martes, 30 de marzo de 2010

Vivir solo (1)

Una vida que comienza, digamos, a través de una llave.
Este es el primer paso, la primera página definitiva hacia una vida autenticamente mía. Con cierto afán periodístico, con algún aire confesional, acá empieza mi travesía al mundo de la soledad más profunda, más intensa, y con suerte más sana.

Paso Uno: Conociendo el paisaje.

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sábado, 27 de marzo de 2010

De cuando las iniciales son los nombres


Es, cuanto menos, curioso. De una curiosidad leve, digamos transparente (por lo claro), aunque no, más bien fluorescente y burda: bajo el signo de la evidencia. Y dicha peculiaridad, tal vez sea una mera coincidencia, es la siguiente: cuando la editora de estas páginas me comunicó el leit motiv del número presente (este texto fue enviado a la revista DadaMini, cuyos artículos debían inspirarse en la frase “por h o por b”), yo estaba en la pausa de mi lectura vespertina. El libro era un compilado de cuentos de Roberto Bolaño, Putas Asesinas, y luego de leer el segundo cuento decidí chequear mails. Abrí la casilla y leí el mensaje de la susodicha editora. Vaya uno a saber cómo suceden estas cosas, pero por h o por b (la evocación es inevitable) suceden. Contesté el mail con un mensaje algo snob al estilo: “me pondré a urdir una prosa”; me maldije por ese esnobismo espontáneo y volví a mi lectura. Era el turno del tercer cuento: “Últimos atardeceres en la tierra”, y el protagonista de la historia era un tipo llamado, lisa y llanamente, B.
B y el padre de B se iban de vacaciones a Acapulco y B y el padre de B iban a un burdel (dice burdel), andaban en bote, conocían a un lugareño y al final se trenzaban en una pelea (aunque tal vez diga riña). Los siguientes cuentos también tenían como protagonista al tal B, o quizás era otro B, un homónimo –singular sin dudas–, escueto y recordable. También desfilan personajes como U, la mujer de U, K, la amiga de K, M, y no sé cuántas letras y afines a la letra más. Pero H, lo que se dice H, no hay ni una.
Evidentemente, en la consideración de Bolaño, el oficio mudo de la letra H vuelve imposible la mutación a nombre. Lo cual no deja de ser absurdo, dado que la H en sí misma, es decir: la Hache, tiene su cuerpo, su sonido y su gramaje. De hecho, mi Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana (Joan Corominas), define Hache como: “el nombre de la letra h, del francés hache, y éste del bajo latino hacca, modificación de ach (…)”.
De la b, mi diccionario etimológico no dice nada, pero el de la Real Academia Española señala que puede llamarse b alta o b larga, que funciona como onomatopeya de la oveja (be be o beee beee, según se quiera), y que puede funcionar como un motivo indefinido (ejemplo: por h o por b).
Queda escrito, soy un pésimo lingüista.
Volviendo a la indiferencia alfabética de Bolaño, no es improbable que el escritor estuviera reservando el bonito arco de rugby para una metáfora perfecta al bautizar H a un personaje sordo o mudo o rugbier. Así entonces reserva la B para personajes suaves y destina la V para los ciegos (en una grosera ironía), y la C para los cultos y la Y para los inclusivos y la T para los amantes del ritual inglés. Las posibilidades son múltiples y acaban donde, por h (de hartazgo) o por b (de bendición), se impone el tedio, la obviedad o la falta de tinta.

viernes, 26 de marzo de 2010

jueves, 25 de marzo de 2010

Morfina

El mundo es una confusión de voces
más que el mundo
el universo
un conglomerado fatal
pero dulce
al final
tan dulce como el terror
o más.
Estamos tan solos después de todo…
Y el mar acerca bramidos y hace como si nada
como si fuera fácil vivir en la ausencia.
La naturaleza es sabia por no sentir.
Las rocas suenan a ruido y la lluvia, musical, ya no sucede en el pasado.
Ahora: el viento,
el verdadero viento,
que mueve las agujas y las horas
trae susurros
lo sabe mejor que yo
dice cosas que se dicen para calmar el ánimo
y por fin lo entiendo:
No es un horror vivir en lo sucesivo
No hay que ocultarse o que huir
Ni sentirse amenazado por las pequeñas magias inútiles.
Dice el viento, jugando a ser sajón,
“quítenme todo, menos lo superfluo”,
hay que elegir el almuerzo,
dejarse llevar por la nimiedad,
y verse subsistir a la muerte.
Se puede después de todo
con memoria ciega
seguir queriendo y viviendo
seguir así
con la ventolada
siendo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Días de gloria de Petro Barkas

