lunes, 26 de noviembre de 2007

Desvaríos del amor y del odio


Esto que escribo es, quizás, una basura. Pero remitiéndome a lo verdadero, es una manifestación desesperada, real. Es el intento de asesinato de la fugacidad de las ideas. Es una declaración espontánea del pensar de mi cabeza, mientras mi cuerpo se preocupa por escaparle a la ciudad.
Al final todo será en vano, pero al menos habrá sido.
Si me hubiera dedicado a la calidad de estas palabras las páginas serían más válidas, pero no existirían. Y la existencia es un requisito fundamental de los escritos.
Hay dos tipos de ideas, las formadas por el conocimiento y las espontáneas. Lo siguiente es un mapa híbrido de este instante, una mezcla absurda que nace de mí y de mis prejuicios. Es el difuso encanto de ser yo… o acaso de no serlo:

Al amor y al odio hay que pensarlos, no sólo sentirlos, si se los quiere entender y abarcar. Nadie que no haya dicho “sentí amor” lo sintió, porque el decirlo es afirmarlo y definirlo; y si no se definiera, pues sería algo inédito, tal vez idéntico, pero al menos con la “mínima” diferencia de no llamarse igual, y el nombre es una de las cualidades de las cosas, una muy grande por cierto. Quien quiera sin haber dicho que quiso, o bien nunca quiso aceptar que quiso, o bien –realmente- nunca quiso. Esa incertidumbre vuelve indispensable el decir las cosas, el hacerlas ser.
No obstante, a menudo muchos de los que sí dicen tales palabras simplemente las dicen por decir, por la satisfacción de no sentir el pudor que debieran sentir.

Yo considero que el sentimiento más intenso que existe es el odio y suplico a todos los románticos que no se alarmen.
Es cierto que aquello que más “moviliza” (así dicen) es el amor; que genera el deseo, el sacrificio, la felicidad, el temor, el suspenso, el alivio, la sorpresa y esa inmensidad de pequeños estados de ánimo diferentes. Ahora bien, el odio es más fuerte, ya que para que exista debe existir el amor previamente. El odio comprende al amor y se nutre de él, depende de él. Por lo cual es más delicado y complejo, pero más fuerte, porque despierta todos las evocaciones del amor sumadas a las del odio.
Para amar a alguien no hay ningún requisito más que el amor mismo, pero para odiar primero hay que haber amado. Como siempre, se trata del tiempo y del orden de aparición. El odio se desprende de la agresión al amor. Así pues una madre es capaz de matar al que lastime a su hijo, por odio, pero a la vez por amor a dicho hijo. Si la persona agredida no significara nada para nosotros entonces no sentiríamos odio. Cuando se trata de una agresión hacia mi propia persona y se despierta el odio, el que se ve agredido es el amor propio, nuestro ego; y por todo lo que nos amamos es que odiamos a aquel que nos injurió. A tener en cuenta, cuando hablo de odio es del verdadero y profundo, no del tímido enojo o del dubitativo enfado, es del odio real que nos enceguece hasta terminar con el “enemigo” y aún después.

He de confesar que perdí largo tiempo en busca de personas cuando lo que necesitaba eran palabras. Y he, también, de aceptar que he desperdiciado palabras en personas que no entendían la diferencia entre signo y símbolo o entre lelo y pelotudo. Pero al final uno llega a puerto y cifra lo que esa inquietud le tenía preparado.
Hoy, mientras elucubro, me entero de que respeto más al odio que al amor; pero me entero también de que puedo escribir esa palabra y que en verdad, aunque antónimos, son un poco, por así decirlo, la misma mierda.
Hoy aquí intento reivindicarme y vuelvo a darme cuenta de que no lo logro. Ahora que escribo este último párrafo ya releí los anteriores con vergüenza sincera. Leer, escribir, corregir, pensar, volver a corregir, volver a pensar, tirar todo y leer.
Yo, que intento habla del amor en términos de sensatez, no puedo entenderlo menos.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Mi Pecado Original

Existe un humano sucio,
Impúdico y repugnante,
Que rebaja a nuestro mundo
Al mal gusto y al enchastre.

