viernes, 27 de julio de 2007

Enigmas


Es inútil el intento de pertenecerme
Cuando la tenacidad no me identifica.
Es un cuento signado por la infamia:
Mi persona mendigando tu designio.

La inocencia que he perdido
En el vasto mundo literario
Me ha usurpado el plano del instinto,
Hoy soy sólo: lo que digo.

Sueña ahora, partícula del tiempo,
Que no espero a tu cobarde rebeldía.
Duerme ahora, tentáculo del miedo,
Calla y deja que se asomen los enigmas.

viernes, 20 de julio de 2007

Al negro canalla ese

Por hoy renuncio a las letras,… dejo de lado mi ambición literaria,… No puedo leer a nadie y todo me importa un carajo.
Es que no sé como expresar la enorme, o tal vez más grande, angustia que tengo adentro, si cada vez que pienso en el negro, simplemente me cago de risa.
A la larga, después de tanto admirar uno empieza a querer. Sin fundamentos creamos una intimidad inexistente y adoptamos una amistad que nos encantaría haber tenido.
Le hablo al negro y ¿con qué derecho lo tuteo? Le hablo a Fontanarrosa, a un ídolo, a un maestro, a un tipo de la puta madre, así, bien clarito, de la puta madre. Y a quién se le va a ocurrir decir que eso es una mala palabra, ¿qué tiene de mala, no negro? ¿Le pega a alguien la mala palabra? Yo voto hoy y aquí por la amnistía que algún día reclamaste.

¡La pucha che!, mirá que cosa rara eh, si ni te conocía negro pero a cada acto que ibas yo estaba allí, esperando tu comentario serio, estoico y delirante, ese que se estampaba contra las risas estruendosas de todo el mundo. Vos te callabas y todos sonreíamos, hablabas y ya nos dolían las costillas. Para colmo, en el regreso a casa después de cada charla uno se daba cuenta de que además estabas enseñando algo, como que Gardel se levantaba a las ocho de la noche y no obstante fue Gardel. ¿Para qué la doble escolaridad entonces?
Recuerdo también que vos te la buscaste, que todos te hablaran de futbol, que te gritaran canalla y te preguntaran como saldría el partido ese domingo. Pero claro, que mierda ibas a saber vos que eras solo un hincha. Pero vos te la buscaste negro, vos te la buscaste. Ser tan genial tiene su precio.
¿Dónde estará Mendieta?, ¿dónde Boggie y su locura?, ¿dónde los increíbles nombres de personajes que de solo nombrarlos causan gracia? Sara Susana Baez, poetiza. Si me habrás hecho reír, negro. Reír pero con pasta y calidad, con literatura de la buena y no como esa mierda de novela rococó del gran Gabo, ¿así era? “Puto el que lee”, palo y a la bolsa, eso es literatura.
Yo no sé si fue el mundo el equivocado, no sé si efectivamente los trenes les ganas a los autos y no terminé de entender cuál era el peor de tus defectos. Supongo que el marcharte tan temprano.
Hoy, y antes también, me doy cuenta de que en realidad lo que me pasa es que te quiero, así sin conocerte y con pudor al decirlo. Te quiero con solo haberte visto un par de veces.
Nos presentó mi abuela, me dio un libro tuyo y me dijo que era bueno. Yo te leí tímidamente, después intenté imitar tu estilo y empecé a seguirte a dónde fueras. Pero nada alcanza esta tarde para aliviar la calma insoportable que hay en la tierra después de que hayas vivido.
Nada somatiza que ya no me harás reír, pero tengo un consuelo escondido dado por mi juventud. Aún me queda tanto tuyo por recorrer, tanto en mis estanterías que no leí y tanta carcajada por escaparse.
Que cagada negro, esa puta enfermedad de mierda que te obliga a dejar de ser lo genial que eras para empezar a ser el gigante que ya sos.
Hoy dejo de lado todo negro, y te pido perdón por no saber como carajo expresar esto que siento.

Si estás ahí y me escuchás, desde tu nube de galanes donde ya te queda chico resolver los problemas del mundo entre cafés y donde las mujeres no son tan lindas como las de tu ciudad, te pido que me ayudes, que me tires una puntita de inspiración o que al menos me invites a Rosario a ver al club canalla para tirar desde la tribuna, entre tanto papelito, tus cuentos picados para que floten en el aire, como alguna vez te escuché decir, tal vez como sarcasmo, que tanto te alegraría.

martes, 17 de julio de 2007

El día en que Buenos Aires no fue mía

Emblema vacuo la nieve, que me abriga en su ironía.

