viernes, 24 de diciembre de 2010

A las dos y media de la mañana, en Navidad...

Hay tanta gente sola… Es absurdo, casi como el dominio de los hombres sobre los animales (si se avivaran nos pasarían por encima). Completamente absurdo: yo solo en Punta del Este, trabajando. Otros, solos en sus casas. Otros, solos en un bar. Otros, solos por ahí… Debiera haber una comunidad, no una red social, una especie de autogestión de solitarios con carnet, con el que te hace descuento en hostels pero para gente sola.
Estoy en una casa grande, con vista al mar, tres habitaciones, balneario “top”…. Mucho de lo que querrían algunos. Y leo que alguien dice que el mejor regalo es un abrazo…
A mí nadie me abrazó esta noche, nadie me dijo que me quería sinceramente. Brindé con tres amables extraños y hasta me saqué fotos. Fue, digamos, un feliz de momento. ¿Y ahora que me cabe? ¿Dormirme triste? ¿Dormirme satisfecho? O ir a romper mi angustia por las oscuras calles del quién sabe… Tal vez deba sacar el auto. No sé, no sé, no sé. No pienso en nadie. Escribo en mi blog un viernes a las dos de la mañana. ¡Y en noche buena! ¡En Navidad! ¿Es esto la soledad? ¿O es una ocasión fortuita, casual, que no alcanza para compadecerse de uno mismo?... De vuelta: no pienso en nadie. En NADIE. Eso me entristece: si al menos tuviera a quién extrañar…
Me acuerdo del 2005, en Nueva Zelanda con un osito (que era un perro) y millones de nervios con ganas de declararse. Me creía enamorado, pero después descubrí que para tanto hace falta correspondencia. Aun así era algo, era mucho. Y sonaba palito ortega y puse lo que había que poner, algo de cojones, algo de descaro, y lo dije todo. Ese fue mi auto regalo: mi coraje, una perla.
También me acuerdo el 2007, ya casi 2008. New York, Giovannas da Napoli (excelente pasta), Mulberry esquina Hester. Otra navidad solitaria, con gente que no me quería. Bah, ni fu ni fa. Compañeros de trabajo de hacía un mes. Gente nomás, qué sé yo. Y ahí sí que sufrí. Extrañé mucho. Nadie imagina cuanto. Lloré montones. Casi nunca terminé de llorarlo todo. Pero se fue. Está en el pasado, como la navidad feliz del 2009, como la navidad piloto del 2010… se fueron. Lo bueno de la tristeza es la mismo que es lo malo de la felicidad: que se acaba, que se va, que se vuelve polvo de olvido. Ni siquiera olvido: polvo de olvido, más diminuto.
Le pido a Santa que me olvide. Gracias, Santa.
Le pido a Santa que me embriague. Gracias, Santa.
Y si resta pedir algo, que no me deje olvidarme del que fui, que no me permita enamorarme del que soy, que no me impida llegar a ser el que puedo ser.
Le pido a Santa o a quien valga el valor para ser escritor, el valor para no ser un mediocre… Le pido la cita al oído: “hay una meta, no un camino; lo que llamamos camino es vacilación”.
En noches como esta me duele la verdad. Fue un día triste, no tengo que olvidarlo. Fue un día malo, no puedo perdonarlo. A Dios le pido la literatura, la concentración, la inspiración y el talento. A Dios o a Dios.
Si es cierto que la navidad entrega deseos, yo pido poder ser digno de las palabras. Si cupiera un único deseo, el mío sería poder ser digno de la literatura. Dame Dios la sangre del escritor, aunque deba borrarse todo el resto. Permitime no ser el último de los hombres, regalame la dicha de escribir unos buenos versos esta noche.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Un dia triste

La vida después de un 3 a 2 en contra no tiene sentido.

sábado, 30 de octubre de 2010

Mr President

Veo pasar como cuadritos a los presidentes sudamericanos. El desfile corresponde. Y el motivo, otra vez la muerte. Le gente lo despide y es fervoroso el recuerdo cantado. Siento que lo quieren, no hay dudas. Los comentaristas, medidos esta vez, adoptan la tristeza. Y en suerte de reconciliación imaginada, yo lo veo más grande de lo que siempre lo vi. Un joven contrincante que viene a rendirte tributo…
No se puede hablar de cariño. Sí de respeto. Y es indudable una vez más que los enemigos encarnan partes lo que querríamos ser.
Con el correr de las horas su imagen se agranda más. Leo en los tantos diarios las distintas versiones de su alma. El crisol de estrategias pasadas parece interminable. De pronto el demonio es un ángel estadista que todo lo supo. Pero lo entiendo, la muerte redime. La historia ha mostrado largos casos de aceptación post mortem. Al morir Camus, Sartre, que fue su amigo hasta que se peleó a muerte, recordó súbitamente todo el afecto y la admiración que sentía. Lo malo: ¿para qué?
Creo que es justo rendirle homenaje. Fue mi presidente, y tal vez si supiera más de política lo admiraría hasta karma. O no. Lloraría, claro. Y quizá estaría en la fila del adiós.
Mi frágil ideología y una familia de derecha me alejan de un dolor más sincero. Poco importan mis sensaciones. Hay un pueblo destruido, que lo llora como los que más saben llorar, sin esperar explicaciones. Hay una plaza, un desfile, un eterno adiós paulatino. Vendrán las miserias más tarde. Y yo seguiré pensando en su muerte.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Cuando todo el resto es realidad

¿Y qué hago con la suerte, con la sed, con la locura? Cuando todo el mundo es realidad, qué hago con el sueño que no tengo. ¿Con los lunes que son trabajo y nada más? ¿Con los martes sin creencias?
Tengo que ir a un banco, depositar 400 pesos. Ir a la empresa de celulares que me estafa. Pelear 200 pesos. Pssar por pago fácil, perder 100 de la luz. Llorar un rato, gratis.
¿Y qué hago con las ganas de un bar una tarde cualquiera? ¿Donde compro la cerveza que me debo?
Que poco divertido es caminar, cuando todo el resto es realidad.
La catarcis y las compras. Los amigos que no tienen tiempo azul para perder en peregrinos. Los salvajes números asteriscos. Y mi nombre y el de aquella. Las ganas postergadas, el sí que no que sí. Ese momento efímero de valentía, de arrojo, de abandono. De qué vale vivir sin soledades a montones que nos borren las soledades a montones que nos pesan en la espalda solitaria de un momento, un momento peculiar (cuando todo el resto es realidad), un momento luz negra, luz que no, luz abismo. Qué hacemos, qué bailamos, qué jugamos. Cuando todo el mundo es realidad, batimos el record de nuestras propias ganas de matar!

jueves, 23 de septiembre de 2010

White Memories

I

La primera ducha
llegar a ser hombre según mi padre
al dejar la inmersión
abandonar ciertos placeres:
la piel de viejito tras media hora o más
el recorrido inepto del jabón bajo el agua…
Todo a favor de un descubrimiento cuasi adolescente
pasar al fútbol de bañadera
con el mismo jabón bordeando las paredes como skater
ida y vuelta mientras el agua desde el cielo me baña de hombría
“pues los hombres se bañan de ducha”
dice papá
y dejan pelos en la esponja
aunque no los tengan
(ni a los doce
ni a los quince)
los hombres se bañan de ducha
hasta que el hombre se impone al hombre
y en un baño ya propio
(con veintitantos o más)
vuelve el placer de la inmersión.

