jueves, 13 de septiembre de 2007

Insultos a los que no se sienten insultados con estos insultos

Hoy, como tantos otros días, tengo ganas de ser un tanto insolente y molestar. Para satifacer esa hermosa intención existen varias técnicas, como por ejemplo el imaginar encuestas que nadie hizo y, a partir de un resultado falaz y autoritario, sacar conclusiones.

Imagino por lo tanto que la reconocida Universidad de Salamanca, España, confirmó lo que yo tanto temía: vivimos en Springfield, nos reímos de nosotros mismos y ni siquiera nos enteramos. Los estudiantes de publicidad de la universidad mencionada fueron los encargados de idear y llevar a cabo el estudio que derivó en una encuesta inédita.
La consigna a responder por los participantes era “nombrar tres de los momentos más felices de sus vidas”. El total de encuestados ascendía a dos mil personas de todas la edades.
Aunque parezca imposible, sucedió. Más de la mitad de los encuestados mencionaron alguna escena de “Los Simpsons” como momento más divertidos de sus vidas.
Dicha encuesta reavivó las aguas para los detractores de la televisión que se mostraron indignados ante el poder del aparato.
Pero, ¿es, el resultado, realmente producto del predominio de la televisión?, o ¿hay algo detrás? ¿No existe, acaso, algún mérito del programa propiamente dicho?, o ¿todo producto salido de la televisión es accesorio a ella?
Considero las respuestas al caso más que claras. La gente habló de los Simpsons y no de la televisión. Ahora bien, ¿Qué tiene de especial el programa?
Desde el punto de vista estético no varía demasiado de las caricaturas tradicionales, aquí se trata de un grupo de humanos animados de color amarillo, con cuatro dedos en cada mano y dueños de alguna extraña deficiencia.
Siempre en contacto con la actualidad, Los Simpsons evocan a menudo personajes de la vida real elegidos con delicado criterio. Ridiculizan ex-presidentes, descreen de la policía y con frecuencia disocian al pensamiento del personaje, como si fueran ajenos el uno al otro.
Sin dudas, con su ausencia de límites, Los Simpsons han trasgredido los códigos del dibujo animado e incluso los códigos de las críticas sociales tradicionales.
Aquí lo real se presenta con ironía y acidez, con tintes de humor negro y algún gag clásico; dando como resultado reiteradas e incontenibles risas y carcajadas.
Y al final todos somos ellos, la estupidez de Homero no es realmente suya, sino nuestra. Compadecernos del protagonista es compadecernos de nosotros mismos. Pero tan torpes somos que ni siquiera nos damos cuenta.
Me resulta falaz creer que la gente realmente entiende a Los Simpsons porque están hechos con dedicación y calidad (cualidades que no abundan hoy en día); porque es un programa inteligente que describe cuan estúpida es la gente; y porque de entenderlos deberíamos llorar y no reír. Además, si Homero viera Los Simpsons, no los entendería.
Pero a pesar de todo siguen allí, liderando nuestro ranking de momentos graciosos, y eso será tal vez porque no es ficción lo que vemos, sino nuestra propia vida e idiotez.
Hoy todos vemos Los Simpsons y está bien que así sea, ya que entre tantas risas se cuelan mensajes conscientizadores y manuales de uso del mundo en que vivimos, como por ejemplo que veinte dólares compran mucho maní.

4 comentarios:

cuakerboy dijo...

agudo... inteligente... simpsoniano... (a mi cerebro - callate o te asesino con un hisopo)

cuakerboy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
cuakerboy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
claudia dijo...

es asi...
sabés? leyendo esto, me vino a la mente la película Esperando la carroza, en la que cada escena en la que todos moríamos de la risa, yo (y supongo que muchisimos más) se nos rompía el corazón por dentro

una película cruda, real y dramática al extremo, pero hacía que nos riéramos del propio abandono que hacemos con nuestros viejos, de la mentira, del mirar para nosotros mismos, de la decadencia del ser humano... qué se yo

y los simpsons...son geniales! :)

te mando un abrazo