martes, 2 de diciembre de 2008

Dos Lluvias

I

Pequeños golpes,
gotas.
El cemento
impermeable
recibe.
El agua cae y rebota:
hacia abajo,
hacia arriba,
hacia abajo,
al charco.
Y golpes en crecimiento,
un tambor,
y los instrumentos del viento,
un rumor.
Las ramas hacen sonar la nada,
¿Suena la nada o suenan las ramas?
No importa,
la lluvia pasa,
la lluvia va.

II

Y en la línea vacía que deja el misticismo
un hombre insulta.
La lluvia realmente es mágica
cuando no nos caga la vida una baldosa floja.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Compleja

Las piernas cruzadas en una clara posición de feminidad. El pie izquierdo, en puntas, toca el piso; el otro –filosófico- se tambalea en el aire, tiembla levemente, apenas es un pie.
Por arriba de la mesa ella lee, toma el libro con una sola mano, con la agilidad de quien lo hace a menudo. Apoya la espalda en el respaldo, tiene el libro con la derecha y mantiene el pulgar entre las páginas como separador. La mano izquierda sostiene su cabeza, la frente de su cabeza, el peso de su cabeza.
Sus zapatillas son blancas, decoradas con garabatos negros desprolijos. Hay algo de moda en ese diseño. La remera es la prolongación de las zapatillas, mismos colores, mismos garabatos. Tiene la combinación ensayada para no tener que pensar qué ponerse cada mañana.
Todavía lee y yo la miro, las personas que leen me resultan hipnóticas.
En un momento levanta la cabeza y se acomoda los anteojos. Siente cómo le va doliendo la vista y por dentro insulta la tradición en la miopía de su familia materna.
Valeria es sofisticada. Lee en inglés, pide los cafés con el nombre italiano (mocaccino, ristretto, capuchino), pasea a su perro cuando cree que va a llover…. y mientras lee, escribe. Le discute al autor, siempre en silencio, la utilización de tal o cual palabra. Siente tener el derecho a ser soberbia.
Por ese entonces el pie danzante se detiene. Apoya ambas zapatillas en el piso y de un movimiento rápido se saca los anteojos, que luego guarda en el estuche. Cierra el libro y mete todo en la cartera, cartera blanca garabateada en negro, por supuesto.
Se para y va a la caja a pagar, Valeria no espera a que los mozos la atiendan, odia esas situaciones porque no sabe si leer o no, la amenaza de la pronta interrupción no la deja concentrarse.
Paga y pregunta por el baño. Tiene un apuro súbito por irse del bar, como si las líneas de su novela la hubieran espantado. No obstante, la biología manda.
Se acerca al baño, mira la puerta y el cartel colgado, la M mayúscula en medio de esa entrada. Va a entrar y se frena. ¿Mujeres?, se pregunta. ¿Esa M es de mujeres?, ¿no será de masculino?...bien podría serlo, piensa satisfecha. Entonces busca la otra opción, esperando encontrar la F del femenino, pero no. El custodio en ese otro baño es una H. Valeria se decepciona y decide entrar por la primera puerta.
Estira la mano y, al tocar la madera pintada de rojo, se contrae. ¿M?, reflexiona. Y después concluye: ¡Macho!... M de macho y H de hembra, ¿por qué no?.
Justo en ese instante glorioso en el que ella descubre la ambigüedad de los carteles, un chico pasa corriendo por su lado y entra sin pensar al baño tras la letra H.
La seguridad del nene la indigna, ni siquiera es hombre, dice, ni siquiera es hombre. Y entonces olvida su necesidad biológica y se va del bar a las puteadas.

martes, 4 de noviembre de 2008

La voz del poema

Hay sensaciones que hay que tener. Yo, sin ir más lejos, nunca había leído una poesía en público hasta este sábado. Guau!, si habrá sido fuerte la sensación que hasta creo que justifica la expresión "GUAU" en un texto.
Fue el sabado 1° de noviembre en la Gráfica Patricios, allí se leyó poesía durante toda la tarde sin cansancio. El motivo: exponer el trabajo relizado en los distintos talleres de poesía que coordina (increíblemente, a mi gusto) Romina Freschi. (pajaroslocos.blogspot.com.ar).
No es que tenga intención periodística, como parece expresar mi tono, sino que por momentos es importantes contextualizar, y más aún cuando hay responsables concretos de la felicidad de uno. Otra vez GUAU, no siento ser yo el que expresa tanta energá positiva.
Eso es, energía positiva... leer una o dos líneas basta. Un verso, micrófono de por medio, y la voz de uno flotando distinta en la inmensidad. Quedan al medio suspiros de aire que desgranan el cuerpo y lo hacen polvo cósmico. De la materia sólo queda el alma. El alma entonces es materia.
O tal vez exagero por mi fervoroso debut oral. La garganta confunde al pensamiento cuando se irrita de poesía. Yo, repito, tal vez todo lo exagero. De todos modos la vida se comprende cuando dentro hay poesía.