La noche tibia y gélida, marcada por el ritmo de la transpiración y el frío, en que Petro Barkas se despertó luego de una larga pesadilla, fue la misma noche en que los astros confirmaron su condición de influencia dudosa.
La pesadilla fue una sucesión de imágenes entre solariegas y violentas, enfrascadas en un cuadrado negro, oscuro, en donde sólo se oía un zumbido y el grito de terror de un perro, romántico y cursi, que moría joven y desencantado. Petro Barkas, como suele ocurrir en los sueños, era el protagonista. Cuando abrió los ojos de lo onírico, mientras los del cuerpo se cerraban y la vigilia se esfumaba como empujada por un vendaval, se descubrió parado en medio de un desierto. A su derecha, lejano, divisó un poste que bien podría ser de luz o de teléfono. Se dirigió hacia ahí y descubrió sus pies descalzos y el suelo hecho de vidrios. Tras un respingo quedó inmóvil, y recién entonces comenzó a sentir el dolor que antes no había. Quedó paralizado tres minutos y luego elevó el pie derecho, de golpe todo el peso del cuerpo se depositó en el izquierdo y Petro Barkas gritó de dolor. Apoyó el que antes flotaba y movió el izquierdo, siempre hacia adelante, como si cada paso fuera un verdadero avance y un verdadero sacrificio. Los ojos en el poste, resguardados del terror del piso. Ochentaidós pasos bastaron para aplacar la distancia, y apenas Petro pudo tocar el poste, éste desapareció, dejando a la luz un escenario rojo y depositándolo a él en medio de un teatro vacío. Sus pies, perfectamente sanos, eran más grandes de lo normal y estaban apretados al suave frío del escenario. Desde el fondo de la sala se escuchaba un lamento que sonaba a súplica y a despedida de carácter animal. Otra vez, Petro Barkas fue en busca del estímulo. Pasó las filas de butacas como quien atraviesa un campo de batalla estéril, un lugar en donde hace años, veinte tal vez, hubo una guerra y personas arrastrándose; pero donde ya no queda nada, y ni la tierra recuerda. Al llegar al fondo vio a un perro marrón, flaco, con las costillas marcadas, tirado en el piso y con la vista fija en los ojos de Petro Barkas. El zumbido, vuelto letanía, comenzó a tomar cadencia musical, de tango o de candombe, no importa, ritmo pautado y viciado de instrumentos. Sobre las piernas del perro crecían corrientes de hormigas, millones, y a cada segundo los insectos iban haciéndose más dueños del animal, transformándolo en hormiguero y apagando –a la vez que provocaban– su lentísima agonía.
Quiso ayudarlo, Petro, pero así como movió su mano, movió también el espacio. Y sintió que en algo lo ayudó. En cuanto a él, apareció arrodillado frente a un altar de algas. Una cruz equilátera colgaba en el aire, apoyada en nada, y a su vez sobre ella colgaba otra cruz, con otra cruz dentro que también poseía una cruz. Estaba arrodillado sobre granos de maíz cocidos, y en vez de funcionar con pinches oficiaban de colchón. En la cabeza un pañuelo de seda, y al frente el altar verde de alga. Paredes negras, sin ventanas ni puertas. La luz salía de la nariz de Petro, rebotaba en el maíz e iluminaba la cruz y el altar. Pasaron más de diez minutos de meditación silenciosa cuando desde abajo del maíz comenzaron a surgir las hormigas con el olor fétido del perro ya muerto hacía años. Trepaban por las rodillas de Petro, que sólo atinaba a cerrar los ojos y a orar palabras que nunca más repetiría. Sonó entonces un tambor y todo se volvió nube color ocre. El aire, alto, entró a su organismo. Minúsculas partículas de óxido se hicieron cuerpo en las entrañas de Petro y avanzaron a su corazón al compás de un ladrido que parecía rezar la palabra tromba.
Un segundo antes del ataque cardíaco, del casi real ataque cardíaco, despertó Petro Barkas sudoroso en su cama. No tuvo siquiera sospechas de la enorme proximidad que alcanzó y perdió la entidad de su muerte. Simplemente despertó con el cuerpo casi hundido en sus propios líquidos y se dirigió al baño. Prendió el agua fría y tras el primer golpe fresco recordó el modo de caminar de las hormigas. Instintivamente miró a sus rodillas y tras verlas en perfecto estado sonrió. Eran las ocho y cuarto de la mañana en la ciudad de Buenos Aires, era invierno y hacía frío. Petro buscó el diario, preparó un café y, tras dejar el diario en la mesa, abrió un libro. A las ocho y media pasadas sonó el teléfono.
-¿Quién habla? –dijo Petro.
-Soy Julián –respondió la voz del otro lado.
-¿Cómo andás, Julián?
-Bien, ¿y vos?, ¿nervioso?
-Algo, algo.
-Bueno, suerte con eso. Estoy seguro que ésta es la tuya. Manteneme al tanto ¡eh!, no seas otario.
-Claro, claro. Estamos al habla –dijo Petro, y cortó el teléfono.
Apuró el café, cerró el libro y se dirigió, diario en mano, directo al inodoro.