lunes, 23 de agosto de 2010

Dos muertes, la muerte

¿Cuáles son las cosas que se pueden lamentar? ¿Cuáles las que no?... ¿Con qué gracia divina nos protegemos cuando juzgamos el lamento ajeno? ¿Con qué gracia juzgamos?
Se me ocurren preguntas tras las muertes. Muertes que no necesariamente siento o sufro, pero que me modifican. Murió Rodolfo Fogwill el sábado 21 de agosto. También lo hizo Hugo Guerrero Marthineitz. ¿Lo hizo? Las cosas, hechas o padecidas, simplemente son. Murió Fogwill (como le gustaba firmar), y murió el Negro Guerrero Marthineitz (como lo llamaban).
Ambos dejaron hijos y dilemas. Los dos fueron queridos y resistidos, probablemente uno hubiera sido la resistencia del otro. Seguramente no se habrían querido. Y hoy la muerte los une en una fecha. Y como siempre, derrotero de piedades hipócritas, la muerte los pontifica. ¿La muerte? Diré más bien los vestigios de los vivos.
Ahora vuelven las preguntas, las mismas: ¿cuáles son las cosas que se pueden lamentar? ¿cuáles las que no?... Muchos llorarán a Fogwill, muchos a Marthineitz. Pocos a los dos, apenas los que no conocían a ninguno. Y habrá (ya las hay), voces que pululen por el vena negra. Digo: voces que critiquen, que interpelen: “¿a ése vas a llorar?, más bien llorá a este otro”. Y viceversa.
Al final, citando imprecisamente a Thoreau: “antes que amor, o que dinero, o fama, dame verdad”. Bien o mal murieron. Bien o mal, fueron lo que fueron.

miércoles, 14 de julio de 2010

Mi senador de bolsillo

No me sienta bien el cinturón de preso
el preservativo ausente
o la cruz de la expiación.
Digo:
para ir juntos a una marcha
más vale rezarle a un sí
hasta que la muerte nos separe
te amaré
pedazo de queso
quiero casarme con vos
y puedo
por qué no?
si en el 2020 me casé con una mujer que no quería
(resultó ser un fracaso desde el minuto tres)
y nadie se opuso
ni mi hijo
(que hoy llora en terapia)
nadie pensó en el potencial engaño
el padre Marcos me vio dudar
(me miraba con esa cara desesperada
"decí que sí", susurraba)
y acepté nomás
fallé
me reconsntruí
y acá estoy con my gruyere
contrayendo un matrimonio lácteo
del que dudan los ratones, claro,
ellos creen que no es preciso darle al gruyere los beneficios del sardo
o del brie, peor aún...
Es que el gruyere no es un queso de familia.
Si quiero, dicen, puedo unirme civilmente
"díganle sí como a los locos"...
hasta organizaron una marcha, los ratones
todos siguen al mismo flautista que años atrás los tiró al acantilado
ratones y ratas se unen en esta cruzada
y marchan al poder...
Pero no me preocupa, siempre hay marchas en el mundo
hay marchas de plantilla
marchas de papel
y de guerrillas.
Hay marchas de países y de sombras.
Hay marchas hechas de harina
marchas pegamento
y marchas estátuas.
Hay marchas turcas parecidas a las belgas y a las rusas.
Hay marchas que hacen bien
marchas que hacen mal
y las hay de purpurina.
Hay marchas por haber
las hay porque las compran
y las veo en mi televisor
con papá y papá.
Mis amigos del retiro me dicen:
"yo voy a la marcha
te quiero amigo, pero la sociedad está primero".
Le dicen no a los rinocerontes
Ionesco, amigo, hasta acá llegamos
no capitularemos
pero es tanta gente
tantas ratas
tanta pasión desbarrancada para intervenir el mundo
guiados por cualquier voz de mando...
Y el sabor de las cortezas del amazonas?
los té de la india?
el parquímetro...?
tantas cosas hermosas que no emiten juicios
y prevalecen
con el tiempo prevalecen
mejoran como el vino
y a cada paso van aumentando su silencio
evolucionan y emiten voto
porque sí
SI
porque sí
SI
y yo, que aun no vi a las mejores mentes de mi generación desesperadas,
pienso que está por venir
mi aullido argentino
mi beat song de prosodia tanguera
mi último aliento
mi último round...
Y marchamos derechito al matadero
de Dresde a Recoleta
mi queso gruyere y yo
a mi estación infinita
donde moriremos
SI
por verle a los demás la espalda...

martes, 8 de junio de 2010

Árbol


Me llamaban árbol, y como tal estaba en pie. Me asediaban los vientos y la lluvia, se subían sobre mí aves extrañas. El sol, a veces, preguntaba cómo andaba de salud: “cuidate, che vos, viejo”, me decía. Qué manera de cuidarme la del sol. Siempre ahí.
Durante el otoño, contra lo que todo el mundo cree, yo salía a las calles de mi barrio a recorrer desnudo la ciudad. Me veían pasar con mi impudicia y susurraban vituperios por lo bajo. Pero no me importaban los decires de la gente, ¡si la desnudez no insulta a nadie!
Todas las tardes del invierno llovía. Sí que eran épocas duras: apenas alguna hojita protectora y la tormenta azotando sin tregua. Mas como nadie es hijo de su madre sino de la naturaleza, yo no era víctima del agua sino del bienestar del suelo. Lo que de dolor sentía, de saciedad gozaban mis raíces.
Pero un día entendí que iba a morir, podrían pasar cientos de años, pero un día iba a morir. Entonces empecé a cortejar a cuanta planta o pétalo veía, diciendo los versos más hermosos que podrían decirse. Entonces empecé a seducir a puro encanto. Y entonces mis ramas volviéronse flor. Sin importar si era invierno u otoño, mis ramas florecían como sueños. Hasta que la conocí, bendita regadera de ilusiones, y el sol se fue. Era flaca como un lienzo y refinada como el carmín. Me enredaba desde el tronco (ese era su talento), y obligaba a unas cosquillas de las que mi sabia nunca supo. Abrigaba y besaba, era calor. Un constante abrazo, enredadera mía.
Sin embargo nada dura demasiado cuando se vive cientos de años. Con el tiempo se fue ella, aun estando en mí, en busca de nuevos árboles. Y fue mía y del sauce y del algarrobo y del rosal. Fue más tarde del roble, de la acacia y del arce. No quedó nada más allá de su presencia. Le hablaba y no me escuchaba, ciega en ese afán de conquistar al mundo.
-Si entendieras de una vez, que poco hago con tu amor de compromiso…
Y nada. El que mucho abarca poco aprieta y es sordo. Mata por querer. Duele. Y en esa torpe enredadera de ilusiones incumplidas, un día elegí morir….
En eso estoy ahora, cantando a la sombra de alguna parra este testimonio testamento. Ya no me quiere, pero cuánto me quiso… Tal vez se vuelva viento al enterarse que me fui.

domingo, 6 de junio de 2010

jueves, 20 de mayo de 2010

Uno Es Tres

¿Alguien notó, en un resquicio de su desencanto, que la extenuación se vuelve angustia?
Cuando la casa está sola y fría y no hay tiempo más que para dormir (ni limpiarla ni ensuciarla), la extenuación se vuelve angustia.

jueves, 13 de mayo de 2010

Sueños

Sueño que corrés entre serpientes
no te muerden, te miran pasar
atónitas por tu indiferencia
por tu manera de correr como si nada te afectara
y seguís ahí con tus zancadas de cornisa
jugando a que no existe el vértigo
no existe el veneno
corrés y reís como una sombra infantil
deshojando puerilidad
a los saltos entre serpientes
sin miedo
Invulnerable…

Entonces despierto
y te veo ahí
al final de mi cama
sobre una mesa
sos una foto.

Vuelvo a dormirme
sueño
juntos lanzamos palabras al vacío
palabras a perpetuidad
mensajes sin sentido que lo significan todo
blasfemias y galimatías
versos y retruécanos
sonetos
onomatopeyas
sonidos que arriesgan nuestras voces.
Estamos de la mano
siento tus dedos
sueño (lo sé) y siento tus dedos
están fríos.
Quiero despertar y verte
en carne y hueso
verte dormir mientras te miro
hipnotizado
tu cuerpo se mueve con tanta gracia cuando dormís
me acuerdo
¿te acordás?
Alguna vez soñé que me querías
y al abrir los ojos ahí estabas
me mirabas
y después desayunábamos…

Despierto otra vez
los ciclos del sueño son atroces
espero al alba
pienso en vos y en mis sueños.
Con el día llega el ajetreo
la distracción
y procuro cansarme
(subiendo y bajando escaleras procuro cansarme).
Tal vez al volver la noche
extenuado
pueda dormir sin más.

miércoles, 12 de mayo de 2010

En un bar

I

El fondo helado del vacío
en copa
de vidrio y de naranja
ya fajinada por labios
sudada tiembla
siguiendo el compás de la mesa trunca
que es su tierra firme
y a veces
sufre terremotos
levísimos y efímeros
que mueren
hacia arriba
cuando la superficie helada
uniforme
del estanque de mi copa
vibra
y susurra así
que no hay fondo
siempre y cuando
quede el hielo.

