaba mi memoria… que mataba mis creencias.
Tomaba valor entonces y amagaba con mi compra pero entonces me golpeaba esa suerte de recuerdo que te obliga a ser vos mismo aunque nunca has existido. Se cargaban mis archivos y el secretario de mi barca me informaba que no debo olvidar el protocolo, que la abuela quiere fotos y que el Papa está en la gloria.
Luego de esa junta insoportable llegó al cielo mi pedido y me golpeó cierta insolencia con faldas, una argentina detrás mío. Recuerdo que no fue sólo su pedido de perdón, porteño como el mío, sino su atolondrado caminar lo que me aseguró su procedencia. Le agradecí haberme golpeado y le dije que pasara ella a comprar su ticket pues yo no sabía a donde ir. Las argentinas no son las más lindas del mundo, pero ella si lo era.
“Me voy para el Vaticano” me dijo, y no hubo mucho más que pensar. Le extendí unos billetes diciendo “comprá dos” y dilema resuelto, todos los sentimientos hacia Holanda habían puesto sede en la muchacha.
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