Porque dicho ser humano,
Que gusta de atrocidades,
Es, más bien, un ordinario
Con más vicios que bondades.

Que camina por la acera
Buscando lo que carece,
Y que guarda en la heladera
El pecado que apetece.

Dicho hombre es un cualquiera
Que sea bueno en la vida
Pero que caiga en la histeria
Que nadie sensato envidia.

Dicho hombre es un enfermo,
La lacra de un arrabal.
Un tipo que por su acervo,
Más le vale un lupanar.

Pero anda entre nosotros
Como si fuera normal,
Mirándonos a los rostros,
Disimulando su mal.

Este hombre es un ingrato
De tiempo viejo o actual
Este hombre, de pacato,
Come tapas de lactal.

¡Mas, hombre, no ha de comer tal pan!
Por más que lo ataque el hambre
Las tapas de un buen lactal.
No son pa´ cubrir fiambre.

Mi canto es más bien reproche
Para el que escuche a su madre,
Tirar tapas no es derroche.
Por más que le pique el bagre.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Vivir como se debe

Vivir sin el rencor de estar viviendo,
Saber de algo mejor,
Reír a costa de nada,
Dar abrazos al paso del tiempo.
Esperar a que llegue cualquiera,
Ser gentil con un vecino,
Ver la paciencia como algo fácil.
Ser, sin más, solamente ser.
Que todo cierre redondo,
Y que a cada cerrar se abra,
Que no te asuste el suspenso de esperar algún recuerdo.
Vivir sin el rencor de estar viviendo,
Pleno y amigo del hoy,
Amable.
Ciudadano ilustre de una tierra con gente como yo.
Dudar y acordarse de ella.
Sufrir porque otros no pueden tenerla.
Alegrarse de que así sea.
Ser dueño sin poseer.

Vivir porque vive una mujer.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Plagio Uno

He cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer,
he sido feliz.










Y tal vez aún lo soy.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La amiga impertinente

Hay, en cierto rincón del universo, un hombre que guarda el secreto de la seducción.
Se dice, entre los más prestigiosos antropólogos del mundo, que éste hombre es inmortal.
Algunos, más cercanos a lo círculos científicos, afirman que es mortal pero que goza de excelente salud por lo cual tiene más de 150 años.
Los que se aventuran a buscarlo, pocas veces lo encuentran. Y si lo hacen, regresan de su travesía aún más confundidos que al partir.
Cientos de miles son aquellos que intentan robarle el secreto, pero el hombre nunca dio una pista. Pasó por largas horas de torturas en manos de agresores pero no sucumbió ante los golpes desesperados de aquellos que intentaban saber eso que él sabe.
La sabiduría que posee, afirma él mismo, es asexuada; genérica.
Yo lo sé porque dediqué años de mi vida a buscarlo y, como buen cazador, llegué a conocer a mi presa tanto como a mí mismo.
Finalmente lo crucé en las verdes selvas de Malasia y pude preguntarle cuál era el secreto de la sacra seducción. Él sólo me dijo “mi conocimiento es tan universal que no serviría de respuesta para tus preguntas tan puntuales”.
Ese hombre maneja esencias, no palabras. Creo poder afirmar que descree del lenguaje.
Le pregunté en nuestro segundo encuentro, que él dejo acontecer pues supe caerle simpático, si alguna vez había amado. Me contestó, con profunda tristeza, que su saber racionalizaba lo que llamamos amor, por lo cual no podía sentirlo más que como reacción física. Entendí en ese entonces la importancia de sus reservas.
Para mí se convirtió en un héroe, espadando en cada escondite contra la muerte del romanticismo.
Dejé entonces de buscarlo, comprendiendo que ponía en riesgo el bien del planeta y el mío propio.
Sin embargo no pude escapar a la llama de la curiosidad. La sola idea de una racionalización del amor me atormentaba. En ese entonces yo cargaba el compromiso de compartir la cama y pasaba largas horas intentando entender por qué quería tanto a la mujer con la que dormía cada noche. Mis ideas eran realmente estúpidas: “es por sus ojos sinceros” me dije en algún rapto de cursilería, “será que me entiende cuando hablo” intuí después, un tanto más analítico… Pero todas mis conclusiones se compraban por dos pesos, y yo, en algún lugar del subconsciente, lo sabía.
Muertas esas y todas las teorías posteriores decidí darme por rendido y dedicarme a disfrutar de mi ignorancia.
Ebrio, una noche, me acerqué a ella y le dije “no sé por qué te quiero, pero me gusta que así sea”. Ella me miro confundida -yo no solía decir sentimentalismos-, pero una vez superada la sorpresa volvió en sí y me contestó “Yo sí sé. Me querés porque sos un tonto”.
Años más tarde, y con mi amor ya muerto, decidí aventurarme nuevamente a mi búsqueda. Lo encontré en las cavernas glaciares del sur de Nueva Zelanda. Lo miré y le dije súbitamente, sin introducciones: “¿amamos por que somos tontos?”.
Recuerdo que rió, entendiendo que me acercaba a su secreto. Dijo, después de segundos de silencio, “Tontos serían si no amasen…”. Sus palabras eran forzadas, sinceras realmente, pero pronunciadas con pudor, como si no se permitiese decir frases gentiles. Saber nos vuelve agresivos, pero al enternecernos nos apaciguamos. Supongo que enternecí al viejo, o supongo que ya era demasiado para el solo.
Luego de quedarnos callados rato largo fue él quien resignó el silencio: “Sé que es así, pero no sé por qué será… el amor nace cuando la otra persona nos trata de imbéciles”, dijo, y me dejó solo desde ese día hasta hoy, acaso hasta mañana, o acaso mucho más.