II

Luego está la chica
pañuelo violeta en la cabeza
seda
resaltador juvenil
de ida y vuelta
presuroso
sinónimo de “mirá”
“acá estuve”, “acá volvé”.
Medialuna en la derecha
luego en la boca
y ya no hay tal
media luna
bajo el techo toldo del bar
en que ella
de pollera a flores
estudia en fotocopias blanco y negro
que colorea de amarillo
y sumerge en humo
de cigarro
cigarrillo
en un velo
con punta de fuego
va cayendo lánguidamente
en el cementerio de cenizas
donde ella otra vez
deposita su don de usar y crear
con el café en la mesa
las uñas de azul
y cara
tan diáfana
tan nítida
a mí
sentado en la otra mesa.

lunes, 10 de mayo de 2010

Suprarealidad

Ante una mujer de fuego,
una mujer madera,
o una sombra violácea parecida a la sangre
tiemblo de temor,
de ganas de perfumarme,
o del reverso de una luz fiel.
Ante una muestra curvilínea,
una recta sinuosa,
o un infinitos puntos apetecibles
gimo de mordazas,
de esas ganas de perfumarme,
o del verso del sueño fiel.
Ante una mujer furor,
una mujer de tal,
o una especie parecida a cualquier cosa
nueva,
me entrecruzo los dientes y los labios.

Sólo una cosa es clara
La carne elije llenarse de gusanos.

viernes, 7 de mayo de 2010

Los deberes del poeta

Hay que leer poesía
tres o cuatro veces
y ser un cascarón de fósforo
encendido a la rastra
inflamable
a temperatura ambiente
cuando en el mundo
se habla de deberes

miércoles, 5 de mayo de 2010

El que busca....

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Encuentra...



Primero la magia, depsués la realidad

lunes, 3 de mayo de 2010

"Primero la magia, después la realidad"

Felicidad pura. Travesía, pistas, frustración... Y al fin, felicidad pura.
Primero la magia, después la realidad.

viernes, 30 de abril de 2010

sábado, 24 de abril de 2010

Últimos instantes de mi primera vida

El nido vacío es recíproco. Me amarga tenazmente dejar de verlo todo. Cada rincón de polvo estacionado se extingue. Poco va quedando de aquel refugio. Mi casa ya no es mi casa, apenas mi cuarto parece pertenecerme un tanto. Ápice: “eres cada solitario instante”. Las fotos que antes me evocaban niño, que suplían la memoria de una infancia, hoy me reemplazan completamente. Soy en esas fotos o no soy, si es que ser es estar.
Vuelvo a oír el despertador y veo la luz que, esta vez, atraviesa otros obstáculos. Sortea las cajas que contienen la parte accesoria de mi vida, baña los estantes vacíos y llega a mí. Es mi último amanecer en esta sombra. Siento el polvo… me pregunto si se quedará acá o vendrá conmigo.
Busco mis constantes, los anaqueles con libros, las pilas de discos desordenados, mi decoración ecléctica juvenil, la ropa tirada en el piso. Entonces vuelvo a recordar las horas de los días previos y me veo guardándolo todo: las remeras que no uso y llevo conmigo, los adornos ajenos que me gustan, los dos o tres cubiertos necesarios para sobrevivir… Últimamente todo se vuelve enumeración.
Voy a la cocina, atravieso el pasillo que es lavadero y llego. La heladera no depende de mí. Me cercioro y tiemblo, entusiasmado. Prendo la cafetera. De nuevo, es la última vez que muevo esa perilla y espero a que el agua se caliente mientras pongo un vaso de leche en el microonda que nunca elegí. Azúcar mediante, el desayuno postrero transcurre en silencio.
Hojeo el diario, que llega todos los días con rigurosidad y alguien lo paga. Entre tanta parafernalia me detengo en los descuentos, casi automáticamente. Y pienso en que las prioridades son esclavas de la ocasión, y que nadie elije nunca lo que prefiere pensar o hacer, no importa lo que diga Sastre, la realidad siempre se impone al individuo.
Sigo masticando este amanecer final. No hay foto que ilumine más que la mirada empañada de lagañas. Voy dormido por mi finitud, por la finitud de las cosas, de los entornos, y vuelvo a caer en la cuenta de que esa pared de ahí, esa azul corroída, no va a significar más nada. Y tal vez desaparezca.
Ya consumí toda la nostalgia posible. Continuo despertando un poco más. Cargo una caja y veo llegar al camión. Hoy voy a dormir en alguna otra parte, que en un futuro volveré a abandonar. De aquí en más, mi vida será poblar de sentido los rincones gastados (¿o nuevos?) que antes pobló otro. Con el tiempo, confío, la realidad deje de importarme.

lunes, 19 de abril de 2010

Dos alegres novedades


Sobre que soy monotemático, el destino se empeña en darme razones para seguir siéndolo. Hacía dos semanas que no entraba a una librería hasta que hoy, caminando por Florida, recuperé el hábito. A los diez minutos ya tenía $150 menos en la billetera y me acordé por qué estaba evitando las librerías. Puntos a favor del caso, siempre los hay, ¡ya acumulo 479 puntos en mi tarjeta CúspideMax!...
Por más que me ría los que se ríen son ellos: gracias a ese cartoncito pro fidelidad abandoné en gran parte mis compras en las librerías de saldos de Corrientes, que ya no son lo que eran, es cierto, pero aun lo son… No importa, si yo gasto $500 accedo a $50 gratis. Bueno… gratis… digamos: de crédito.
De todos modos no pretendía hacer una defensa de mi consumismo imbécil, ese que me lleva a pasar horas en las salas climatizadas y complementadas con cafecitos Aroma, jugando a que soy un intelectual burgués que está al tanto de las últimas novedades editoriales… No, esa no era mi intención, aunque, mea culpa mediante, sí es cierto que paso horas en ambientes climatizados jugando al intelectual burgués que está al tanto de las novedades editoriales, las cuales examino sentado en la silla esquinera de Aroma tomado un frapuccino trota y mocha plus tentación del verano, o lo que sea.
Sí… más me valdría comprarme clásicos por cinco mangos en Corrientes y pasar el resto del tiempo leyéndolos… Pero bueno, para que llegue la madurez hace falta haber sido un pelotudo.

Volviendo al caso que me compete, las dos alegres novedades (editoriales), son: una nueva antología poética de Nicanor Parra (“Parranda Larga”, Ed. Alfaguara), y una novela inédita de Roberto Bolaño, escrita en el ´89 según parece, (“El tercer Reich”, Ed. Anagrama).
A la antología de Parra me refería al mencionar cierta afición del destino por mantenerme en la vía de los monotemáticos.
Es un recorrido cronológico de su obra cuya selección está librada al gusto y criterio de Elvio Gandolfo, quien se define a sí mismo como un lector y re lector constante de Parra. La crítica formal de la selección o la edición la dejo para críticos más calificados (o crítico pagos por la editorial, lo mismo da). Yo simplemente quería hacer una suerte de brindis lingüístico por esta hermosa novedad llamada poesía. Además, recién hoy duermo con ella. Como a un Orfeo personal voy a abrazar mi nuevo libro pasada la medianoche para que me guíe por el sueño antipoético de quien no mira para atrás. “Y el viajero que mira para atrás/ corre el serio peligro/ de que su sombra no quiera seguirlo”. Parra como Virgilio. Y yo como Parra, artífice de artefactos: las citas son la memoria acomodada, y son caóticas.
Delirium Tremens. Me quedo con la página 336 de la antología:

PRONUNCIANDO TU NOMBRE TE POSEO

no ganas nada con huir de mí
puesto que como dice el título de este poema
pronunciando tu nombre te poseo


Novedad dos.