A los doce minutos estaba sentado frente al escritorio releyendo algunos de sus papeles. Hizo nueve correcciones en color rojo, subrayo tres frases con verde y tachó al menos cinco párrafos. Después volvió a leer todo nuevamente y tachó dos de las frases subrayadas con verde. Pasadas las cuatro horas de trabajo se acostó en el sillón de cuero de la sala y quedó mirando al techo. Una pequeña vibración en la ventana lo preocupó y pensó que tal vez debería ajustar o cambiar el vidrio. Pestañeando varias veces, como quien intenta provocarse un mareo visual, Petro perdió la nitidez de su vista. El sueño, otra vez, se adueñó de la conciencia.
Apareció en medio de una jungla vestido de policía. En su mano derecha llevaba una cachiporra y el viento en su cabeza le confirmó que no vestía gorra. Por instinto caminó y, aun en sueños, pensó que los pasos son más largos cuando se dan para atrás. De pronto llegó a un claro y entre árboles vislumbró un gran pastel de casamiento decorado con guirnaldas fosforescentes y juncos de plástico. A un metro había un muérdago con una mujer debajo. Estaba desnuda y era hermosa, eso pensó Petro, y tenía el pelo como líneas de fuego y la piel con olor a sandía. Se acercó a ella y la olió, aunque ya sabía la sensación que iba a encontrar. Casi de manera imperceptible, como jugando al Reiki, Petro arrimó su mejilla derecha al muslo izquierdo de la mujer y fue subiendo la cara por la espalda. Respiraba susurros, pequeñas ondas de calor que dañaban la estela inmaculada de la escena. Inevitables ráfagas respiradas de deseo. La rodeó con un brazo y la besó en los labios. Introdujo su lengua dentro de la boca de ella y cuando sintió su miembro duro dentro del pantalón se alejó, repentinamente enfurecido, e intentó golpearla con la cachiporra. Sólo alcanzó al aire. Un minuto después bailaba enajenado en la punta de una pirámide y gritaba: hoy es el día, hoy es el día. Alrededor flameaban banderas piratas con la cara de Petro en lugar de calaveras, y trescientos marineros vociferaban su apellido desencajados: Barkas, Barkas.
La lluvia para ese momento estaba presente y Petro zapateaba en un charco en una esquina céntrica y anónima de Buenos Aires. Un estruendo cambió la lluvia por sangre y lo despertó de su siesta. Tenía el pantalón húmedo en la entrepierna y el pelo desprolijo.
Sin sobresaltarse tomó una libreta que guardaba en el bolsillo de la camisa y anotó con lápiz negro: “lluvias de sangre alientan la danza”. Preparó otro café y buscó el diario. Nuevamente leyó las noticias sin interés hasta que se topó con el título: “Científico asegura que las estrellas son reflejos de dioses que existieron hace miles de años”. Leyó. Un astrólogo marplatense aseguraba que ya no había estrellas, que existieron y además regían el universo, pero que, como los dinosaurios, se extinguieron y en vez de dejar huesos en la tierra dejaron retratos, reflejos en el cielo. Ilusiones que testamenten un reinado. Petro buscó su libreta nuevamente y anotó: “astrólogo de método romántico, los géneros traspasan las disciplinas”. Se puso de pie y buscó el teléfono.
Al quinto tono una voz de mujer contestó: hola.
-Hola Estela, soy Petro.
-Petro, cómo andas. ¿Nervioso?
-Algo, para qué te voy a mentir.
-Y… es entendible.
-Sí. Me voy ahora a la fundación a ver si publicaron la lista de ganadores, ya es hora.
-¿Querés que te acompañe? Es un momento tan importante que debés querer compartirlo, imagino.
-Me gustaría, sin dudas. Pero prefiero ir solo, me gusta tomarme mi tiempo, procesar las cosas. Ya te llamo yo con las novedades, ¿te parece?
-Dale, si es lo que preferís. Suerte con eso… ¡algo me dice que hoy sí, eh! ¡Comienza tu camino al canon!
-Bueno, bueno, gracias. Ya veremos. Te dejo que estoy un tanto ansioso.
Colgó el teléfono y fue directo al baño. Se sacó la ropa, tiró el pantalón en una canasta y entró bajo la ducha. Primero se humedeció la cabeza, luego el pecho y finalmente todo el cuerpo. El agua y él y el espacio, eso pensó. Cerraba los ojos y sentía un extraño sopor optimista, aunque muy lejos del sueño, una ensoñación mojada y feliz. Se lavó la cabeza y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Minutos después ya estaba listo. Traje beige, zapatos marrones y camisa celeste. De corbata ni hablar: “los escritores escriben las corbatas, no las usan”, pensaba Petro.
Ya en la calle extendió una mano, paró un taxi y se dirigió directo a Hipólito Yrigoyen al mil seiscientos. Pagó el trayecto, le dijo al taxista que se quedara con el cambio y subió las escalares sorteando de dos en dos los peldaños. En el cuarto piso volvió a cerrar los ojos y recordó el sonido categórico y musical de los marineros de su sueño: Barkas, Barkas…
Dispuesto, avanzó por el pasillo y atravesó el salón hasta la última pared. Una cartulina decía: “Autores Premiados”.
Su nombre, se aseguró, no estaba en la lista.