jueves, 30 de octubre de 2008

sombras

Se cae, rompiéndose de a poco cae
impacta contra el centro duro de mi arteria
y duele...
a poco a poco duele.
Al costado hay una vida,
la mía
-la de alguien que era yo-
pudriéndose
muriéndose
sintiéndose ser el abandono.
¿Es posible el dolor sin rencor previo?
La duda
las horas
los días
el mes
la forma
el beso
el abrazo
el enojo
las palabras
la pelea
el reencuentro
-los reencuentros-
la soledad de nuevo
y la nueva soledad...

Las ganas de haberse detenido en ese instante
y nunca,
y nunca más cortar.


Parece que al amor lo llaman sueño.




(a cata, la chica que me dio la poesía)

miércoles, 22 de octubre de 2008

Algunos Días Despues

Cuando no se prestan las ganas de escribir,
o lanzamos ciertas líneas y el azar las borra,
o creemos en la responsabilidad de perpetuar conceptos;
Todo sale errado,
Así sin fuerza,
Sin las esquinas pulidas,
Precario.
Es así como nuestra tenacidad nos reconoce necios
Y caemos en la maña de revisar,
De discutirnos,
De amansarnos,
De retomar las páginas que habíamos creído listas.
Y surge la demanda perfeccionista:
Corregir,
Tomar otro curso,
Pensar que habíamos pensado en otra cosa,
Cambiar el orden,
Modificar factores,
Censurarnos el impulso aquel.
Entonces las palabras serán otras,
Y las ideas, ya banales anteriormente,
Tomaran color de sauce
-¿quién conoce el color del sauce?-
Y se reacomodaran en la cabeza.
Luego así las “percepciones”
Serán nociones perdidas,
Al reverso y al revés,
Y de vuelta, y dando vueltas,
Lo designado menor,
En repetidos, sucesivos, cantos
Será lo enorme, lo gigante:
Menor
Menor
Menor
Menor
Menor
Menor
Menor
Menor….

El tiempo va cambiando no la forma, sino lo formulado.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Para Jóvenes Letrados

Hace un tiempo estuve en el barrio de Palermo, comiendo con amigos en un restaurante al cual solemos ir. Dejé el auto en la esquina y le pedí al “encargado de la cuadra” que me lo cuidara. “Sí, son cinco mango papi” me dijo. Yo, inocente ciudadano, pregunté “qué eran cinco mangos”, advirtiendo que cinco mangos en sí eran sólo cinco mangos. Tanto: cierta cantidad determinada de frutas (mas de cuatro y menos de seis según entiendo) o bien podría significar cinco pesos. Se refería claramente al dinero. Le aclaré que no tenía esa plata, la tenía pero no para dársela a él pues si se la diera ya no la tendría. El muchacho, de voz finita pero intimidante, me dijo “si yo tendría ese auto no te amarreteo cinco mangos guampa”. Instintivamente le respondí “si yo tuviera ese auto, se dice”.
“Es lo mismo guacho”, anunció el chico, segurísimo de que era lo mismo y de que yo no tenía padre. Decidí no entrar en la contienda e ignorando su idea de mi “yo-guacho”, le di “cinco mangos” y dejé mi auto en las mejores manos, al ritmo de “Bombón Asesino” que sonaba en la radio del cuidador, quien, mientras me alejaba, gritaba “andá tranqui logi, yo te lo cuido”.