De Bolaño qué puedo decir. O se eligen las mejores palabras o no se habla. Y todavía no empiezo a leer esta novela que, curiosamente, recién descubren. Supongo que, como Pessoa, Bolaño también tendría algún baúl cerrado que los trabajadores infatigables de ANAGRAMA no habían podido franquear. No obstante, siendo que poco me importa la moral de las editoriales o la pista geológica de los manuscritos, es una novedad que celebro. Porque siempre celebro tener algo más que leer de Bolaño.
En este caso se trata de una novela larga, creo que la más larga después de Los detectives salvajes y 2666, lo cual es alentador, ya que en el escritor chileno mientras más extensa, mejor es la obra. Vale aclarar que si bien la norma me parece precisa, aplica en tanto las dos obras fundamentales del escritor, que son las más largas, son las últimas que escribió, es decir, las que llevó a cabo en su máxima madurez literaria. (También es cierto que entre Los detectives y 2666 escribió pequeñas novelas que, a mi modo de ver, podrían leerse como capítulos perdidos de las dos obras antes mencionadas).
Por esto mismo es que el ser más extensa que Nocturno de Chile o Estrella distante no significa necesariamente que sea mejor. Es una novela escrita a fines de la década del 80, cuando la poética de su prosa aun no había logrado ese vigor que llegó en sus obras fundamentales. Además, la biografía siempre alumbra, aun no sabía de su enfermedad, o aun no la tenía. Y en Bolaño la proximidad de su propia muerte cumple un papel fundamental en su obra.
Qué más da, hablo por boca de ganso. Como dije, todavía no leí la novela y no puedo afirmar ni mu. Además me va a gustar, como en todo fanático: opera más el sentimiento que el juicio.
Ya hablaré con más fundamentos. Llegará el día, oremos, en que aprenda a hablar con fundamentos.

martes, 13 de abril de 2010

Tras el rastro del poeta (1)


Nicanor Parra. Don Nica. Un poeta vivo al que nadie entrevista. No, ya nadie lo entrevista. No obstante, y en defensa de algunos periodistas que deben tenerlo en carpeta, vale aclarar que tiene 96 años. Nació en 1914, mismo año que Cortázar, pero el poeta lo hizo en San Fabián de Alico, cerca de Chillán ("tierra de movimientos"), Chile; y Cortázar en Bruselas, Bélgica. En fin, volvamos a Don Nica, el poeta al que ya nadie entrevista.
Hurgando en el archivo de cierta editorial pude encontrar retazos de reportajes pasados que me permitieron reconstruir partes de su vida sin tener que recurrir a Wikipedia o biografías apócrifas. No es mi intención hacer una cronología completa, sino jugar a la semblanza. Como parte final de este trabajo, el próximo primero de mayo pienso viajar a la tierra del poeta y buscarlo. Con o sin suerte, qué más da…
Es difícil ser preciso en una definición de Nicanor. No solo es poeta, sino también docente (de eso ha vivido toda su vida), y maestro yuyero, medicina que adoptó como propia luego morderse la lengua mientras dormía en Estados Unidos y sólo lograr que la herida cicatrice gracias a un “menjunje de yuyos hechos por la veterana”. La veterana era su madre.
En el año 1949, Parra viaja a Inglaterra y estudia Cosmología en Oxford. En 1968 se suicida su hermana, Violeta Parra, una artista multifacética que expuso su tapicería en el Louvre pero es eminentemente conocida por su guitarra y voz. “Gracias a la vida”, por ejemplo, es un homenaje a cualquiera que la escuche.


Nicanor, amante del amor pero inconstante, se casó al menos seis veces, tiene más hijos que su mano derecha y alguna vez dijo ser parte de una familia de “ocho o nueve hermanos”.
Fue profesor de Física Teórica en la Universidad de Chile, y estaba a cargo de la cátedra de Mecánica Clásica y Relatividad. Para él, Einstein era un poeta.
Recién a los 29 años conoció la poesía de Whitman, en un viaje por Estados Unidos; y a los 36 descubrió la poesía metafísica inglesa: Blake, Keats, T. S. Elliot...
De este Parra se sabe, ante todo, que creó la Antipoesía. Pero no es más (y no es menos) que una vuelta de tuerca a la poesía de hispana de su época. Casi una reenunciación de Wittgenstein: todas las frases del mundo ya han sido construidas, por lo cual resta empezar a destruir, o a construir desde el caos.
Siguiendo esta línea creo los “artefactos”, a los cuales definía mediante ejemplos: “La poesía es el lenguaje del tartamudo”. Son pequeños graffitos, como marcas en El Muro de los Lamentos. “Dime si te molesto con mis lágrimas”
Sigo citando de memoria: “las mariposas son flores en movimiento perpetuo”. Formas breves del decir: lo propuso en los setenta y lo retomaron los creadores de Twitter durante este siglo.
“Nubes. Qué sería de Parra sin ustedes”, escribió haciendo referencia a la humedad, que era lo única que le calmaba el asma. No sé si aun le funcione. Se definió alguna vez como “el campeón de la alergia”, y cuenta que en Lima dio una conferencia sólo para asmáticos. “Y se llenó”.
Vino varias veces a Buenos Aires. Cada vez que habla con un porteño siente que habla con Martín Fierro, aunque su juicio probablemente esté sesgado por la admiración que siente hacia José Hernández. Del mismo modo cree que habla con el Quijote en cada visita a España.
Todo esto, vuelvo a aclarar, lo recopilo de las entrevistas que encuentro de la década de `70, `80 y `90. Tal vez su juicio de hoy le depare otras opiniones. De cualquier forma el tiempo, indefinido como es, ha demostrado que todo es cíclico. Lo que se piensa y se deja de pensar, vuelve a pensarse un tiempo después.
Vivió en Isla Negra (en la costa de Pacífico), a pocos metros de la casa de Pablo Neruda. Cuentan que una vez le preguntaron si él era el poeta más importante de habla hispana. Respondió que le bastaba con ser el poeta más importante de Isla Negra…
De todos modos, contra lo que puede pensarse, era amigo del otro gran poeta chileno. Aunque también se declara “el antipoeta de Neruda”, su antítesis, la cara opuesta a un determinado lenguaje. Y qué no daría yo por haberlos visto expresarse entre ellos.
Dijo en cierta ocasión: “decidí venir a Isla Negra porque mi enemistad con Neruda es real. Ya no lo quiero hermano, como también lo quiero”.
Quienes lo entrevistaron confiesan que es tan difícil e irónico como divertido. No se deja grabar, no deja tomar notas. Es arrogante en la medida que es inteligente, y trata de evitar las preguntas metafísicas. “El único que ha respondido quién era fue Jesucristo (“Soy el que soy”, dijo). Perdón, pero creo que está mal que el escritor hable de sí mismo”.
Hablo yo por él. Nicanor Parra. Poeta. Antipoeta y físico. Profesor de matemática. Hermano de una cantante tremenda y artista en familia de artistas. Tiene 96 años, muchos. Y está vivo. Las pistas me llevan a Las Cruces o Cartagena (en Chile, claro), donde Don Nica, el que dijo que la derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas, el que dijo que los poetas bajaron del Olimpo, vive refugiado del mundo público. Desde ahí lleva la poesía a fojas cero. Desde el anonimato no anónimo de desaparecer, Nicanor Parra dice, como si fuera un artefacto, que la posteridad lo espera en el olvido.







martes, 6 de abril de 2010

lunes, 5 de abril de 2010

Ocaso

Y por primera vez en mi vida, moriría.