Nunca volvería a amar a nadie, tal vez nunca lo hice. Nunca más nadie podría tratarme de imbécil, porque lo que yo sabía no lo sabía nadie más. Nunca más nadie con cuerpo de mujer sería impertinente.
Mi vida se volvió una tragedia, y sin embargo, yo no dejo de cosechar conquistas.

domingo, 28 de octubre de 2007

Para jóvenes letrados

Hace un tiempo estuve en el barrio de Palermo, comiendo con amigos en un restaurante al que solemos ir. Dejé el auto en la esquina y le pedí al “encargado de la cuadra” que me lo cuidara. “Si, son cinco mango papi” me dijo. Yo, inocente ciudadano, pregunté “que eran cinco mangos”, advirtiendo que cinco mangos en sí eran sólo cinco mangos. Tanto: cierta cantidad de determinada de frutas (mas de cuatro y menos de seis según entiendo) o bien podría significar cinco pesos. Se refería claramente al dinero. Le aclaré que no tenía esa plata, la tenía pero no para dársela a él pues si se la diera ya no la tendría. El muchacho, de voz finita pero intimidante, me dijo “si yo tendría ese auto no te amarreteo cinco mangos guampa”. Instintivamente le respondí “si yo tuviera ese auto, se dice”.
“Es lo mismo guacho”, anunció el chico, segurísimo de que era lo mismo y de que yo no tenía padre. Decidí no entrar en la contienda e ignorando su idea de mi “yo-guacho”, le di “cinco mangos” y deje mi auto en las mejores manos al ritmo de “Bombón Asesino” que sonaba en la radio del cuidador de quien, mientras me alejaba, gritaba “andá tranqui logi, yo te lo cuido”.