¿De donde vienen las palabras que empleamos? ¿Cuanto tarda un término en pasar de horrendo a estipulado?
Muchas de los vocablos que usamos hoy en día tienen su origen en un pasado no tan lejano. Palabras que hoy suenan habituales como “laburar” fueron delatoras de extranjeros cuando aún no se arraigaba la costumbre italiana. Más cercano aún, palabras como “chabon”, “chapar”, “transar”, etc. fueron novedades que necesitaron institucionalizarse en las juventudes de anteriores décadas. Así mismo es común escuchar términos que supieron ser agresivos como “boludo”, “joda” o “quilombo”, sin que nadie se sorprenda. Han perdido su fuerza o han cobrado gran valor, volviendo su significado más leve para permitir el uso indiscriminado.
Constantemente el idioma se modifica, se renueva, se re-significa. A costa de ser transgresor corre el riesgo, el lenguaje, de involucionar. Se auto destruye olvidando palabras clásicas o de uso preciso en ciertos casos, “una palabra mal colocada estropea al mas bello pensamiento” sostenía Voltaire.
No creamos, los jóvenes, que por ser el presente referente de actualidad tenemos derecho a basurear al idioma que nos concedió el habla. Michel de Montaigne, un escéptico francés, dijo alguna vez que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. Adhiriéndome a ello, aconsejo a los jóvenes lectores que no olviden que al hablar no sólo escapan a su silencio sino que acaban con el silencio del otro.
Es cierto que hay determinadas cuestiones técnicas que nos obligan a renovarnos, como al hablar de las tecnologías. Pero no lleguemos al extremo de tecnificar los campos naturales de nuestra vida como al creer que charla y “chat” son sinónimos.
No nos queda más, a los nostálgicos, que aceptar la inclusión del “guachin”, “guampa”, “logi” o “tkm” cuando quieren decir “te quiero mucho”. No nos queda más que aceptarlo y reír o llorar en silencio.
Re-establezcamos la costumbre del diccionario, busquemos “inefable” si no sabemos qué significa. Acudamos a los libros para ver qué es “zozobra”. No hagamos de éste escrito sólo papel picado para la cancha.
Juventud nefasta es la que no sabe lo que nefasto significa.



* Zozobra: f. Inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece.
* Inefable: adj. (del lat. Ineffabillis, indecible). Que no se puede explicar con palabras.

martes, 7 de octubre de 2008

Hoy


El mundo está a punto de estar por explotar
Ya está, aquí reflejado, el punto final.
Y es cierto, en parte nada va a pasar
Digo mundo por no decir mi nombre
Que cae de a cuotas en el turbio monte
Del desconsuelo usual.
Es de la tristeza de estar triste
Que se muere,
Es de sentirse inmerso en laberintos sin cruces
Que se acaba,
De verse una y otra vez en callejuelas con salidas evidentes
Enchastrado de melancolía falsa
Disfrazado de cuento de suceso habitual.
O inocente o locos,
Ya no quedan opciones,
La distancia, si existe, va de agudos a crónicos.
O inocentes o tontos, hay un solo binomio.
Hay querer o no querer,
Hay morir o no morir,
Hay ser redondo e infinito o no serlo…
Y es un continuo supuesto de ilusiones suceder
Lo que está por explotar
Dentro de mí,
dentro todo.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Vida y obra de un genio cualquiera


