
Según la etapa del año, la estación correspondiente al momento de vida, el hombre minimamente sensible se adueña de una obra particular. Mucho adjetivo, cierto. Repaso: dependiendo de nuestro presente, la obra de arte que nos conmueva. Es decir, la obra que nos conmueva; ergo obra de arte. El arte es, sumemos definiciones al montón, el don construido de conmover. Subyace: no hay tal don. Aclara: conmover no supone lágrimas ni espasmos, no necesariamente. Yo me conmuevo desde el pensamiento. Se me presenta una idea, la comprendo o no, la doy vuelta y llego –tal vez– al éxtasis de saber que pronto, ese día y el que viene y el siguiente y el otro ya no voy a poder pensar más que en eso, en esa idea, en ese mundo, en ese repetido –repetido como mis palabras– concepto que flota en el aire y se mete por los poros y llega a las profundidades.
Una de las últimas poesías que dio con ese sistema, propio, corresponde a Roberto Bolaño. Su escritura, en este caso lejos de la mía, es una escritura desesperada. Muchos dicen que era por la cercanía de la muerte, porque el escritor sabía que su destino –como el de todo hombre– iba a llegar más temprano. La diferencia radical de su muerte era la condición de predecible, la fecha aproximada de defunción. Pero su genialidad, y ahora entra mi admiración al ruedo, radicaba en su genio; llano. Digo: su don no necesitaba ser construido, y aun así lo construyó. Vivió para la literatura, y sólo muy poco de la literatura: diez años de cincuenta, matemáticamente injusto. Jorge Herralde, su editor, dice que Bolaño sabía de su importancia en la literatura, “era muy consciente de su lugar”, dijo. Yo no creo que haya existido dicha conciencia, o quizá sí, pero -poniéndome intimista- pienso que no pudo imaginar el espacio de reserva y privilegio que le ofrezco en mi humilde biblioteca. Claro, yo no hago a la importancia; a menos que, como sostiene Pessoa, haya tantos como yo pensando exactamente lo mismo. Y en el idilio en masa surgen los intocables.

Darío Jaramillo dice que el autor de 2666 era un escritor de un solo truco, "dueño de una prosa demasiado simple, de tipo: yo Tarzán, tu chita", agrega Fernando Vallejo (Vallejito). Así lo leen ellos, suponiendo que lo leen, y así lo definen: categóricos.
Bolaño era poeta, mago, creador y amante, dueño de una relación física con sus libros. Y si fuera mago de un solo truco –ítem que ni es preciso refutar, basta con leer su vasta obra (que contiene poemas, cuentos, ensayos, novelas breves, novelas monumentales...)–, ese truco solitario alcanzaría para derrocar a cada uno de los nimios escritores que lo nombran, y a los cuasi grandes, y a los aspirantes y a todos. Un truco que aterriza y vuelve a volar y arrastra todo a su lado y es capaz, incluso, de acribillar sin pausa a las dictaduras que azotaron Latinoamérica… Y caídas las dictaduras –presas de ese truco irrepetible y único, en eso acierta Jaramillo– caída también la obsesión del boom y por el boom latinoamericano.
En fin, las virtudes de Bolaño son muchas y variadas. Para otra ocasión quedará la realización de un trabajo extenso y detallado sobre su figura e importancia. Por lo pronto presento aquel poema, Los Años, que tanto (o tan poco pero tan fuerte) me conmovió y me conmueve.
Los años (Roberto Bolaño)
Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego
en el horizonte
Un muchacho hermoso y valiente
Un poeta latinoamericano
Un perdedor nada preocupado por el dinero
Un hijo de las clases medias
Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat
Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra
Un lector de Enrique Lihn
Un tipo que se enamora locamente
y que al cabo de dos años está solo
pero piensa que no puede ser
que es imposible no acabar reuniéndose
otra vez con ella
Un vagabundo
Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño
que atraviesa puestos fronterizos
hundido en el légamo de su propia pesadilla
Un trabajador de temporada
Un santo selvático
Un poeta latinoamericano lejos de los poetas
latinoamericanos
Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables
y desagradables cada vez más lejos
del punto de partida
Un cuerpo azotado por el viento
Un cuento o una historia que casi todos han olvidado
Un tipo obstinado probablemente de sangre india
criolla o gallega
Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar
el amor en una hora inesperada y terrible
Un lector de poesía
Un extranjero en Europa
Un hombre que pierde el pelo y los dientes
pero no el valor
Como si el valor valiera algo
Como si el valor fuera a devolverle
aquellos lejanos días de México
la juventud perdida y el amor
(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la juventud
pero jamás el amor)
Un tipo con una extraña predisposición
a sobrevivir
Un poeta latinoamericano que al llegar la noche
se echa en su jergón y sueña
Un sueño maravilloso
que atraviesa países y años
Un sueño maravilloso
que atraviesa enfermedades y ausencias

1 comentario:
Lei un solo libro de Bolaño porqe me lo habían recomendado mcuhísimo, per cuando lo leí no me dejó la misma impresión de la que me habían hablado. Tus palabras me hacen , ciertamente reconsiderarlo. Bellísimo homenaje
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