¿De donde vienen las palabras que empleamos? ¿Cuanto tarda un término en pasar de horrendo a estipulado?
Muchas de los vocablos que usamos hoy en día tienen su origen en un pasado no tan lejano. Palabras que hoy suenan habituales como “laburar” fueron delatoras de extranjeros cuando aún no se arraigaba la costumbre italiana. Más cercano aún, palabras como “chabón”, “chapar”, “transar”, etc. fueron novedades que necesitaron institucionalizarse en las juventudes de anteriores décadas. Así mismo es común escuchar términos que supieron ser agresivos como “boludo”, “joda” o “quilombo”, sin que nadie se sorprenda. Han perdido su fuerza o han cobrado gran valor, volviendo su significado más leve para permitir el uso indiscriminado.
Constantemente el idioma se modifica, se renueva, se re-significa. A costo de ser transgresor corre el riesgo, el lenguaje, de involucionar. Se auto destruye olvidando palabras clásicas o de uso preciso en ciertos casos, “una palabra mal colocada estropea al mas bello pensamiento” sostenía Voltaire.
No creamos, los jóvenes, que por ser el presente referente de actualidad, tenemos derecho a basurear al idioma que nos concedió el habla. Michael de Montaigne, un escéptico francés, dijo alguna vez que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. Adhiriéndome a ello, aconsejo a los jóvenes lectores que no olviden que al hablar no sólo escapan a su silencio sino que acaban con el silencio del otro.
Es cierto que hay determinadas cuestiones técnicas que nos obligan a renovarnos, como al hablar de las tecnologías. Pero no lleguemos al extremo de tecnificar los campos naturales de nuestra vida como al creer que charla y “chat” son sinónimos.
No nos queda más, a los nostálgicos, que aceptar la inclusión del “guachin”, “guampa”, “logi” o “tkm” cuando quieren decir “te quiero mucho”. No nos queda más que aceptarlo y reír o llorar en silencio.
Re-establezcamos la costumbre del diccionario, busquemos “inefable” si no sabemos qué significa. Acudamos a los libros para ver qué es “zozobra”. No hagamos de ésta revista sólo papel picado para la cancha.
Juventud nefasta es la que no sabe lo que nefasto significa.

domingo, 21 de octubre de 2007

Placeres

Tiempo hace desde aquella última tarde en que me senté bajo la sombra de un árbol y las hormigas me sorprendieron por el agujero de la alpargata. Más años acaso desde que caí de espaldas en la pileta del campo y sobreviví sin un rasguño gracias al amigo moho que amortiguo el golpe. Hacia atrás es eterno y clandestino el número de recuerdos. Todos son la misma nada; una sucesión de instantes triviales en los que yo simplemente estuve. La vida y yo allí dentro.
Hoy los placeres son otros, como también son otros los paseos, las personas, las horas muertas y mis palabras. Yo querría disfrutar, con tiempo extenso, de mi dedo índice recorriendo los lomos de libros en una biblioteca o librería. Yo querría tomar algo, después de haber comido, con el diario ya finalizado y mi cabeza digiriendo la mezcla con sus pausas. Querría alargar las horas y leer en paz sin el apuro de que no me quedará tiempo para escribir. Querría terminar la facultad, pero más quiero transitarla. Querría no trabajar, pero no puedo decir que no.
Ay, si pudiera ser más digno de mí, más genuino, más yo. Agarraría el teléfono sin pudor y llamaría a quien sabe que la llamaría para decirle que la paso a buscar para andar por ahí, sin mucho que hacer.
Y de tanta potencialidad me siento un plagiador, un falso soñador de las cosas que quiero cuando muchos otros ya crearon esa lista antes.
Ganas de escribir quizás, de recordarme a mi mismo que es mi manera de vivir. Algo breve en hoja blanca que extienda la cuota de mi ambición para que mañana, o pasado, no haya perdido la práctica de lo que me gusta hacer.

miércoles, 17 de octubre de 2007

1964

Para qué escribir algo cuando se puede leer esto:

I

Ya no es mágico el mundo.
Te han dejado
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.
II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
JORGE LUIS BORGES ("El otro, el mismo")