Demasiada moralina, demasiada. Abuso indiscriminado del factor correcto. En esta sociedad, en esta o en cualquiera, se está matando a los genios. La moralina mata a los genios, los disipa, los censura. Por un lado la derecha: “¿cómo vas a llamar poeta a ese muchacho?, no viste usa la palabra pija! Pero por Dios, se perdió todo sentido de la estética”.
Por el otro la vanguardia (nótese que históricamente la vanguardia suele ser la izquierda, y en estados comunistas se trata de vanguardia oficial), “cómo puede ser que siga habiendo poetas líricos que respetan la métrica… pero meté corte y palabras del mundo real, como poronga”.
Demasiadas leyes. El genio no puede vivir, se le exige estar aquí o allá, pero no pendular.
“Hay que hablar de los desaparecidos, del compromiso social y la lucha por la revolución carajo!”, le gritan desde un lado. “Hay que hablar de la patria y de nuestros héroes, caramba!”, exclaman desde el otro. Y el genio, mientras tanto, quiere pensar en que él capaz no sea un genio, porque como él, muchos otros deben estar pensando que son genios, entonces se anulan los cupos entre sí. El sólo saber que hay otros considerándose genio lo excluye de la categoría. Pero eso lo pensó Pessoa antes, que tan genio no fue porque ni cuenta pudo darse de que era un verdadero genio. Otra vez la opresión, la culpa, el psicoanálisis. El genio quiere estar en paz. “La poesía es como la bosta, surge como producto de lo ingerimos”, piensa un día; pero lo agarra una señorita bisnieta de María Esther Vázquez (nombro al voleo, ni sé si tiene hijos) y le dice “cómo vas a escribir tal porquería”. El genio se siente culpable, el sólo quería jugar a provocar un rato, mostrar cómo salta el león cuando le dicen que tal vez el elefante merezca probar el trono por una temporada.
Al final olvida eso de la bosta y escribe, sin saber que plagia, que la poesía es expresión “liviana, alada y sagrada”. A los pocos días se encuentra con, digamos Mariano Llinás, hijo de Julio Llinás (poeta surrealista argentino), y este tal Mariano (que es director de cine) le dice que la poesía tiene que estar al servicio del subconsciente para despojar con papel todo el potencial del pensamiento humano, que deje de lado la inocente definición Socrática.
Demasiada moralina, el genio no puede ser feliz y sufre, reafirmando su condición de genio.
Véase, es bueno aclararlo en este punto, que la concepción de genio sólo puede concebirse para aquellos que escriben, el resto son bochos o tipos brillantes. Por lo tanto, sabiendo eso, el genio se pone a escribir novelas. Pero ya está todo escrito. El tema de los puntos de vista lo acaparó Faulkner, la copia a Faulkner ya la hicieron todos los escritores del boom latinoamericano, la novela epistolar no se la cree nadie porque ahora se usa mail, la tercera persona dicen que pasó de moda, la primera persona es la moda y no está bien visto que el genio siga a la manada, la primera persona del plural puede ser interesante pero el genio no puede evitar pensar como individuo único… deja la novela sin escribir.
Hace cuentos y los manda concursos donde mejor no ganar porque para ser genio hay que hacerse famoso póstumamente. Recopila su obra: sus poemas, sus inicios de novela (alguien luego inventará que jugaba con los conceptos de Macedonio), sus ensayos y las notas que escribía en los boletos de colectivo en forma de aforismo. Junta todo, hace varias copias, se lo da a su mejor a migo y le dice –mientras le guiña un ojo- “no publique nunca mi obra”. Por si acaso repite el ritual con tres o cuatro de sus amigos menos confiables.
Vuelve a su casa y se toma un whisky. Todo está hecho, en algunos años él estará muerto de tuberculosis (que intentará contraer), y sus obras serán leídas en más de treinta idiomas.
En una sociedad con tanta moralina, se hace genio el que sabe manejar el marketing.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Lecciones de un mozo al paso

Lo primero es la distribución de las mesas, ahí se concentran muchos de los problemas y de las soluciones. En un lugar chico, ponele de dos mozos, es imposible que no haya celos con el tema de las propinas, porque el cliente, vaya a saber uno por qué, siempre prefiere un sector del salón a otro… qué se yo, a las viejas por ejemplo les gusta sentarse cerca de la pared, como si allí hubiera más seguridad o estabilidad imagino. Otra cosa de las viejas es que siempre prefieren mesa para cuatro, aunque estén solas… necesitan explayarse físicamente o algo, poner una bolsa por silla y que todo tu servicio esté a su disposición… Decir que las veo y me acuerdo de mi abuela, sino no sé, mirá.
Después… los treintañeros de traje se toman un cafecito para hacerse los cancheros con las mozas mujeres, como que se sienten seductores tomando su café, y concentran todos sus encantos en el pago de la propina… hay mucho de ritual, de protocolo en la relación que se establece con el camarero…., ahí hay otra cosa, mozos en realidad no, camarero, gusta más.
Pero bueno, te decía que da celos la distribución del salón porque si te toca, suponete, la parte fumadora siempre se gana más de propina, porque el fumar parece que opera como elemento de culpa y sienten que deben pagar más por el servicio.
A ver, qué se yo, puedo hablarte de muchas costumbres… por ejemplo si el salón está vacío y hay sólo una mesa sucia (que aún no levantaste porque está todo tranquilo y te da fiaca), y entra un cliente, con todo el salón a su disposición, no hay chance de que no elija la mesa sucia… no me preguntes por qué mierda hacen eso, pero es fija… la mesa sucia seduce más… no digo que se haga con conciencia, para cagarle la vida al camarero, no… pero se hace, sin dudas.
Otra cosa graciosa es cuando el cliente piensa que el camarero se olvidó de darle su vuelto de dos pesos, mamita, eso no pasa querido… el mozo lo hace a propósito, suponiendo que el cliente (sea o no tacaño) va a resignar la plata e irse… pero podés creer que te lo reclaman: “mozo, mi vuelto”… y no te hablo de gente que gasta 4 pesos y quiere su vuelto, no… te hablo de gente que gasta 28, o 38 mangos, hasta 48, y quieren sus dos mangos… El argentino cada día está más rata te digo eh… el otro día hablaba con un yankie que entró al bar y me contó que allá dejan siempre, como mínimo, el 20%... eso sí es propina… y acá te reclaman dos sopes, es el colmo.
Y mirá que los turistas varían eh, el yankie, como te dije, deja mucho, gasta 50 y te deja 10. El español es más tacaño, como el argentino casi. Los brazucas pagan bien, el 15 dejan en general.
Y después, dentro de argentina, las que más dejan son la viejas paquetas, aunque no falta la pretensiosa rata que es capaz de dejarte 10 centavos, te juro, 10 centavos, pero hay que ser hija de puta, mejor no dejar nada a dejar 10 centavos, escuchame. Y bueno, los pibes jóvenes de traje pagan lindo si es que los atiende una linda mina que les histeriquea un poquito… si serán babosos… bah, yo también, uno paga más contento si te dan la cuenta y acto seguido ves como se aleja un buen culo con tu plata… lo vale, seguro que lo vale.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Cuando Miro