jueves, 18 de marzo de 2010

Advertencia a mi mismo

Va a haber días terribles
días no tan malos
y días que sean solo días.
Va a haber gotas que caigan tras más gotas
y va a haber espasmos toscos con sangre CrisTALINA.
Va a haber noches como flechas
y tardes en las que camine por la cuadra de tu casa buscándote
va a haber teléfonos mudos y señales de humo
va a haber sombra
la trabajosa sombra
y después apenas va a haber luz y va a volver la sombra
mojada y negra
como un charco espejado
en donde está tu cara y tu cara grita
un grito desesperado y firme
una orden alemana que signifique: "alejate"
una voz incomprensible en chino que repita: "nunca más"
como un cuervo políglota
un cuervo hermoso por otra parte
aunque cruel, claro, tan diáfano como la verdad.
Y entonces voy a entender
en un tosco inglés británico
que tu amor era acostumbramiento
por un lado
y que luego van a quedar sus resquicios
y los días en los que va a haber
caras sin forma
sinsentidos universales
relojes, muchísimos relojes,
y calendarios y muerte.
Y yo, sea lo que sea que vaya a haber
seguiré acá
en la sombra
desangrándome infatigablemente.

domingo, 14 de marzo de 2010

Domingo

Y así desesperado tal vez acaso quizá pueda. Así de a poco adrede abierto. Así embebido ebrio emancipado. Y luego cortado a la mitad en trozos de esperma acuoso verde soso. Hecho de polvos y hechos. Con y sin pruebas de mi identidad. Así tirado al pasto azul al hielo al suelo despejado que se calla tras caer caerse encima mío o encima de quien no puede recibir peso. ¿Encima de quién? ¿De quién? Disparen apunten fuego. Ya murió dos pasos antes con el primer grito. ¿Encima de quién? Salí corré salí. Garganta. Salí corré salí. El ojo está seco está rojo está cojo tuerto y mudo. El ojo que no llora no habla ¿y el silencio vale más que mil palabras? No me pronuncio, no me nombro, no me existo. Si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro. Todavía no volví a ser individuo. ¿Y el silencio vale más que mil palabras?