viernes, 5 de octubre de 2007

Dilemas de quien viaja

Ese verano, sin duda, sucedió. No fue como otros de los cuales no puedo afirmar demasiado, ese verano sucedió.
Yo estaba viajando solo, había alguien a mi lado cada tanto pero que no estaba conmigo realmente. Recuerdo que llevaba siempre en mi bolsillo de pantalón, ridículo como el de todo viajero, una birome y un trozo de papel, a donde fuera que fuese, cargaba mi equipaje anotador. Me gustaba recordar catedrales, describir parques, imaginar ciertas costumbres. Era mi primer paso por Europa, aunque a cada paso lo encontraba familiar, veía a Buenos Aires en cada esquina, pero carente de su imperfecta burocracia inmunda.
Llega cierta edad en la vida de un hombre en donde los viajes ya son propios, dejan de ser las vacaciones con hermanos, primos y demás para ser las aventuras inefables de un viajero. Yo sentía que eso era, capitán de cierto mar, donde la única brújula era mis antojos. Cada estación de tren sostenía esos enormes tableros cambiantes que me proponían destinos y yo me postraba ahí en el centro de la gente, apurada y decidida, a elegir donde me iría: al norte a las frías almas del Reino Unido, al Sur al candor conocido de nuestros italianos inmigrantes, hacia el oeste para recobrar mi lengua en una España acostumbrada o hacia el éste a la estricta historia de Alemania. De todos modos dejaría Francia que había sido mi recepción benévola pero áspera.
Aún sé que fue así pero me suena raro confesarlo, me acerqué a las boleterías pero frené a algunos metros, retrasando la fila. Recordé mi libro guía y consulté mi destino con sus palabras. De esas lecturas recuerdo dos opciones: hacia la libre Holanda y su libertinaje, tierra de licencias legalizadas y excesos nunca suficientes; o hacia el divino centro de la historia, Vaticano de mis creencias religiosas y fotos a mi abuela. Yo no supe nunca nada sobre tomar decisiones, yo era simplemente el volante, y las manos, y las piernas, y todo lo demás.
Volví a leer el libro y entre tantas cosas sólo podía detenerme en lo mismo, en la contradicción de mis aspiraciones. Sentí estar decidiendo mi destino, no el del viaje, el de mi vida. Corría dentro mío una sangre negra y espesa pero ágil, que pedía por locura, que rogaba por Holanda, que decía “dame eso”, que olvidaba mi memoria… que mataba mis creencias.
Tomaba valor entonces y amagaba con mi compra pero entonces me golpeaba esa suerte de recuerdo que te obliga a ser vos mismo aunque nunca has existido. Se cargaban mis archivos y el secretario de mi barca me informaba que no debo olvidar el protocolo, que la abuela quiere fotos y que el Papa está en la gloria.

Luego de esa junta insoportable llegó al cielo mi pedido y me golpeó cierta insolencia con faldas, una argentina detrás mío. Recuerdo que no fue sólo su pedido de perdón, porteño como el mío, sino su atolondrado caminar lo que me aseguró su procedencia. Le agradecí haberme golpeado y le dije que pasara ella a comprar su ticket pues yo no sabía a donde ir. Las argentinas no son las más lindas del mundo, pero ella si lo era.
“Me voy para el Vaticano” me dijo, y no hubo mucho más que pensar. Le extendí unos billetes diciendo “comprá dos” y dilema resuelto, todos los sentimientos hacia Holanda habían puesto sede en la muchacha.

lunes, 1 de octubre de 2007

Oda al trabajo que fue

Lamento de hora perdida, abandonada. De un bar que ya no es, acaso por el tiempo, acaso por las monedas. Tiempo que me es dado, como anecdótico pasado, que forja tras varios capítulos, la historia de un hombre que se vuelve un desempleado. Vida y sueño son lo mismo, lo veo hoy que duermo mientras escribo o que corro mientras reposo. El bar fue mío aunque nunca lo fue, necesito recordarlo hoy porque ya no será discusión. Los troncos secos de una pared durarán siempre en la memoria derrotada de quien terminó de caminar. Fue mío pero ya no lo es, por ventura pregunto si lo fue alguna vez.
Remedio de hora abreviada, lenta, abandonada. Mi literatura ya es extensa, goza de tardes dilatadas. Leer parece serlo todo, ¿debiera serlo, acaso? Tiempo libre y dudas, no hay café en mis tardes.
Calendario de burlas y sospechas, la guerra, el amor, la vanidad y el resto se suceden entre semana, apretadas en diez minutos.
Nostalgia de hora ofrecida, cara, abandonada. Yo ya no soy quien supe ser. Responsabilidades de huérfano. Tilde en las letras de tronco. Salón, mesas, café… tortas, tostadas, cuchillo… mozo, cajero, bandeja… historias, testigos, clientes… muerto todo, presente que fue, ahora la vida es mi silla, mi cuento y leer.