Le daría un beso a mi vieja, que, pobre, siempre sospecha que mi enojo es con ella.
A mi viejo le daría otro beso y un abrazo, con él no parece haber cuentas pendientes, pero uno nunca sabe cuán estúpido fue al expresarse esa tarde en quién sabe dónde.
Con mis hermanos no tendría muchos problemas, ellos siempre supieron (tuvieron que haber sabido) que algún día mi corazón llegaría finalmente a pensar y se detendría.
Y a mi abuela no sé. Las gracias son estadísticamente miserables al lado de los tantos consentimientos que recibí. Y los consentimientos muchas veces fueron cultura, a veces chocolate, y otras tantas lecciones para la vida cotidiana.
¿Cómo quedar a mano con la gente que estuvo en nuestra vida? ¿Cómo dejarle claro a la chica aquella, a la única, que hizo todo bien, que convirtió nuestra memoria en nostalgia y pobló de sentido los armarios del pasado?
¿Cómo despedirme de mi abuelo, si es él el que se despide y no me reconoce, en la hora última, tirado en esa cama que no es su cama, tirado en el vaivén de balbuceos finales que nada tienen que ver con sus recuerdos brillantes?

Y yo, por primera vez en mi vida, moriría.

Les dejaría un cuento a mis amigos, o un poema, para que vean que yo también me sentí artista.
A mis jefes los saludaría con respeto, pensando que su labor los va a obligar a olvidarme rápido, tan rápido como yo olvidé el número de teléfono de una desconocido durante un recital de Calamaro.
A Beto, mi portero, le diría “chau”. Y él me diría: “bueno”, alargando la “e” como hace siempre, respondiendo “bueno” ante cualquier palabra que le digan. “Bueno” como ecuación mágica para evitar la hipocresía.
Iría a la librería y gastaría mis pesos restantes en libros, para que mi última compra sea más sensata que la primera y me retrate en el único método que el capitalismo comprende, por medio del consumo.
Me tomaría un café, uno de esos con leche condensada, dulce de leche, chocolate y azúcar, una “bomba”, como dicen, un empacho irónicamente suicida.
Y volvería de vuelta a pensar en mi abuelo, que no se despidió, y lo vería, lo veo... a caballo, al galope, en su hora alta.
Lloraría entonces las últimas gotas de mi ojo seco, y las guardaría en un frasco con el nombre de ella, la única, para que sepa que llorar, para mí, solo era concebible bajo su consuelo.
Y después me iría por Corrientes, hacia el río, pensando en Pessoa o Almafuerte, pensando en Bolaño o en Borges, o tal vez en Bukowski. No lo sé, no puedo saber en quién pensaría. Probablemente en todos y en nadie, y en ella, claro.

Y al fin, por primera vez en mi vida, sería la última vez en mi vida en que podría pensar en morir. Y por primera vez en mi vida, moriría.

domingo, 4 de abril de 2010

Buenos Aires (por Jorge Francisco Isodoro Luis)

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto
será por eso que la quiero tanto.

Jorge Luis Borges

martes, 30 de marzo de 2010

Vivir solo (1)

Una vida que comienza, digamos, a través de una llave.
Este es el primer paso, la primera página definitiva hacia una vida autenticamente mía. Con cierto afán periodístico, con algún aire confesional, acá empieza mi travesía al mundo de la soledad más profunda, más intensa, y con suerte más sana.

Paso Uno: Conociendo el paisaje.

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sábado, 27 de marzo de 2010

De cuando las iniciales son los nombres


Es, cuanto menos, curioso. De una curiosidad leve, digamos transparente (por lo claro), aunque no, más bien fluorescente y burda: bajo el signo de la evidencia. Y dicha peculiaridad, tal vez sea una mera coincidencia, es la siguiente: cuando la editora de estas páginas me comunicó el leit motiv del número presente (este texto fue enviado a la revista DadaMini, cuyos artículos debían inspirarse en la frase “por h o por b”), yo estaba en la pausa de mi lectura vespertina. El libro era un compilado de cuentos de Roberto Bolaño, Putas Asesinas, y luego de leer el segundo cuento decidí chequear mails. Abrí la casilla y leí el mensaje de la susodicha editora. Vaya uno a saber cómo suceden estas cosas, pero por h o por b (la evocación es inevitable) suceden. Contesté el mail con un mensaje algo snob al estilo: “me pondré a urdir una prosa”; me maldije por ese esnobismo espontáneo y volví a mi lectura. Era el turno del tercer cuento: “Últimos atardeceres en la tierra”, y el protagonista de la historia era un tipo llamado, lisa y llanamente, B.
B y el padre de B se iban de vacaciones a Acapulco y B y el padre de B iban a un burdel (dice burdel), andaban en bote, conocían a un lugareño y al final se trenzaban en una pelea (aunque tal vez diga riña). Los siguientes cuentos también tenían como protagonista al tal B, o quizás era otro B, un homónimo –singular sin dudas–, escueto y recordable. También desfilan personajes como U, la mujer de U, K, la amiga de K, M, y no sé cuántas letras y afines a la letra más. Pero H, lo que se dice H, no hay ni una.
Evidentemente, en la consideración de Bolaño, el oficio mudo de la letra H vuelve imposible la mutación a nombre. Lo cual no deja de ser absurdo, dado que la H en sí misma, es decir: la Hache, tiene su cuerpo, su sonido y su gramaje. De hecho, mi Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana (Joan Corominas), define Hache como: “el nombre de la letra h, del francés hache, y éste del bajo latino hacca, modificación de ach (…)”.
De la b, mi diccionario etimológico no dice nada, pero el de la Real Academia Española señala que puede llamarse b alta o b larga, que funciona como onomatopeya de la oveja (be be o beee beee, según se quiera), y que puede funcionar como un motivo indefinido (ejemplo: por h o por b).
Queda escrito, soy un pésimo lingüista.
Volviendo a la indiferencia alfabética de Bolaño, no es improbable que el escritor estuviera reservando el bonito arco de rugby para una metáfora perfecta al bautizar H a un personaje sordo o mudo o rugbier. Así entonces reserva la B para personajes suaves y destina la V para los ciegos (en una grosera ironía), y la C para los cultos y la Y para los inclusivos y la T para los amantes del ritual inglés. Las posibilidades son múltiples y acaban donde, por h (de hartazgo) o por b (de bendición), se impone el tedio, la obviedad o la falta de tinta.

viernes, 26 de marzo de 2010

jueves, 25 de marzo de 2010

Morfina

El mundo es una confusión de voces
más que el mundo
el universo
un conglomerado fatal
pero dulce
al final
tan dulce como el terror
o más.
Estamos tan solos después de todo…
Y el mar acerca bramidos y hace como si nada
como si fuera fácil vivir en la ausencia.
La naturaleza es sabia por no sentir.
Las rocas suenan a ruido y la lluvia, musical, ya no sucede en el pasado.
Ahora: el viento,
el verdadero viento,
que mueve las agujas y las horas
trae susurros
lo sabe mejor que yo
dice cosas que se dicen para calmar el ánimo
y por fin lo entiendo:
No es un horror vivir en lo sucesivo
No hay que ocultarse o que huir
Ni sentirse amenazado por las pequeñas magias inútiles.
Dice el viento, jugando a ser sajón,
“quítenme todo, menos lo superfluo”,
hay que elegir el almuerzo,
dejarse llevar por la nimiedad,
y verse subsistir a la muerte.
Se puede después de todo
con memoria ciega
seguir queriendo y viviendo
seguir así
con la ventolada
siendo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Días de gloria de Petro Barkas