Hoy la ciudad está en blanco por lo que nunca jamás ya hubo sucedido.

Sur, paredón y después, sur.

Ya nunca Buenos Aires será tierra de bohemios en sudor, pues Europa sacro santa trajo su extraña capa de inspiración helada.

Nieve en la Rusia porteña que me obliga a descifrar cual será el lamento que desprenda mi tinta.


Sal y lluvia, llanto y soledad, nieve y el emblema fútil de mi protesta contra no sé qué.

martes, 10 de julio de 2007

Preso de mi

Yo seguía empecinado en salir. Creía que si insistía en mandarme a las calles por las noches y darme largas dosis de alcohol iba a encontrarme conforme con mi presente. Y digo que me empecinaba en salir porque entre tanta confusión post adolescente, al menos tenía claro que ese hábito era un empecinamiento y lo llamo de esa manera porque sé que no hay lógica que responda a mi proceder. Decirme “empecinado” me hace sentir conciente. Yo estaba empecinado en salir porque sabía que iba a seguir saliendo y sabía que iba a seguir sin conseguir resultados. No obstante las mil lluvias decadentes de mis curdas.
Le época, el tiempo y el espacio… son cadenas para hablar de uno mismo, porque nadie –al menos yo (y yo soy todos y soy nadie)- puede dejar de ser quien es, más allá de alguna fecha. No es uno el que cambia, sino las circunstancias, pero a veces todo se confunde tanto que nos creemos diferentes ayer de lo que somos hoy. Que nieve y yo disfrute no me hace un ser invernal, sino que me hace descubrir que quiero al frío.
Lo importante, si es que eso existe, es, para mí, que nada ni nadie saqué de mis excursiones nocturnas. Conocí bares temáticos, antiguos, clásicos, irlandeses, modernos y demás; anduve errante entre parques concurridos; fui a discotecas, a peñas, a casas de amigos y de otra gente. Cada una de las paradas no era más que algunas paredes pintadas de colores. Suele decirse que alcanza el hombre para tener un buen paisaje, pero eso solo puede consolar a quien se concentra en vivir. Para alguien como yo, que se dedica más a pensar que a andar haciendo, los lugares son todos lo mismo: un instrumento fútil que sirve para archivar tales recuerdos.
¿Y cómo contar distinto lo que ya una vez conté?, ¿cómo hacer de la reiteración algo valioso?
Las mujeres son ese capítulo repetido en la más original de las historias. Todo lo que se quiere, comienza por despreciarse; tal vez porque queremos que nos quieran a nosotros y caemos en la cuenta de que para que nos quieran, deben primero despreciarnos.
Yo no sé, sinceramente, si alguien más pasa por estos estadios de mí estupidez, pasaran por los propio supongo, pero de tanto encerrarme a escribir termino, a veces, desvariando. Lo complicado, en todo caso, es que salgo convencido de esos desvaríos.
¿Las mujeres dije?, las mujeres son. Si al comenzar a decir que “yo seguía empecinado”, estaba diciendo que eso (el seguir empecinado) era mi mejor excusa para contar lo que refiero.
En uno de los tantos bares, dispuesto de forma tal que la gente se ve obligada a chocar, anduve caminando, trago en mano, en pose de conocer a alguien. No voy a negar que abusé de chistes malos que me molestaban hasta a mí mismo que los estaba diciendo, pero cada tanto uno se luce y encuentra el comentario justo que esa chica tenía ganas de escuchar, aún sin saber de su existencia.
No sé si fue que puse tono colombiano –o lo que yo creo es tono colombiano-, o que la traté como a una mujer experimentada (que no lo parecía), pero, al fin, ella se encontró lo suficientemente atraída. Suelen creer que pienso justo lo que ellas querían que pensara; pero nunca sospechan que yo intuyo lo que ellas quieren que yo diga que pienso. Ante esa ecuación sin matemática, uno (que es de letras) sale ampliamente favorecido. A veces hasta creo que la seducción de una noche (que poco vale) se basa en que algunas de ellas (las mujeres), quieren escuchar, por ejemplo, que son lindas. Y uno les dice que son lindas, entonces ellas pasan a pensar que nosotros pensamos que son lindas, cuando deberían pensar que nosotros (o yo) sabemos que ellas quieren que les digamos que son lindas. Pero claro que si así de sincero fuera el mundo, nos mataríamos entre todos en dos días por las barbaridades que se escucharían.
Finalmente abandoné el tono colombiano y dejé de decirle lo que debía. Ya estaba empezando a cansarme de que se creyera todo. Y empecé a hablar un poco más en serio, o en broma pero desde mi personalidad. Ya no era hiper-simpático, ni tan dulce, ni caballero, ni nada. Pero ella se reía como diciendo “que bien te sale el personaje de mal humorado”, si supiera que el personaje era el otro.
Y entonces lo fatal, hacía menos de media hora que me conocía y con descaro absoluto me pasó el dedo por la cara, por debajo del ojo, en forma de caricia de noviazgo (o eso me pareció a mí que no sé qué es el noviazgo) y después, al ver mi cara supongo, me dice: “tenías una basurita, no te creas que te acoso”. “No aclares que oscurece”, pienso yo, y si aclarás decí “te toco porque soy una loca enferma que creo tener una intimidad establecida a los diez minutos de conocerte”. Pero no se dan así las cosas.
Trago saliva y bronca y me callo. Ella se queda mirando, “¡Dios mío, todas miran!, ¡aman mirar!”, grito para mis adentros. Y salgo del paso contando que trabajo en un bar, o que escucho tal mala música o qué sé yo. Cosas que de tan aburrido que me tienen a mí, deberían aburrirla a ella.
Luego la dama critica mis gustos musicales, creyendo que al pelear seremos un poco más “los dos”, pero yo le doy la razón e invento una explicación al decirle que escucho mala música para dejar de pensar, porque supuestamente pienso demasiado, todo el tiempo. “Pensar es mi karma”, creo que le dije. Lo cual es verdad pero aplicado a todo el mundo. Ya querría yo que fuera mío y solo mío el mal de pensar cada instante. Ella calla y escucha. Yo creo que no me habrá entendido o que tal vez ni me escuchaba.
Le comento, cerca de la madrugada, que me tengo que ir porque eso tengo que hacer y salgo solo, camino hacia mi casa. En las calles vuelvo a enojarme conmigo mismo por insistir y digo nuevamente que estoy empecinado. Después paso a pensar que me gustaría ser extremadamente buen mozo para que ellas no tengan que hacer como que se admiran de mi inteligencia, que sea evidente que de mí les gusta solamente lo que ven. No hay nada que me moleste más que el ser admirado por alguien que se admira con alguien como yo. Siento menos que una mosca pero quiero sentir tanto más. También sé que no hay más mosca que yo cuando juego a tal soberbia.
No creo pertenecer a esa elite de los que leo, y si reniego tanto de la vida y de sus protocolos es porque aún no aprendo a querer, a ser feliz y a sonreír por el simple hecho de sonreír. Soy, ante todo, un novato agazapado que solo sabe dar arañazos.