Yo, que te miro, lo presiento:
que tú, siendo mirada, lo que sientes
es que yo, mientras miro tu mirada,
presumo cosas que no están fundamentadas.
Mas tú, que sólo callas y que esperas,
ignoras de mi mente los rincones
que me dicen que te miro por entera
simplemente por el goce de tus dones.
Mas tú, que sólo callas aunque a veces ríes,
no dejas nunca que la ansiedad confíe
cierta verdad, cierta opinión, cierto escondite,
cierta razón que sin razón no me permites.
Y yo, que sigo empecinado en mirar, veo
que tú buscas al costado del camino
a otras personas, a otros “otros”, a los niños…
a cualquiera que camine por mi limbo.
Pues aunque tú, que miras y que callas, veas
que no hay nadie más que yo en la cercanía,
te supones otras gentes en la vía
y te aferras a esa ausente compañía.
Entonces yo pregunto qué te espanta,
mas no respondes, agarrada a tu vergüenza,
y yo acerco mis labios a tu boca
acaso como cómplice estrategia.
Y tú olvidas esas falsas amenazas,
respondiendo a mi beso con tu beso,
olvidando un rato al ojo, que es balanza,
y quitándole al entorno relevancia.

martes, 26 de agosto de 2008

Ajenidad

Salpica libre el sol
Oh, malta pecadora
Corre el cuento de niño que fumiga,
Calumnias de ajenidad
¡Hermana!
¡Hermana tierra!
¡Hermana!
La calle se va con otros
Y queda solo mi velo
Mi angustia
Mi ajenidad
De la luz
Que va
Que cae
Que sobra
Que baña
Que inunda
Que muestra
-¡Feroz!-
El trueque de hielo inédito,
Un Amanecer de mí,
Un Atardecer de usted,
Yoes de penumbras muertas,
Ajenidad,
Grito,
¡Ajenidad!
Perfume de hora larga y tuya
Manifiesto de vacío
El devenir.
Ruido,
Decepción y ruido.
Indígena de modernidad,
Moda nueva de recíprocas fealdades
Todo, nada,
Nada, todo
Diminutivo de luz,
Y correr de nuevo,
Hermano escape,
Prima persecución,
Ajenidad,
La voz de dios veloz
Se interpone peregrina,
Marea sublevada,
Y el resto
El todo
Ajenidad.

martes, 19 de agosto de 2008

Lapsus

A la mierda mi intención de unidad estética. ¿A alguien le molesta tanto como a mí que Marcelo Birmajer publique nuevos libros todos los meses?... Suficiente, carajo. Tomate unas vacaciones y dejá de hinchar las pelotas con tus historias de hombres casados o de amor o de seudo nueva literatura beat.
Eso es todo