La noche tibia y gélida, marcada por el ritmo de la transpiración y el frío, en que Petro Barkas se despertó luego de una larga pesadilla, fue la misma noche en que los astros confirmaron su condición de influencia dudosa.
La pesadilla fue una sucesión de imágenes entre solariegas y violentas, enfrascadas en un cuadrado negro, oscuro, en donde sólo se oía un zumbido y el grito de terror de un perro, romántico y cursi, que moría joven y desencantado. Petro Barkas, como suele ocurrir en los sueños, era el protagonista. Cuando abrió los ojos de lo onírico, mientras los del cuerpo se cerraban y la vigilia se esfumaba como empujada por un vendaval, se descubrió parado en medio de un desierto. A su derecha, lejano, divisó un poste que bien podría ser de luz o de teléfono. Se dirigió hacia ahí y descubrió sus pies descalzos y el suelo hecho de vidrios. Tras un respingo quedó inmóvil, y recién entonces comenzó a sentir el dolor que antes no había. Quedó paralizado tres minutos y luego elevó el pie derecho, de golpe todo el peso del cuerpo se depositó en el izquierdo y Petro Barkas gritó de dolor. Apoyó el que antes flotaba y movió el izquierdo, siempre hacia adelante, como si cada paso fuera un verdadero avance y un verdadero sacrificio. Los ojos en el poste, resguardados del terror del piso. Ochentaidós pasos bastaron para aplacar la distancia, y apenas Petro pudo tocar el poste, éste desapareció, dejando a la luz un escenario rojo y depositándolo a él en medio de un teatro vacío. Sus pies, perfectamente sanos, eran más grandes de lo normal y estaban apretados al suave frío del escenario. Desde el fondo de la sala se escuchaba un lamento que sonaba a súplica y a despedida de carácter animal. Otra vez, Petro Barkas fue en busca del estímulo. Pasó las filas de butacas como quien atraviesa un campo de batalla estéril, un lugar en donde hace años, veinte tal vez, hubo una guerra y personas arrastrándose; pero donde ya no queda nada, y ni la tierra recuerda. Al llegar al fondo vio a un perro marrón, flaco, con las costillas marcadas, tirado en el piso y con la vista fija en los ojos de Petro Barkas. El zumbido, vuelto letanía, comenzó a tomar cadencia musical, de tango o de candombe, no importa, ritmo pautado y viciado de instrumentos. Sobre las piernas del perro crecían corrientes de hormigas, millones, y a cada segundo los insectos iban haciéndose más dueños del animal, transformándolo en hormiguero y apagando –a la vez que provocaban– su lentísima agonía.
Quiso ayudarlo, Petro, pero así como movió su mano, movió también el espacio. Y sintió que en algo lo ayudó. En cuanto a él, apareció arrodillado frente a un altar de algas. Una cruz equilátera colgaba en el aire, apoyada en nada, y a su vez sobre ella colgaba otra cruz, con otra cruz dentro que también poseía una cruz. Estaba arrodillado sobre granos de maíz cocidos, y en vez de funcionar con pinches oficiaban de colchón. En la cabeza un pañuelo de seda, y al frente el altar verde de alga. Paredes negras, sin ventanas ni puertas. La luz salía de la nariz de Petro, rebotaba en el maíz e iluminaba la cruz y el altar. Pasaron más de diez minutos de meditación silenciosa cuando desde abajo del maíz comenzaron a surgir las hormigas con el olor fétido del perro ya muerto hacía años. Trepaban por las rodillas de Petro, que sólo atinaba a cerrar los ojos y a orar palabras que nunca más repetiría. Sonó entonces un tambor y todo se volvió nube color ocre. El aire, alto, entró a su organismo. Minúsculas partículas de óxido se hicieron cuerpo en las entrañas de Petro y avanzaron a su corazón al compás de un ladrido que parecía rezar la palabra tromba.
Un segundo antes del ataque cardíaco, del casi real ataque cardíaco, despertó Petro Barkas sudoroso en su cama. No tuvo siquiera sospechas de la enorme proximidad que alcanzó y perdió la entidad de su muerte. Simplemente despertó con el cuerpo casi hundido en sus propios líquidos y se dirigió al baño. Prendió el agua fría y tras el primer golpe fresco recordó el modo de caminar de las hormigas. Instintivamente miró a sus rodillas y tras verlas en perfecto estado sonrió. Eran las ocho y cuarto de la mañana en la ciudad de Buenos Aires, era invierno y hacía frío. Petro buscó el diario, preparó un café y, tras dejar el diario en la mesa, abrió un libro. A las ocho y media pasadas sonó el teléfono.
-¿Quién habla? –dijo Petro.
-Soy Julián –respondió la voz del otro lado.
-¿Cómo andás, Julián?
-Bien, ¿y vos?, ¿nervioso?
-Algo, algo.
-Bueno, suerte con eso. Estoy seguro que ésta es la tuya. Manteneme al tanto ¡eh!, no seas otario.
-Claro, claro. Estamos al habla –dijo Petro, y cortó el teléfono.
Apuró el café, cerró el libro y se dirigió, diario en mano, directo al inodoro.
A los doce minutos estaba sentado frente al escritorio releyendo algunos de sus papeles. Hizo nueve correcciones en color rojo, subrayo tres frases con verde y tachó al menos cinco párrafos. Después volvió a leer todo nuevamente y tachó dos de las frases subrayadas con verde. Pasadas las cuatro horas de trabajo se acostó en el sillón de cuero de la sala y quedó mirando al techo. Una pequeña vibración en la ventana lo preocupó y pensó que tal vez debería ajustar o cambiar el vidrio. Pestañeando varias veces, como quien intenta provocarse un mareo visual, Petro perdió la nitidez de su vista. El sueño, otra vez, se adueñó de la conciencia.
Apareció en medio de una jungla vestido de policía. En su mano derecha llevaba una cachiporra y el viento en su cabeza le confirmó que no vestía gorra. Por instinto caminó y, aun en sueños, pensó que los pasos son más largos cuando se dan para atrás. De pronto llegó a un claro y entre árboles vislumbró un gran pastel de casamiento decorado con guirnaldas fosforescentes y juncos de plástico. A un metro había un muérdago con una mujer debajo. Estaba desnuda y era hermosa, eso pensó Petro, y tenía el pelo como líneas de fuego y la piel con olor a sandía. Se acercó a ella y la olió, aunque ya sabía la sensación que iba a encontrar. Casi de manera imperceptible, como jugando al Reiki, Petro arrimó su mejilla derecha al muslo izquierdo de la mujer y fue subiendo la cara por la espalda. Respiraba susurros, pequeñas ondas de calor que dañaban la estela inmaculada de la escena. Inevitables ráfagas respiradas de deseo. La rodeó con un brazo y la besó en los labios. Introdujo su lengua dentro de la boca de ella y cuando sintió su miembro duro dentro del pantalón se alejó, repentinamente enfurecido, e intentó golpearla con la cachiporra. Sólo alcanzó al aire. Un minuto después bailaba enajenado en la punta de una pirámide y gritaba: hoy es el día, hoy es el día. Alrededor flameaban banderas piratas con la cara de Petro en lugar de calaveras, y trescientos marineros vociferaban su apellido desencajados: Barkas, Barkas.
La lluvia para ese momento estaba presente y Petro zapateaba en un charco en una esquina céntrica y anónima de Buenos Aires. Un estruendo cambió la lluvia por sangre y lo despertó de su siesta. Tenía el pantalón húmedo en la entrepierna y el pelo desprolijo.
Sin sobresaltarse tomó una libreta que guardaba en el bolsillo de la camisa y anotó con lápiz negro: “lluvias de sangre alientan la danza”. Preparó otro café y buscó el diario. Nuevamente leyó las noticias sin interés hasta que se topó con el título: “Científico asegura que las estrellas son reflejos de dioses que existieron hace miles de años”. Leyó. Un astrólogo marplatense aseguraba que ya no había estrellas, que existieron y además regían el universo, pero que, como los dinosaurios, se extinguieron y en vez de dejar huesos en la tierra dejaron retratos, reflejos en el cielo. Ilusiones que testamenten un reinado. Petro buscó su libreta nuevamente y anotó: “astrólogo de método romántico, los géneros traspasan las disciplinas”. Se puso de pie y buscó el teléfono.
Al quinto tono una voz de mujer contestó: hola.
-Hola Estela, soy Petro.
-Petro, cómo andas. ¿Nervioso?
-Algo, para qué te voy a mentir.
-Y… es entendible.
-Sí. Me voy ahora a la fundación a ver si publicaron la lista de ganadores, ya es hora.
-¿Querés que te acompañe? Es un momento tan importante que debés querer compartirlo, imagino.
-Me gustaría, sin dudas. Pero prefiero ir solo, me gusta tomarme mi tiempo, procesar las cosas. Ya te llamo yo con las novedades, ¿te parece?
-Dale, si es lo que preferís. Suerte con eso… ¡algo me dice que hoy sí, eh! ¡Comienza tu camino al canon!
-Bueno, bueno, gracias. Ya veremos. Te dejo que estoy un tanto ansioso.
Colgó el teléfono y fue directo al baño. Se sacó la ropa, tiró el pantalón en una canasta y entró bajo la ducha. Primero se humedeció la cabeza, luego el pecho y finalmente todo el cuerpo. El agua y él y el espacio, eso pensó. Cerraba los ojos y sentía un extraño sopor optimista, aunque muy lejos del sueño, una ensoñación mojada y feliz. Se lavó la cabeza y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Minutos después ya estaba listo. Traje beige, zapatos marrones y camisa celeste. De corbata ni hablar: “los escritores escriben las corbatas, no las usan”, pensaba Petro.
Ya en la calle extendió una mano, paró un taxi y se dirigió directo a Hipólito Yrigoyen al mil seiscientos. Pagó el trayecto, le dijo al taxista que se quedara con el cambio y subió las escalares sorteando de dos en dos los peldaños. En el cuarto piso volvió a cerrar los ojos y recordó el sonido categórico y musical de los marineros de su sueño: Barkas, Barkas…
Dispuesto, avanzó por el pasillo y atravesó el salón hasta la última pared. Una cartulina decía: “Autores Premiados”.
Su nombre, se aseguró, no estaba en la lista.