Unos días después me crucé con esa chica de la noche anterior. La saludé, más calmo, y no me molestó verla. Ella me contó que hacía por allí y yo escuché. Me dijo de tomar un café, y yo acepté. Si me hubiera propuesto hacer una carrera de bolsas también hubiera aceptado porque durante el día y si me sorprenden, no me salen los no.
Con la mesa al medio y las bebidas servidas me comentó de su trabajo y de algunas otras cosas. Yo le dije que vivía por ahí y que andaba caminando escuchando la radio sin más.
Ella se río y me preguntó luego si escuchaba esa música mala que escucho yo para dejar de pensar.
Me quedé callado, hice un esfuerzo enorme y me acordé finalmente de que eso era lo que yo le había dicho en su momento. Pensé en silencio si era verdad o si lo había dicho por decir, como tantas cosas que digo. No supe la respuesta. Medité un rato más y llegué a la conclusión de que digo muchas estupideces.
Sin embargo, ella se acordaba de eso y me lo repitió como mostrando que habíamos tenido una charla interesante. Quería enterarme de que yo había hablado profundamente con ella, quería adueñarse de una atención que nunca le di. Histérico como soy, ahí mismo me enojé. Seguí la charla parco, pagué los dos cafés y me fui amablemente.
No escuché música mientras caminaba porque quería pensar. ¿Cómo es posible que escuchen tanto, además de mirar? ¿Por qué es que me toman en serio cuando digo estupideces para molestar o para ahogar una conversación? ¿Cuál es el motivo por lo que al tratarlas con desprecio creen que les estoy entregando alguna exclusividad?
Que ella se acordara de lo que nunca tuve que decir me exasperó por demás, pero en calma y con hojas enfrente pude acreditarme la culpa y dejar de usar el término “mujeres”, que salpica a todas con una baba ajena. Lo que pasó es retrato de mi falencia y un antecedente más en relación con una sola chica que además de ser quien es, pasa a ser un poco yo, al menos mientras la describo.