miércoles, 6 de agosto de 2008

Transición

Cuando Felipe Moro salió de su casa, camino a realizar su excursión diaria por Arenales, no notó que esa tarde el cielo volvería a perderse como aquella vez en la que un don maldito le fue impuesto.
Encaró por Junín hasta encontrar su calle, y una vez allí recuperó su postura misteriosa, su aura de persona oscura que hacía que la gente, si es que lo notaba, cruzara de vereda para evitar una mirada o para negarle el contacto. El barrio huía de Felipe con más espanto que disimulo desde la tarde en que él, luego de mirarle los ojos a un anciano, escondió el rostro en lágrimas de culpa mientras el viejo se golpeaba el pecho, intentando inútilmente reanimarse, y con el último aliento ya extraviado.
Felipe, en las afueras de su calle predilecta, era una persona común y corriente, de esas que trabajan sus buenas horas para comprarse una televisión, que quieren a sus amigos y piensan que la familia está primero. Pero en Arenales se oscurecía, casi sin notarlo e indefectiblemente. Llevaba una vida tranquila, hasta que una atracción inentendible lo llevaba siempre a cierto corredor y todo se volvía noche, en un estado de trance semi-inconsciente que derivaba en la repulsión de los vecinos de Recoleta.
Una vez que abandonaba Arenales volvía a recuperar su sociabilidad y era amable con quienes se encontrara, pero su desagradable postura anterior hacía que todos terminaran por rechazarlo y él no lo entendía, o acaso no sabía que la calle era más dueña de él, que él de ella.
Todos los días tomaba su sendero, o su destino, e Iba a paso lento y con la atención despierta, poniendo uno tras otro los pies en las baldosas que se sucedían torpemente. Desde aquella muerte repentina del anciano sus hombros se encorvaban al caminar, y la mirada estaba siempre en la vereda, en la pisada inmediata. Un sombrero gris bajaba en diagonal por su cabeza, cubriendo uno de los dos ojos que de de algún modo tomaban un color oscuro. Sus manos se refugiaban en los bolsillos de un piloto negro que destilaba un místico olor de antaño. La vida alrededor recrudecía.
Esa tarde el cielo volvería a perderse, pero él no lo sabía. No había hecho dos cuadras cuando los autos se detuvieron por completo. Las personas, las pocas personas que había por allí, también se quedaron detenidas, como estatuas vivientes pero sin la expresión de vida en el rostro.
Lentamente una larga nube negra cubrió el cielo, quedó opaco el firmamento y la ciudad se hizo de sombras. Luego asomaron los relámpagos, advirtiendo a los truenos que después hicieron retumbar a los edificios.
Al cabo de algunos pasos, Felipe Moro se percató del inmenso cuadro al que pertenecía. Notó la pausa del entorno recordando la primera vez y comprendió que allí imperaba la misma magia cuando vio flotando debajo de la boca de un portero a una bola de saliva casi verde que no había completado su carrera al suelo.
Paró entonces Felipe de caminar. Miró a los costados y se descubrió en una esquina. El cielo seguía sumando grises y los relámpagos y truenos ahora eran simultáneos, los ruidos que pertenecían a luces anteriores se fundían con nuevos destellos. Los estruendos y resplandores dejaron el redoble, formando una marcha de continuo explotar.
Sólo Arenales estaba negra y detenida. Los cruces, sabía Felipe, tenían aún la vida y el devenir de ese Heráclito tan constante como inconstante.
De pronto un halo de luz roja atravesó las nubes y se estrelló a cien metros de Felipe, que resignado supo lo que venía. En ese instante todo se detuvo: los cruces, los relámpagos violeta que decoraban el ambiente, las piernas de Felipe, sus manos y su cabeza; sólo sus ojos podían moverse, pero sin libre albedrío, sino que guiados por una fuerza mayor.
Una figura roja, sin mayor silueta que los movimientos del fuego, se acercó al hombre. Pareció mirarlo y olerlo, pero sin ojos ni nariz. Lo rodeó, escrutando cada minúsculo detalle, y al final del examen pronunció lo que parecieron palabras y Felipe interpretó así.
-Me dicen que no miras a la gente.-
Felipe no contestó, pero ese fuego leía las respuestas y entonces continuó.
-No nos sirves si no miras a la gente… ¿Crees que podrás levantar la cabeza mientras caminas por Arenales y mandar a tus vecinos con nosotros?-
Nuevamente silencio.
- Los encargados de las otras calles no se han quejado en absoluto… mandan al menos diez por caminata, pero tú… sólo uno… ¿piensas modificar esta actitud o tengo que buscar a otro?- Volvió a preguntar el fuego a voz de estruendo.
Pero Felipe seguía sin contestar, y entonces la masa luminosa y amorfa echó un grito que parecía significar: “Como desees”, y luego los relámpagos y truenos se esfumaron, dejaron las nubes el cielo y las cosas retomaron su rumbo.
A Felipe ya no le sonaban en su cabeza los reproches en forma de ruido de aquel demonio. Lo último que vio antes de caer al suelo, cuando su cabeza se estrelló con el cordón, fue a la mirada desconcertada de aquel portero que se enfocaba directo en sus dos ojos, que iban perdiendo el color negro, conforme Felipe iba perdiendo la vida.
Desde aquel entonces algo cambió en la calle Arenales. La de Felipe fue la primera de las muertes que precede a la larga lista de víctimas fatales que de algún modo comenzó a labrarse desde aquel día.
El portero por su parte sigue escupiendo, pero sus gargajos ahora siempre tocan el suelo, y su mirada baila contenta desde sus ojos, que miran alegres desde su cuerpo, ahora encorvado, oscuro y misterioso, pero feliz, mucho más feliz que cualquier chico con juguete nuevo.