martes, 25 de septiembre de 2007

Soberbias

La soberbia es un producto
Que se compra por dos pesos.
Se propaga cual bacteria,
Y viaja en sangre de arterias
De cualquier tipo común
Que suela comprar en ferias

Y si hay problemas de plata
También existe el fiado
La soberbia es un buen amparo
De inseguros y pacatos
De cualquier tipo ordinario
Que quiera el producto en mano

Soberbia de mil amores
Es quien mejor sobrevive.
Es pecado, perdón y mal,
Es la sombra del que escribe
No se nutre en la verdad
Pues la soberbia es mental

Soberbia vive en mis venas
Como en sus venas la suya
Soberbia vive y sospecha
Que mientras luzca bien hecha
La vanidad no escatima
Y la humildad se hace trizas

Soberbia se compra en sacos
Y viene de a par de genes
Formando un seudo legajo
Que algunos llaman especies.
Pero no ven que es montaje
Eso que creen linaje.

Entre las garras más tuyas
Y entre las almas del viento
Flota y vive con aliento
La frase de un europeo
Que de poder bien enfermo
Dijo en su tierra y su tiempo

Gran Napoleón Bonaparte
Que cuanto más tengo, quiero
Mucho más de lo que tengo
Más aún de lo que puedo.
Tú has sido estratega en guerras
Y argumento de mil entierros

Dejando en mi diccionario
Frase que leo y desprecio
Letras que muestran en serio
Tu trastornado criterio
“Humildad es virtud” –es cierto-
Según vos “de tontos y necios”

miércoles, 19 de septiembre de 2007

El casco, el campo

Con una intriga nostálgica gire por última vez la llave de la cerradura, que no cedió fácilmente, el pasado no siempre
vuelve de buena gana. Arrastrándola contra el piso, abrí la puerta, pero no entré. Esa decisión aún no estaba tomada.
Después de unos segundos, y empujado por la justificación de un viaje, respiré hondo (como suelo hacer en los momentos previos a las grandes ocasiones), y me adentré en parte de mi infancia.
Di tres pasos dubitativos hasta el centro de la cocina, que aún conservaba esa geografía que recorría mi madre mientras nos preparaba la cena. Mis ojos se abrieron mucho más, involuntariamente. La sorpresa no es una emoción lógica aunque, irónicamente, predecible.
Empujé la puerta que daba al comedor con cierto temor a algún roedor propietario, o quizás un pájaro que se viera acorralado. Crucé la oscura habitación y estuve finalmente en la sala, esa que nos albergaba mientras esperábamos que la comida estuviera lista. Esa que conocía nuestros juegos, la que servía de tablero de tantos “trucos”, “generalas” y “cariocas”, esa, la oscura y tenebrosa, la eternamente desquebrajada, la misma de siempre, aún más antigua. Fue extraño recuperar ese olor a muebles de la abuela, de otra abuela, de la que alguna vez fue abuela también. Recuperar cada rincón donde antes habría de esconderme.
Fue extraño escuchar a los sillones pedirme consuelo, hundidos en su humedad, abandonados como todas las cosas que no pueden perseguirnos y obligarnos a quererlas.
Me di cuenta de todas las cosas que extrañaba sin notarlo y concluí que nadie sabe lo que tuvo hasta que lo recupera, y ese instante minúsculo de reconquista justifica toda perdida.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Insultos a los que no se sienten insultados con estos insultos

Hoy, como tantos otros días, tengo ganas de ser un tanto insolente y molestar. Para satifacer esa hermosa intención existen varias técnicas, como por ejemplo el imaginar encuestas que nadie hizo y, a partir de un resultado falaz y autoritario, sacar conclusiones.