martes, 3 de julio de 2007

Descubriendo el mundo



Yo estaba parado entre un hombre y otro. Ellos estaban entre otros hombres y yo. Estábamos en una enorme habitación blanca, donde no hacía ni frío ni calor, para ese entonces no sabía lo que eso significaba, no sabía ni como nombrarlo, jamás lo había sentido.
Al fondo de la habitación había un enorme molino de metal, sus astas eran proporcionalmente grandes, y se movían gracias a un viento que no existía. Pero tanto tiempo había pasado con ese sistema que llegó el día en que el molino simplemente paró, sin previo aviso se detuvo. Detrás de mí se abrió una puerta hacía algún lado del cual sólo se veía oscuridad, o no se veía nada, o se veía solo aquello cuya principal cualidad es la de no permitir verse; ¿existe algo en la oscuridad? Decidí salir, o al menos lo hice. Fui el primero, no llegué a notar si fui también el último pues al cruzar la puerta ya no tenía a mis antiguos compañeros, esos que creía eternos.
Una tormenta azotaba ese lugar que hoy puedo llamar “ciudad”. Había hombres y mujeres con techos transportables de plástico, algunos tenían gafas que protegían sus ojos, una suerte de parabrisas en miniatura. Repito que tardé años en aprender cada palabra en particular, cada instrumento de ese sistema, cada relieve que el habla evoca. Todo era nuevo y me fascinaba, aunque no supiera sus funciones. La gente caminaba, algunos apurados, otros no, algunos distraídos y otros concentrados en quien sabe qué. Estaba repleto de presencias y sin embargo para mí eso era un desierto, donde la infinitud de cosas inexplicables no eran nada y lo eran todo en ese momento. Fue instintivo pensar que por no tener utilidad o justificación, eso no existía. La carencia de sentido, carenciaba todo el resto.
En una esquina reposaba una enorme puerta de madera custodiada por un león de mármol cuya mirada se dirigía hacía mi. Inevitablemente me encaminé hacía allí. Inconsciente del delito, entré. Dentro había un ascensor, alguna puerta, escaleras y demás. Pero había también una pequeña mesita de madera (al menos eran cuatro patas sosteniendo una tabla), tabla sobre la cual reposaba un vaso con un líquido negro y caliente dentro suyo. Como usted con ésta carta: lo examiné despacio, lo tomé con mis dedos suavemente, hasta que arremetí contra él guiado por la curiosidad, la más poderosa de las fuerzas, y derramé el líquido en mi boca.
Me pareció espantoso, pero por vergüenza lo tragué. El sabor me repugnaba, secaba mi saliva y asqueaba a mi garganta. Sin embargo me gustó, fue sabroso, era una experiencia feliz.
Lo que estaba disfrutando era la sensación novedosa, era el cambio drástico en mis sabores y aromas. Era horrible pero nuevo. Lo tomé todo y, con asco, al final sonreí.

Yo hube de saber que eso era un sueño, pero en cambio creí que era una revelación. Inmediatamente me lavé los dientes, pues no tolero las ideas con la boca sucia. Acto seguido me enjuagué la cara y me miré en el espejo, mi rostro era aún el mismo, yo no era una cucaracha y por un momento me decepcioné.
Ya despabilado decidí llevarme el desayuno a la cama, pero yo no estaba en ella, sino que estaba parado con una bandeja, me reí y empecé a comer una tostada un poco mas fría de lo que estaba cinco minutos antes. Sentí sed y tomé la taza de café, cuando terminé el primer sorbo concluí que el sueño había sido una revelación, el café es inmundo.

sábado, 30 de junio de 2007

Día por Dunedin

Y mi padre insiste en que todo lo que escribo es triste..., se debate palmo a palmo entre la alegría de verme animado y la culpa (obligada) de sentirse orgulloso. Me pregunta, además, si soy feliz...
Bueno.... pues eso depende del día, le digo. Pero la desgracia mayor es que el jugo de alegría tiene un sabor insulso, agrio, que decepciona... lo simpático vale la pena vivirlo pero no tanto contarlo.
No obstante, y para consuelo de mi padre, hubo un día que aún hoy me cae bien y por eso lo que sigue.
Hubo un día en vida en que camine mi historia.
Recorrí las calles propias de un sueño.
Cerré mis ojos y perpetré el momento.
Lo recuerdo con sonrisas.

Hubo un día en que empezó esto que escribo
Y ese mismo día terminaba.
Lo recuerdo como fue y con su fugacidad trascendente.
Duró poco y como toda sensación intensa, es eterna.