jueves, 18 de marzo de 2010

Advertencia a mi mismo

Va a haber días terribles
días no tan malos
y días que sean solo días.
Va a haber gotas que caigan tras más gotas
y va a haber espasmos toscos con sangre CrisTALINA.
Va a haber noches como flechas
y tardes en las que camine por la cuadra de tu casa buscándote
va a haber teléfonos mudos y señales de humo
va a haber sombra
la trabajosa sombra
y después apenas va a haber luz y va a volver la sombra
mojada y negra
como un charco espejado
en donde está tu cara y tu cara grita
un grito desesperado y firme
una orden alemana que signifique: "alejate"
una voz incomprensible en chino que repita: "nunca más"
como un cuervo políglota
un cuervo hermoso por otra parte
aunque cruel, claro, tan diáfano como la verdad.
Y entonces voy a entender
en un tosco inglés británico
que tu amor era acostumbramiento
por un lado
y que luego van a quedar sus resquicios
y los días en los que va a haber
caras sin forma
sinsentidos universales
relojes, muchísimos relojes,
y calendarios y muerte.
Y yo, sea lo que sea que vaya a haber
seguiré acá
en la sombra
desangrándome infatigablemente.

domingo, 14 de marzo de 2010

Domingo

Y así desesperado tal vez acaso quizá pueda. Así de a poco adrede abierto. Así embebido ebrio emancipado. Y luego cortado a la mitad en trozos de esperma acuoso verde soso. Hecho de polvos y hechos. Con y sin pruebas de mi identidad. Así tirado al pasto azul al hielo al suelo despejado que se calla tras caer caerse encima mío o encima de quien no puede recibir peso. ¿Encima de quién? ¿De quién? Disparen apunten fuego. Ya murió dos pasos antes con el primer grito. ¿Encima de quién? Salí corré salí. Garganta. Salí corré salí. El ojo está seco está rojo está cojo tuerto y mudo. El ojo que no llora no habla ¿y el silencio vale más que mil palabras? No me pronuncio, no me nombro, no me existo. Si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro. Todavía no volví a ser individuo. ¿Y el silencio vale más que mil palabras?

Voy después, bastante lejos, y descubro que callar es una guerra.

viernes, 12 de marzo de 2010

Declaración de admiración (o una sumisa resignación)

Me parece verlo todavía
un hombre al que nunca vi
en realidad
un poeta al que lei antes de saludar
y al que saludé leyendo.
Un poeta
latinoamericano por cierto
que vive en Europa y en Méjico
y está muerto.
Un poeta al que copian los jóvenes
y que dice cosas que hacen pensar a los árboles
porque los árboles escuchan sin adjetivos
porque los árboles saben que el conocimiento
está en las historias
que ven pasar cada día.
Un emblema y un libro
una mochila gastada y la espalda con dos marcas rojas
la piel irritada
y los músculos de la tenacidad
entrenados por cansancio.
Un hombre
con sangre india o gallega
un poeta latinoamericano
lejos y cerca
de los poetas y de los otros
del continente y los mares
una mano que sabe de letras y estaciones
y piensa
al final del día
que es imposible
si se quiere
que pueda suceder lo imposible:
volver a la vida y ser detective de homicidios
para ir a la escena del crimen sin temor a los fantasmas
ni al dolor
ni a la oscuridad
ni a la melancolía ni a las ausencias.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las cosas

Cada una de mis uñas
Cada uno de mis pasos
Cada una de mis mentiras
Los muebles, los cordones
Las guitarras, las tranqueras
Las canciones pop y la música
El tango
Los cuadros de otro, los alambres
La imaginación débil de los muertos
La cúpula que vi un verano en San Luis.

Cada sombra que confundo con un hombre
Cada insulto proferido por contagio
Cada cita de Quevedo o de Unamuno
Cada hombro dislocado
Cada función de esa obra en Buenos Aires
Cada libro con la página mordida
Cada traducción de la palabra schuhlöffel
El candelabro de bronce con un rayón en la base
La araña que fue de una abuela y después de otra antes que mía
La campera de cuero que no uso por pudor
El portero eléctrico de la chica de los quince.

Cada mínima aproximación a cualquier parte
Cada minúscula asociación libre
Se vuelve excusa
Para acordarme.

domingo, 7 de marzo de 2010

A todo volverlo triste (escupitajo incorregido)

Las letras van al vuelo como si fueran corsarios
Buscan en la sombra un beso de otro tiempo
Me llaman y me nombran y yo no soy su dueño
-casi no soy nada, apenas me entiendo muerto-
Habiendo perdido tanto ya no poseo ni un sueño.
Entonces se retuercen, huérfanas, las letras
Y hacen de mi canto una suerte de conjuro
El dolor se esconde en las onomatopeyas
Y mi nombre, de vuelta, se pierde por lo oscuro.

Puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Crece en carne viva la ausencia de cierta chica
Y puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Yo que fui, iluso, soldado del optimismo
Hoy puedo mirarlo todo y a todo volverlo triste.
Corrí por pasto mojado y sentí que el agua era amiga
Y bailé por el amazonas para creerme anaconda.
De qué sirve, ahora, tanto lustre de energía
Si hoy todo se vuelve triste de solo estar en mi vida.
La quise y la quiero y la querré aun todavía
Como en todo llorar de ausencias siempre hay magia femenina
La quise, la querré y todo el tiempo
El aun y el todavía
Es cómplice de mi llanto
Si es que lloró todavía.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Coqueto