Imagino por lo tanto que la reconocida Universidad de Salamanca, España, confirmó lo que yo tanto temía: vivimos en Springfield, nos reímos de nosotros mismos y ni siquiera nos enteramos. Los estudiantes de publicidad de la universidad mencionada fueron los encargados de idear y llevar a cabo el estudio que derivó en una encuesta inédita.
La consigna a responder por los participantes era “nombrar tres de los momentos más felices de sus vidas”. El total de encuestados ascendía a dos mil personas de todas la edades.
Aunque parezca imposible, sucedió. Más de la mitad de los encuestados mencionaron alguna escena de “Los Simpsons” como momento más divertidos de sus vidas.
Dicha encuesta reavivó las aguas para los detractores de la televisión que se mostraron indignados ante el poder del aparato.
Pero, ¿es, el resultado, realmente producto del predominio de la televisión?, o ¿hay algo detrás? ¿No existe, acaso, algún mérito del programa propiamente dicho?, o ¿todo producto salido de la televisión es accesorio a ella?
Considero las respuestas al caso más que claras. La gente habló de los Simpsons y no de la televisión. Ahora bien, ¿Qué tiene de especial el programa?
Desde el punto de vista estético no varía demasiado de las caricaturas tradicionales, aquí se trata de un grupo de humanos animados de color amarillo, con cuatro dedos en cada mano y dueños de alguna extraña deficiencia.
Siempre en contacto con la actualidad, Los Simpsons evocan a menudo personajes de la vida real elegidos con delicado criterio. Ridiculizan ex-presidentes, descreen de la policía y con frecuencia disocian al pensamiento del personaje, como si fueran ajenos el uno al otro.
Sin dudas, con su ausencia de límites, Los Simpsons han trasgredido los códigos del dibujo animado e incluso los códigos de las críticas sociales tradicionales.
Aquí lo real se presenta con ironía y acidez, con tintes de humor negro y algún gag clásico; dando como resultado reiteradas e incontenibles risas y carcajadas.
Y al final todos somos ellos, la estupidez de Homero no es realmente suya, sino nuestra. Compadecernos del protagonista es compadecernos de nosotros mismos. Pero tan torpes somos que ni siquiera nos damos cuenta.
Me resulta falaz creer que la gente realmente entiende a Los Simpsons porque están hechos con dedicación y calidad (cualidades que no abundan hoy en día); porque es un programa inteligente que describe cuan estúpida es la gente; y porque de entenderlos deberíamos llorar y no reír. Además, si Homero viera Los Simpsons, no los entendería.
Pero a pesar de todo siguen allí, liderando nuestro ranking de momentos graciosos, y eso será tal vez porque no es ficción lo que vemos, sino nuestra propia vida e idiotez.
Hoy todos vemos Los Simpsons y está bien que así sea, ya que entre tantas risas se cuelan mensajes conscientizadores y manuales de uso del mundo en que vivimos, como por ejemplo que veinte dólares compran mucho maní.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Sobre "El libro del desasosiego"