Hay un día que es pasado
Que abre puertas al futuro
Que supone un cambio de mirada
Que rompe el tiempo del mundo.

domingo, 24 de junio de 2007

El exilio

Cuando conocí la verdadera historia de mi vida me quedé dormido y me di cuenta de que la única manera de ser interesante era o bien cambiar mi forma de vivir o bien mentir, podrán intuir que si escribo es porque elegí la segunda opción.
Pero hay una historia que es cierta, y me siento tentado de contarla, es tan simple que aún no la entiendo.
Yo tendría aproximadamente 20 años y mi vida consistí en trabajar, estudiar y divertirme cuando no hacía ninguna de las otras dos cosas que no eran compatibles con la alegría.
Trabajar era parte de un plan mayor, ahorrar. Lo hacía en un bar donde todavía lo hago.
Estudiar era un supuesto, no había encontrado el amor por el derecho aún y pasaba largas horas convenciéndome de que el “aún” estaba bien puesto.
Lo cierto es que me gustaba más todo aquello a lo que no me dedicaba. De a ratos me acordaba de mi edad y trataba de imitar a mis semejantes, generalmente llegaba el viernes y me entraban las ganas de conocer gente, deseo que se terminaba exactamente cuando se cumplía. Era una época en la que un amigo estaba trabajando de relaciones públicas en una discoteca y con mis amigos solíamos ir a bailar a su trabajo, yo como detesto ir a bailar para no bailar, solía embriagarme antes de llegar al lugar y nunca me daba cuenta de que estaba faltando a mis principios.
Una de tantas veces estaba en el lugar sin ver que pasaba a mí alrededor pero convencido de que yo estaba por encima de ello, no obstante nunca dejé de ser hombre y a menudo me cruzaba mujeres hermosas, es decir mujeres. Por intriga diría yo, me detuve a hablar con una chica que mis ojos aprobaban, a mi cabeza mejor no preguntarle ciertas cosas, y no pude hacer más que presumir de mi supuesta inteligencia, yo estaba tan metido en mi papel que ella quedo completamente convencida. Después de citar varios autores que la dama no conocía y que yo citaba porque no los entendía, la muchacha creyó que yo era diferente. Rendida mi presa no tuve más que invitarla a separarnos del grupo e ir a un rincón oscuro, como quien se esconde por vergüenza, en mi caso prudencia.
Le dije alguna estupidez, ella se rió e instintivamente la besé.
Después de un rato mi cabeza ya estaba en otro lado pero mi cuerpo actuaba cómo si quisiera estar ahí. Fue ella la que finalmente cedió y terminó con ese momento carnal para empezar a hablar, yo no me animé a decirle que ella me aburría tremendamente.
Conteste las preguntas cumpliendo con el protocolo de ser amable, dije algunos chistes fáciles para hacerla reír, pero sobre todo la odie en silencio, ella nunca lo supo.
Cuando quise escaparme mis amigos ya habían desaparecido y tener una mujer linda a mi lado al salir del lugar me tentaba más que volverme sólo hasta mi casa.
Salimos caminando, como es lógico, hicimos un par de cuadras charlando no se de qué, ella quizás lo recuerde, y llegamos al bar donde yo trabajaba y trabajo. Yo tenía las llaves y propuse entrar, ella tenía el karma de la inferioridad, no pudo resistirse, no sé si quiso hacerlo tampoco.
Entramos, puse algo de música, no bailamos.
La deje sentada en la barra y fui en busca de la heladera. Me acosté sobre el contenedor y empecé a odiarla seriamente, era algo que me pasaba muy seguido. Cuando uno descubre que no puede estar solo estando con alguien se da cuenta de las enormes falencias que tienen las relaciones entre los sexos.
Ese frío eléctrico empezó a contagiarme la espalda y sentí terribles deseos de dormir, pero ella estaba ahí sentada mirándome con unos ojos molestos que parecían decir “me trajiste para que te vea dormir”. Mi respuesta hubiera sido que tenía razón, que no sabía para que la traje.

Ella- A las mujeres hay que tratarlas bien, sabés.
Yo- Los dos sabemos que eso es mentira.

Cerré mis ojos de forma evidente y ella vino hacia donde yo estaba intentando estar lejos de ella. Me acarició la cabeza y me dio un beso. Por un momento fingí ser dulce y delicado, como si su actitud me hubiese conmovido. Dos minutos después volví a la postura anterior. Estoy tan lleno de intermitencias entre sincero e hipócrita que a veces no se cual de los dos soy. Me gusta pensar que el malo.