Una brújula que respira mal
sin tiempo en coordenadas informes
atraviesa el lumpen espacio de tierra
de una plaza emplazada en balde
de arena superpuesta
de hierro fundido
en la cáscara tosca de un pantalón azul
ríspido como molino
ajustado justo en lo injusto de un injurio
con sangre y terremotos
mentales y remotos
a la mañana gris
reis
de lluvia y sueño
y sos vos
el que lee, el que se apropia
la persona mona que se adorna
para ser niño de bien
y morir en el invento

lunes, 22 de febrero de 2010

NO ME GUSTA KLOSTERBOER, por EJB



¿Qué le vieron? Posta, muchachos. ¿Es para tanto? Sí: está mejor que mi tía. Sí: se la empernaron varios con chapa. Pero... pará. La sonrisa siempre a medio sonreír. Busto, cuanto mucho, reglamentario. Piernas ahí, bien, tampoco la pavada. Retaguardia magra, lejos de las proporciones ciriescas que relamente te vuelan la zabeca. Voz de galletita de agua sin sal. No parece guarra. No cambia el look. No tira frases picantes. No se maquilla. En definitiva, no sin temor de ser vituperado, me animo a vociferar: ¡terminemos con la mentira de Marcela Kloosterboer! Viene y te encara y sí, ¿quién no le da hasta pasado mañana? Pero no, viejo, antes tengo varias en la lista. Y no me vengan con eso de mamá te presento a mi novia y con ésta sí me caso y le hago un hijo por año. Mentira. Acá se habla de quién está más buena y este país, floreciente en sus viñedos, orgulloso de la birome y el colectivo, sacapecho de su carne de exportación y –acá viene la posta-- quiero vale cuatro cuando hablamos de minas que se parten en mil pedazos, no puede considerar a Marcelita como Nº 1. ¡El país de la Coca Sarli y Tita Merello, muchachos! Estamos mal. Como país. Y viene Bublé, chorea lo que hay, y no lo cagamos a palos. Qué lo parió.

martes, 16 de febrero de 2010

Salido de una ficción real con sabor a letanía durante la tarde lluviosa de una persona perdida

Es raro. Estoy vivo. En verdad no tuve el riesgo de perder la vida. Quizás. Pero fue raro. Y estoy vivo. Y cansado. Y desde hace días siento que recién salí del camino del Inca. Escribo, digamos, para salvarme de la angustia que sé que va a venir. Todavía no lloré, y no creo que lo haga, pero contar cómo fue una parte de la travesía puede rescatar del olvido al miedo y a la suerte que tuvimos.

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Era tarde cuando escribí esto, serían las dos de la mañana. Tenía las manos de un extraño color amarillento, como el color de la tierra que se había instalado en mis uñas y en mi pelo. Hacía cuatro días que no me bañaba y los pies ya me advertían de varias ampollas por salir. Acababa de llegar a Cusco desde Ollantaytambo y casi no entendía esto de escribir en computadora (tan habitual anteriormente). Estaba agotado. Pero feliz. Entonces escribí esta crónica de mi supervivencia.
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Me encantaría decir que llegué de Machu Picchu, pero nunca alcancé el santuario. La tragedia se desató antes. ¿La tragedia? No sé. Los hechos fortuitos de la naturaleza, que acá llaman Pachamama. Pasado en limpio: el domingo 24 de enero, tras intensas lluvias en la zona del valle sagrado de Machu Picchu (y en toda el área de Cusco), los ríos Urubamba y Vilcanota, entre muchísimos otros, crecieron enormemente y empezaron a corroer las paredes barrosas del valle. La primera víctima fue la vía del tren, después las montañas en sí, que comenzaron a sufrir derrumbes, y para el final del lunes 25 ya había dos personas muertas: una chica argentina de 23 años y un guía peruano. Además, miles de turistas varados en Aguas Calientes y otros tantos en la mitad del camino del Inca. Entre ellos yo, que viajé a Perú junto con mi amigo Gastón Bourdieu para conocer el mítico santuario incaico, ese “centro de energía”, maravilla del mundo, al que no se puede dejar de ir. Y así fue, fuimos, fuimos yendo digamos, hicimos el intento. Empezamos la caminata el mismo domingo 24 sin saber qué estaba sucediendo. Caminamos 11 kilómetros, dormimos. El lunes nos despertamos a las 5 y reemprendimos la marcha, 13 kilómetros, todos en subida, hasta llegar a 4250 metros, descender hasta 3600 y volver a acampar. A esa altura falta el aire, los pulmones pierden efectividad y las piernas se entumecen. Pero allí adelante está el objetivo, entonces se sigue. Una vez en el segundo campamento llegó la noticia. “Ha habido un alud, los caminos están cortados y la gente en Machu Picchu no tiene cómo volver porque ya no hay vías férreas y está todo inundado”, las palabras son de Lucio, nuestro guía. Respondimos, creyendo que la inteligencia y la valentía son enemigos, que queríamos seguir. Lo pensó, lo discutió con colegas, y dijo que no, que no le parecía prudente. Además, los porteadores (quienes llevan hasta 25 kilos de equipaje en la espalda) tampoco estaban dispuestos a arriesgarse. Al día siguiente nos despertamos (despertar es un decir, ni dormimos) a las cuatro de la mañana. Lucio se acercó a la carpa del desayuno y, después de ofrecer agua hervida, informó que había dos muertos. Entonces el juego de las vanidades pasó a segundo plano: ya no era llegar o no llegar, sino salir o no salir. Los puentes estaban colapsando. Había derrumbes. Faltaba el agua y la comida. Y estábamos lejos.

Sin más nos pusimos a desandar nuestros pasos. Los 24 kilómetros que habíamos hecho en dos días debían ser atravesados lo antes posible. Volvíamos, cabizbajos, por las mismas rocas que habíamos superado. Pero los puentes no eran los mismos. La mitad de uno ya no estaba (el resto era río). Ayudados por lugareños, lo cruzamos descalzos. Otro puente era aire, y el camino se desviaba hacia la montaña para sortear el precipicio. El río se hacía escuchar. Y a mí no me quedaba más whisky, y llovía, y transpiraba, y aun así corría o trepaba o lo que fuera necesario. Había que alcanzar el kilómetro 82, la entrada, el puente principal que todavía no caía, nuestro oasis. Finalmente los trece integrantes del grupo (8 argentinos, 2 suizas y 3 brasileros), y los tres guías (Lucio, María y John), llegamos a la meta. Pero las noticias no eran mejores. Ahora los pueblos eran los que caían, las casas se iban poco a poco, y entre caos y lluvia, la única esperanza era la esperanza. Sobrevivir era posible, casi hasta fácil, pero verlo todo como testigo cruzaba una línea. En algún momento alguien insultó a la Pachamama, a lo que Lucio respondió que quizás esto no era un castigo, sino un aviso, una manera poco pintoresca de decirnos que no avanzáramos. “La civilización ha ido mejorando las casas, pero no ha mejorado al mismo ritmo a los hombres que habitan en ellas”, escribió el naturalista norteamericano Henry David Thoreau, a quien leí justamente durante una noche de la odisea.
El miércoles 27 al mediodía, después de caminar dos horas por las vías de tren, de hacer trasbordos de un camión de ganado a una combi, de ver al conductor acelerar porque, producto de un nuevo derrumbe, caían piedras en la camioneta; llegamos a Ollantaytambo. Y volvió a existir la civilización, internet, el teléfono, las voces que conocíamos y que, producto del miedo, intentábamos recordar en cada cuesta. Hablé con mi familia, mi amigo con la suya, los demás con los propios y en menos de diez minutos volvieron varias almas a sus cuerpos. Las de las madres, claro.
Mientras tanto la gente en Aguas Calientes sigue varada. Y yo escucho todavía el ruido de los helicópteros que pasan camino al Machu Picchu. No es producto de mi memoria perturbada, es el sonido de los rescates. Dicen que sacan primero a los que tienen plata, y que falta la comida y el agua. Pero después dicen que no. En este caso el periodismo me supera, cuesta saber los datos.
En fin, después de dos días de caminata de ida y dos días de vuelta, acá estoy. Huelga decir que el regreso fue mucho más emocionante que la ida. Los puentes se caían. Las casas se iban. La gente lloraba… Y yo no entendía qué era lo raro.
Con todo el respeto por las víctimas, agradezco estar bien y, si se puede ser resultadista en estos casos, haber pasado sin fatalidades por esta experiencia. Escribe Rodrigo Fresán en su primer libro (“Historia Argentina”), que la gracia del viaje de Moisés hacia la tierra prometida no estaba en llegar, sino en ir… Y yo fui. La historia y la angustia, claro, quedarán para después.


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