“El corazón, si pudiese pensar, se detendría”, esa frase sigue resonando en mi cabeza desde la primera página del libro. Quizás sirva como resumen, si es que de algo sirven los resúmenes; pero lo cierto es que hoy, luego del sueño postergado por meses, terminé la última página del “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa (bajo el heterónimo de Bernardo Soares).
Fue hoy a media mañana que agoté la última letra, la línea final y el renglón fatal que da término a aquel libro de fragmentos en donde todo lo que no es sueño, es congoja.
Terminé con una sensación contradictoria: por un lado estuvo la gracia y la satisfacción de la cosa acabada, de haber cumplido completo el camino de esas 500 páginas; por el otro estuvo la zozobra sutil de ya no contar con más fragmentos que leer.
Vulgarmente hablando, me siento liberado, pues el libro estaba tejiendo sobre mí cadenas dolorosas que acaparaban toda mi atención y no me permitían leer nada más, habiendo tanto allí que necesito con urgencia.
Fue una lectura larga, tendida en el tiempo y demandante de paciencia. Tuve yo que olvidarme de mi vida, tuve también que despreciar toda acción e intentar –sin adueñarme de los sueños de Soares- despojarme de todo lo que no fuera sueño. Llegué incluso a conciliar con la idea de que vivir es degradante, perdí por momentos la confianza en la realidad.
Desde el comienzo hasta el final fue una constante agonía: más de un mes y medio padeciendo los castigos de semejante tristeza. Es que para leer el Libro del Desasosiego se requiere tiempo y disponibilidad, pues en sus páginas vive la vida secreta de un hombre que hubo de existir y cuya memoria llevó años. Se debe ir de a poco empapándose de esas memorias, se debe ser él y nadie más.
La añoranza, el llanto, el abatimiento, la desolación, la amargura, la lobreguez, la nostalgia, la genialidad, la soledad, el desconcierto… y aun peores penas, se encuentran en el Libro del Desasosiego, todo bajo el manto de una reiterativa lluvia sobre el suelo de Lisboa. La ausencia de la calma, la imponencia del devaneo.
El libro no se digiere y se olvida, sino que pasa a formar parte del ajetreo, todo se empieza a concebir en forma de tormenta, con ojos desasosegados.
Leía algunas pocas páginas por día, las recorría varias veces hasta terminar de exprimirlas. No avanzaba, giraba; tanto que hasta creí estar escribiendo sobre lo ya escrito. Uno debe acompañar con la propia soledad a la soledad del escritor, sino nada sirve y te sentís hipócrita porque Pessoa te hace sentir así.
Cada día contado por Soares, era un día para mí, incluso tuve que esperar varias veces a la lluvia para leer los fragmentos con lluvia.
Pero al fin terminé, acaso con la satisfacción de que la próxima será una relectura, acaso con la alegría de la nostalgia falsa que me inculcó el portugués. Terminé y soy una persona libre que siente, no pena sino tristeza por la tristeza y pena que algún día sufrió Pessoa.
Retrato de una persona enferma de si misma y de su propia lucidez. Esclavo del hecho cierto de que sea escasa la compañía capaz de acompañar a los que quieren estar solos. Si los solitarios siguen siéndolo es porque nadie sabe acompañar en soledad.
Por mi parte, yo festejo que entre tanta incomprensión y sufrimiento, algunas de las víctimas perpetúan libros como este.

martes, 4 de septiembre de 2007

Pudor de Romanticismo

Después de años de buscar respuestas para encontrar consuelo a mi tristeza, a los saboteos de mis buenos momentos, a las desgraciadas maneras de mirar las cosas buenas, llegué a ninguna conclusión.
La vida se trata de veinticuatro horas por día. En cada minuto nos encontramos con nosotros mismos y peleamos con nuestros conflictos. En cada batalla sorteamos nuestra suerte y dependiendo de nuestra fortaleza aflorará cierto humor.
Vos y yo, los demás y el resto. Las mujeres látigo en el flagelo de sus ausencias, en lo agresivo de sus presencias; son latidos profundos y punzantes en la cabeza de cada hombre. Todo estado tiene nombre de mujer, toda crisis se delata en una risa.
Hoy desde lejos las miro de a poco, a cada una de ellas pero no las nombro. Sólo me quedo en una ciudad inventada, con calles perfectas y bohemia clandestina, precisa y personal. La recorro cuadra a cuadra con cierta mirada romántica y evoco involuntariamente las historias de algún otro. Luego me muero en esa esquina y en la plaza, en un juego con las manos y las miradas de despedida. Cierta casa antigua y ya mitológica en mi pasado personal y un sótano de intimidad, desgarrador.
Y es que, ¿no es eso una búsqueda de romanticismo? Todos somos tan imberbes que creemos que lo que nos pasa a nosotros es mas emocionante que lo que le pasa a los demás. Queremos que todo nos suceda de manera espectacular, de forma única y novelística. Si todo lo que pensara cada uno se sucediera de la forma idealizada ¿que sería lo romántico, donde estaría lo distinto? Tanto en la poesía cotidiana o en la norma establecida. De novela es lo pasado, es lo ajeno, los sueños, lo imaginado. Yo más bien vivo mi vida de la forma más intensa, sea durmiendo por días o mirándote dormir. Romántico es ser conciente de que se puede ser nadie juntos, y optimista es hablar de juntos cuando suelo ser sólo yo.