Pareció entender el mensaje porque de repente se alejo y tuvo implacables ganas de irse a su casa, ¿se habría dado cuenta de mis deseos? Yo estaba contento finalmente pero ya veía la próxima escena y quería desaparecer del mundo al menos por un rato. Lógicamente yo no podía, por el simple hecho de odiarla, dejarla irse sola, supongo que ella pretendía que la dejara en el palier de su casa pero mi cortesía solo alcanzó a subirla un taxi y darle unos pesos para mostrarle que estaba dispuesto a pagar para que desapareciera de mi vista, supongo que ella entendió que lo hacía de caballero, en ese caso yo era el único que sabia que eso era mentira.

martes, 19 de junio de 2007

La imagen falsa


La imagen de mi persona corre peligro, por más que lo intenta, no logra permanecer siendo lo que es. Cambia a cada instante, cada vez que una persona me ve, hace de mi una idea diferente a la que hace cualquier otra, lo cierto es que ninguno está errado y ninguno acertado.
Que es lo que quiere contarnos el tiempo con ese ritmo cínico que tiene de presentarnos personas, revelaciones, historias del mundo.
Un día pasado en mi vida, pasado por haber empezado, no por que haya terminado, me encontré conmigo mismo. Yo era el mismo pero más joven, dos años más joven. Noté de forma inevitable que yo estaba creciendo más en ese momento que ahora. El hecho concreto fue que encontré páginas escritas, después de pasar por la protocolar vergüenza entendí que ese momento en mi vida existió y yo no podía dedicarme a defenestrarlo. Había en aquellas palabras dolor, inocencia, impotencia, lo de siempre. Pero lo que había en conjunto eran causas pendientes.
Después de verme obligado a aceptar que, como en toda mi vida, se trataba de alguna mujer, decidí que ese momento no quedase en ese momento, sino en este también.
La manera de encontrar el justo medio entre la sinceridad el escepticismo es recibir la dosis de cursileria por un lado y expresar la seriedad por el otro, nadie se dará cuenta de lo infantil de nuestras intenciones.
¿Qué quiero contar?
Mi vida paralela. La que no tengo, la que imagino. Un conjunto de frases recolectadas y seleccionadas con amplio espíritu lírico. Un mundo a mi merced. Un estrado para mi ego. Añoranza y recuerdo. Improperios. Incoherencias que le den sentido a la conjunción de complejidad.

Al contrario de lo que creen los carnales, la vida fiel es posible sólo en el mundo real, no en el de fantasía, donde intento vivir.
En ese mundo existen los dragones o no, soy un héroe o un cobarde, dependiendo de mis fantasías haré real lo que crea conveniente.

Y fue entonces cuando empecé a leer, cuando quise saber lo que imaginar significaba y empecé a entender lo que era el amor en tiempos de odio, por no decirlo del mismo modo. Me revelé lo que era la metafísica y hasta arriesgue teorías. Apague mi televisor por horas e incluso desprecie fiestas históricas por devorar aquellas páginas sedientas de mi lectura. Conocí el mundo o al menos parte de él. Sonreí con poesías un tanto melosas, otro poco despechadas y por momentos crueles (en los más valiosos instantes).
La vida está a nuestro alcance y la eternidad también, sólo hay que esperarla, de alguna forma va a llegar, así como la muerte o, en caso contrario, como la inmortalidad.
¿Sabrá el mundo lo que soy en él? ¿Acaso lo se yo? Creo que no lo supo nunca nadie y con esa certeza me aseguro el desprestigio.

domingo, 10 de junio de 2007

En busca de la incomodidad

El único lugar que me perenece es el impropio:

Porque amo hundirme en mí, sin salir de donde estoy,
Es que salgo del espacio donde el mundo me escribió.
Porque admiro los confines de cruel interdicción,
Es que persigo demencias, mil tristezas y dolor.


Porque encuentro en la locura un albergue solitario,
Es que quiero estar incómodo donde quiera que me encuentre.

Me gusta la soledad tanto como el producto de ella misma, la soledad.
Cada día que despierto en mi cuarto me siento un poco vacío, y no digo triste porque eso sería románticismo en vano.
Descubro, muy a menudo, que los rincones mas preciados de mi mente son los ajenos, quizás los tuyos, que estás leyendo.
No es una filosofía, ni una teoría u algún invento literario, es simplemente una sensación. Es el amor a lo impropio lo que me inclina a infinitos cambios. Es la eterna búsqueda de la incomodidad, ese cáliz tan desprestigiado.