viernes, 18 de julio de 2008

La provocación del ensayo

El género “ensayo” supone para mí varios inconvenientes embarazosos, no obstante creo que me está destinado (o al menos siempre que quiero escribir una monografía termino haciendo ensayos porque no puedo prescindir de ciertas opiniones y determinados estilos).
El primero de los inconvenientes que me significa un ensayo es la pérdida de amigos o simpatías. No encuentro la manera de dar forma cordial a ideas que en esencia son agresivas e insultantes. Pasa que a menudo mis ensayos nacen desde lo negativo; es decir, no surgen a partir de una idea que se me ocurre, sino que aparecen como inevitable respuesta a una propuesta de algún otro con el que no estoy de acuerdo. Tal vez sea por mi personalidad desagradablemente descalificadora (notarán que hasta de mi mismo), pero lo cierto es siempre tengo un impulso dispuesto a contradecir y muy pocas veces a reafirmar o adherir.
Dicho esto se entiende fácilmente cómo es que se pierden las simpatías que referí antes: un amigo, por ejemplo, publica un texto en el que plantea que “El túnel” de Sábato es de las mejores novelas argentinas de la historia, y que su implicancia –además de social- es fundamental en la literatura de habla hispana. (Doy este ejemplo como muestra clara de mi tendencia a exagerar, ya que no creo que nadie plantee semejante estupidez). De todos modos lo que cuenta en este caso es la actitud que yo tomaría, que sería la siguiente: leería varias veces el artículo solo en mi cuarto y reprochando en voz alta cada cuatro líneas, intentaría volver a leer “El túnel”, volvería a reprochar para mí mismo, y me pondría a escribir el contra artículo. Comenzaría por lo cómodo y contento que estaba en mi casa, hasta que un conjunto de palabras azarosas se cruzaron en mi calma, bajo la forma del ensayo escrito por tal amigo mío. Después confesaría que siempre tuve estima a ese amigo y que no puedo entender cómo fue que dio con tan obvio equívoco (el de la supuesta importancia de aquella novelita). A partir de ahí convencería al lector, y a mí también, de que mi amigo debe haber sido siempre un bruto y yo no me di cuenta. Luego daría dos o tres nociones de por qué me parece tan estúpido su ensayo (alegaría que en realidad no hacen falta argumentos), y finalmente supondría que mi camarada sólo tuvo una mala tarde y que no debemos juzgarlo (de todos modos le recomendaría leer “Zama” de di Benetto, o incluso alguna de García Márquez –usaría el término “incluso”-).
Si dicho contra artículo fuera leído, probablemente perdería el favor de mi querido amigo, o al menos tendría que reparar mi ofensa diciendo que era sólo una broma.
El segundo inconveniente que suponen los ensayos es que me voy por las ramas, y está permitido irse por las ramas, dándome a mí la posibilidad –que uso muchas veces- de abandonar el ensayo y continuar el texto en forma de cuento en primera persona en el que un hombre (un protagonista tremendamente vanidoso y soberbio) se enfrenta al terrible desafío de expresar sus ideas para salvar a un amigo que está a punto de ser condenado a muerte. En dicho cuento, el protagonista –una especie de abogado escritor- alega que su amigo es demasiado estúpido para ser culpable de algún delito y luego condenado a muerte, tan estúpido que hasta cree que “El túnel” es una gran novela, remataría el defensor.
Y entonces tendría un nuevo ensayo devenido cuento para sumar a la colección de relatos sin razón de ser; pero no tendría el ensayo que en primera instancia había querido escribir.
El tercer inconveniente es que soy tremendamente estructurado, y creo que las ideas sólo son consistentes si se pueden expresar al menos con tres puntos fundamentales.