Voy después, bastante lejos, y descubro que callar es una guerra.

viernes, 12 de marzo de 2010

Declaración de admiración (o una sumisa resignación)

Me parece verlo todavía
un hombre al que nunca vi
en realidad
un poeta al que lei antes de saludar
y al que saludé leyendo.
Un poeta
latinoamericano por cierto
que vive en Europa y en Méjico
y está muerto.
Un poeta al que copian los jóvenes
y que dice cosas que hacen pensar a los árboles
porque los árboles escuchan sin adjetivos
porque los árboles saben que el conocimiento
está en las historias
que ven pasar cada día.
Un emblema y un libro
una mochila gastada y la espalda con dos marcas rojas
la piel irritada
y los músculos de la tenacidad
entrenados por cansancio.
Un hombre
con sangre india o gallega
un poeta latinoamericano
lejos y cerca
de los poetas y de los otros
del continente y los mares
una mano que sabe de letras y estaciones
y piensa
al final del día
que es imposible
si se quiere
que pueda suceder lo imposible:
volver a la vida y ser detective de homicidios
para ir a la escena del crimen sin temor a los fantasmas
ni al dolor
ni a la oscuridad
ni a la melancolía ni a las ausencias.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las cosas

Cada una de mis uñas
Cada uno de mis pasos
Cada una de mis mentiras
Los muebles, los cordones
Las guitarras, las tranqueras
Las canciones pop y la música
El tango
Los cuadros de otro, los alambres
La imaginación débil de los muertos
La cúpula que vi un verano en San Luis.

Cada sombra que confundo con un hombre
Cada insulto proferido por contagio
Cada cita de Quevedo o de Unamuno
Cada hombro dislocado
Cada función de esa obra en Buenos Aires
Cada libro con la página mordida
Cada traducción de la palabra schuhlöffel
El candelabro de bronce con un rayón en la base
La araña que fue de una abuela y después de otra antes que mía
La campera de cuero que no uso por pudor
El portero eléctrico de la chica de los quince.

Cada mínima aproximación a cualquier parte
Cada minúscula asociación libre
Se vuelve excusa
Para acordarme.

domingo, 7 de marzo de 2010

A todo volverlo triste (escupitajo incorregido)

Las letras van al vuelo como si fueran corsarios
Buscan en la sombra un beso de otro tiempo
Me llaman y me nombran y yo no soy su dueño
-casi no soy nada, apenas me entiendo muerto-
Habiendo perdido tanto ya no poseo ni un sueño.
Entonces se retuercen, huérfanas, las letras
Y hacen de mi canto una suerte de conjuro
El dolor se esconde en las onomatopeyas
Y mi nombre, de vuelta, se pierde por lo oscuro.

Puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Crece en carne viva la ausencia de cierta chica
Y puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Yo que fui, iluso, soldado del optimismo
Hoy puedo mirarlo todo y a todo volverlo triste.
Corrí por pasto mojado y sentí que el agua era amiga
Y bailé por el amazonas para creerme anaconda.
De qué sirve, ahora, tanto lustre de energía
Si hoy todo se vuelve triste de solo estar en mi vida.
La quise y la quiero y la querré aun todavía
Como en todo llorar de ausencias siempre hay magia femenina
La quise, la querré y todo el tiempo
El aun y el todavía
Es cómplice de mi llanto
Si es que lloró todavía.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Coqueto

Una brújula que respira mal
sin tiempo en coordenadas informes
atraviesa el lumpen espacio de tierra
de una plaza emplazada en balde
de arena superpuesta
de hierro fundido
en la cáscara tosca de un pantalón azul
ríspido como molino
ajustado justo en lo injusto de un injurio
con sangre y terremotos
mentales y remotos
a la mañana gris
reis
de lluvia y sueño
y sos vos
el que lee, el que se apropia
la persona mona que se adorna
para ser niño de bien
y morir en el invento