De eso se trata mi vida, de escaparle al conformismo, si es que ese término no queda chico.

lunes, 4 de junio de 2007

De los mitos de la democracia

El día que comencé a odiar al mundo fue un domingo a la tarde. El sol de ese día era lo de menos, ¿a quién carajo le importa el sol cuando digo que comencé a odiar al mundo?
La historia me remite a Buenos Aires, al centro cívico del estado Argentino en un mes de Junio. Tal vez se me acuse, no sin cierta justicia, de exagerado y dramático. No desmiento esa acusación que yo mismo fabriqué.
Pero el sentir de un país es distinto al de un hombre más allá de cualquier nacionalismo.
Yo, que enfrenté la impotencia de saberme perdedor y vislumbré el goce descarado de quien aplacó mi voluntad, puedo cantar a la sombra de mis letras que la democracia fue insultada.
Y si fáctico es el hecho de las elecciones planteadas, permítase –lector astuto- dudar de la honestidad.
Democracia no es como tantos creen: “el gobierno del pueblo”, pues del más notorio diccionario he extraído una nueva etimología. (Dicho diccionario no fue escrito aún).
El origen usa dos lenguas: Cracia es del griego: poder; Demos del español: demos. “Demos el poder” se concluye entonces. Démosle el poder y esperemos en banquetas que dispongan sus placeres. En banquetas con astillas que sostienen y claudican. ¡Venga tango de barrio y predique su quebrada!

Sin embargo, tengo el comienzo feliz del final inevitable. Me presenté, documento en mano, a votar ese domingo. “Estrené el sufragio propio” como dijo el presidente de mesa. La vuelta a la libre elección se festeja desde entonces, un entonces que no nos deja partir y que arrastra siempre y siempre para atrás, hacia otras décadas oscuras y fatales, décadas que no viví pero que me obligan a sufrir. Está bien que así sea pues la memoria nos alerta. Pero no es tan sincero este festín de democracia, porque sumidos en el rencor antiguo creemos que todo el resto, esto que pasa aquí y ahora, es poca cosa. Y luego permitimos caer el ruido y avalamos un terrorismo de auspicio y revancha. Presagios y amenazas se emanan de las almas de quienes pretenden cambiar lo que fue dicho, lo que fue hecho.
Ese terrorismo de auspicio se anunció anoche mientras cierto candidato a la jefatura de gobierno porteña advertía que mutarían los criterios de quienes no se volcaban en su favor. Dijo, con la cabeza en perfil, la mirada desafiante, la mano que sube y baja y el griterío irracional, que cambiaría en segunda lo que se dispuso en primera. Vaticinó que irán “a por la capital” y que si han de rodar cabezas, el asfalto estará preparado. A su vez los cánticos saltaban desde la tribuna y estampaban un mafioso: “Cuidate Macri, te toca a vos”, en mis tímpanos agobiados. Yo gestaba, por dentro, un furor de destrucción.
Anecdótico es que fuera Macri a quien se amenazaba, intrascendente también que Filmus se impusiera de contrincante; pero en lo profundo: la sensatez impone siempre la verdad. Da vergüenza confesarlo, el que piensa estará condenado eternamente a esperar lo peor. El miedo más que cobarde es lógico.
Luego escuché nuevamente a Filmus (es divertido escuchar algo aberrante), pero esa vez fue más que yo. Aseguraba, el aprendiz de populista (de la Escuela de La Alta Demagogia), que irían a buscar a todos aquellos que no le brindaron el voto y los convencerían. Peor aún, disparó (y lo sentí personal) que buscarían a todos esos “equivocados” que no lo eligieron. “Equivocados” dice, y luego clama la democracia. Nadie menos equivocado que quien vota a quien se le antoja. A la larga, éste sistema, que lejos de bueno es el menos malo, se trata de elegir la estupidez que más convence. Que digan después que elegimos la estupidez incorrecta. Si tengo que elegir mi comida entre dos platos de excremento, dudo mucho que me ponga a analizar cual mierda es más nutritiva.
Frente a esos tantos descaros y en campaña por ignorar este asunto, yo no pude más que odiar al mundo y escribir estas nostalgias. Nostalgia por lo que nunca perdí, por lo que no conocí, nostalgia por la decencia escondida, por el país que no somos y por el pueblo que siempre está prometiendo aparecer.

“Pero claro”, dije luego
mientras gestaba un alivio:
mi nostalgia es la esperanza,
los libros son el subsidio.
Y la política esgrime
el fiel papel de asesino.

lunes, 28 de mayo de 2007

Emboscada

Estoy enamorado del pasado,
De ese afán por los combates perdidos,
De la imagen de mi “genio solitario”,
Del querer ser nunca comprendido.