Por esto, y por evidentes falencias técnicas e intelectuales, es que no puedo escribir ensayos que me dejen conforme, o que al menos no me hagan perder amigos o privarme de posibles amistades. Solamente escribo cada tanto un compendio de ideas borrosas que se caen ante la primera refutación. Ideas mal expresadas y que ni siquiera quedan lindas, sin humor, arcaicas y básicas. Puedo afirmar que un ensayo escrito por mí es la mejor manera de definirme: algo que nunca termina de ser y que su propia falta de definición lo define.
Los conceptos están, las percepciones las tengo, pero todas atadas a mi desacuerdo con el resto. Únicamente tengo contra ideas. Respuestas que nadie pidió, polémicas gratuitas. Por ejemplo, cuando leo algo sobre la poesía y se dice que es una manera de evitar el dolor de cabeza, pura expresión sin filtro en donde todo vale por el simple hecho de haberse ocurrido, un juego entre una cosa y otra, bajo relaciones lúdicas que en lo profundo no guardan ninguna relación con algún sentido. Sí pienso que en la poesía hay expresión, pero con ciertas reglas –que se pueden romper con conciencia de estar siendo avasalladas-. No es de retrogrado, es de obsesivo, de histérico. No soporto que alguien crea que cualquier resultado salido de la mente humana es valioso de por sí. Las cosas sin razón de ser que las engrane el psicólogo. La literatura no es el lugar liviano en donde las personas con problemas de realización social mandan todas sus insatisfacciones en forma de sonatina y dicen hacer poesía por poner la frase “estoy muy triste” con cortes en el medio:

Estoy
muy
tris-te

hete aquí que cualquier hijo de vecino es poeta, y de los buenos si se animara una rima:

…Estoy
muy
tris-te
…hoy

hete aquí el Quevedo del siglo XXI.
Como verán, no miento; sólo tengo contra ideas, sólo concibo polémicas. Leí en algún lado que la poesía es un bálsamo terapéutico, una droga contra las malas experiencias que calma la pena y que nada cuesta, accesible a cualquiera. No. Llámenme aristócrata, facho, o soberbio; pero la poesía será para que la lea cualquiera (no por eso la disfrute), y no para que la escriba cualquiera. Descreo de aquellos que sienten ganas (que llaman “ganitas”) y se pone a combinar las cuatro palabras que conoce del diccionario. La poesía es inaccesible, la poesía es un libro cerrado al que no se podrá llegar nunca más, la poesía ya está hecha.
Lo que resta son nuestros poemas vivientes, nuestra generación de homenajes sin pretensión que así –aspirando a nada-, algún día tal vez se filtren en aquel libro sellado. Los poemas son para todos, incluso para mí; la poesía no (o al menos no me siento digno).
Y después de entendido esto, cada uno lo que quiera. Sus imágenes mínimas, sus bálsamos terapéuticos, sus manchas en la hoja como poema visual, etc.
Yo elijo respetar de otra manera al lenguaje, elijo aferrarme a formas antiguas, sentir el ritmo como una música, construir el sentido antes que la forma –pero construir después la forma-, atarme a ciertas reglas para poder llegar a algo a pesar de esas reglas, jugar conjugaciones, pecar con culpa, leer cientos de veces más que escribir, ver en la literatura el más dulce de los horrores, la pasión más desgarradora, el estrés más mágico.
Elijo vivir de letras, y con ellas polemizar, y con ellas congeniar.

miércoles, 9 de julio de 2008

Palabras para recordar metafísicamente a Macedonio Fernández, no muerto en batalla.


Qué fue de ese zapallo,
Macedonio,
Que habiéndose hecho cosmos,
Y de a poco,
Fue abarcando los buques y la tierra,
Y creciendo más que el mundo que lo diera.

Qué fue de ese zapallo,
Macedonio,
De crecimiento incesante, hasta infinito,
En cuyo espacio diáfano albergaba
La personación del cosmos y su póker
Jugado desde dentro y compartido.


No bien era una cosa,
Ya era otra,
El zapallo se hizo cosmos y poema.
Entonces yo pregunto,
Macedonio,
Qué fue del vegetal donde vivimos.
Si crece aún o dio por terminada
Su existencia abarcativa y populosa.

Qué fue de nuestro mundo calabaza.
Tal vez nació, fue el universo y explotó,
Explotándonos a todos dentro,
Y si ese acaso –posibilidad- pasó,
De dónde saco la pregunta que te doy,
Qué fue de tu zapallo,
Macedonio.