De lo lejos que me encuentro de este mundo,
De las sombras que reflejan mi tristeza,
Del cariño de mi padre -al cual escapo-,
De mi fuga eternamente clandestina.

Estoy enamorado del pasado,
Del recuerdo de una idea victoriosa,
De la nada convirtiéndose en mi vida,
De una inefable felicidad ambiciosa.

Estoy completo de horas abreviadas,
De construcciones generosas en supuestos,
De los rincones de esas -nunca concretadas-
Fallidas citas de tu lejana y vieja historia.

Como una fábula de ausente paradoja,
Se entrecruzan las memorias de mis días.
Como un hombre que se olvida cada instante,
Va mi cuerpo eliminando las zozobras.

Pero en cada reciclaje de congoja
Se acumula en el arjé de mi persona
El desecho de una risa destruida,
La elegía de mi fuerza temerosa.

martes, 22 de mayo de 2007

Asfalto

Estoy encerrado en mi casa, por donde sea que mire hay paredes, no sólo cuatro, sino varias. Los ladrillos se encuentran, desde que tengo memoria, recubiertos de pinturas antiguas y opacas.
Estoy prisionero con puertas abiertas, si quisiera podría salir pero me falta el valor para enfrentar nuevamente la osadía rutinaria.
Ayer, por nombrar algunos de los días que anteceden, estuve fuera del encierro por horas, desde que salió el sol, hasta que cerré la luz con mi cortina de ensueño.
Ayer llovía y salí a la calle bajo insistentes gotas de agua concebidas para humillarme. Encaré por Uruguay bajo los toldos perforados que no me protegían. En ese afán por no mojarme tuve que esquivar las puntas filosas de los paraguas de mujeres bajitas que no se percataban de estar dejando tuerta a la población. No me siento mal de confesar que las insulté en silencio.
Llegué entonces, sano a pesar de todo, a la esquina de Uruguay y Paraguay donde encontré acurrucado al linyera habitual de quien quiero ser amigo pero no me lo permite, abocado a su silencio. Mientras miraba al mendigo me interrumpió una bocina, dirigida a algún otro, con su sonido penetrante que parecía reclamar que continuara. Uno no puede dejar pasar el tiempo en este atolondramiento cosmopolita. Seguí entonces mi camino por la siempre amplia y amable calle Uruguay, la que sostiene innumerables casas de ropa y edificios gubernamentales con pinturas amarillentas por los años; la de comidas rápidas y café elaborado; la que cruza barrios opuestos y tiempos distantes; la de siempre, que alberga mi encierro y hogar. Toda mi vida fue y será esta calle de Buenos Aires.
Cuando volví en mí, lejos de recuerdos abstractos, estaba ya en el cruce con la avenida Corrientes. Miré a un lado y a otro sabiendo lo que iba a encontrar y no me sorprendí. Allí estaban las librerías usadas, defendiéndose de la lluvia que golpeaba con ruido ahora, con redobles de tambores de asfalto.
Quise dejar entonces Uruguay y caminar por la avenida para llegar a esos libros secos pero no pude. Uruguay me poseía, me ataba sin concesiones mientras la tormenta abarcaba todo el cielo y la tierra. “El aire estaba tan húmedo que un pez podría nadar en él” había advertido Capote.
Resignado a ser una calle giré sobre mi mismo y sentí pisotones marchando sobre mi pecho desgarbado, con baches y poceado. Autos y autos me corrían por el cuerpo impregnándome, impiadosos, a la historia de mi vida. El tránsito era un escalofrío.
Adherido al piso y rendido a mi destino de calle, cerré mis ojos nuevamente, como cada tarde, para despertar hoy en donde siempre, en Uruguay y tantos cruces.
La gente, por su parte, sangra por un ojo desde que comenzó la tormenta. La proliferación de paraguas ha dejado tuerta a la ciudad.

domingo, 29 de abril de 2007

Las palabras de mi sombra

Sobra tiempo que perder cuando el mundo está a tu alcance.
Suena un tambor tribal anunciando a un pasajero que trae entre sus maletas los mas largos años viejos.
Y se ríe a veces, eso no lo avisan los tambores. Y sufre por momento con su cara desgarbada.
La rosa antigua es blanca y negra como yo. Vive cuando vive el sol, siempre detrás de alguien pero sin identidad. Soy pura forma y al esclarecer desaparezco.
Viaje tras viaje recupero lo que el protagonista deja. Arrastro con cadenas el sentir de un bandoneón que, tanguero, me recuerda Buenos Aires.
Sin mí no hay más memoria; sin mí sería solo "carpe diem".