miércoles, 19 de septiembre de 2007

El casco, el campo

Con una intriga nostálgica gire por última vez la llave de la cerradura, que no cedió fácilmente, el pasado no siempre
vuelve de buena gana. Arrastrándola contra el piso, abrí la puerta, pero no entré. Esa decisión aún no estaba tomada.
Después de unos segundos, y empujado por la justificación de un viaje, respiré hondo (como suelo hacer en los momentos previos a las grandes ocasiones), y me adentré en parte de mi infancia.
Di tres pasos dubitativos hasta el centro de la cocina, que aún conservaba esa geografía que recorría mi madre mientras nos preparaba la cena. Mis ojos se abrieron mucho más, involuntariamente. La sorpresa no es una emoción lógica aunque, irónicamente, predecible.
Empujé la puerta que daba al comedor con cierto temor a algún roedor propietario, o quizás un pájaro que se viera acorralado. Crucé la oscura habitación y estuve finalmente en la sala, esa que nos albergaba mientras esperábamos que la comida estuviera lista. Esa que conocía nuestros juegos, la que servía de tablero de tantos “trucos”, “generalas” y “cariocas”, esa, la oscura y tenebrosa, la eternamente desquebrajada, la misma de siempre, aún más antigua. Fue extraño recuperar ese olor a muebles de la abuela, de otra abuela, de la que alguna vez fue abuela también. Recuperar cada rincón donde antes habría de esconderme.
Fue extraño escuchar a los sillones pedirme consuelo, hundidos en su humedad, abandonados como todas las cosas que no pueden perseguirnos y obligarnos a quererlas.
Me di cuenta de todas las cosas que extrañaba sin notarlo y concluí que nadie sabe lo que tuvo hasta que lo recupera, y ese instante minúsculo de reconquista justifica toda perdida.

3 comentarios:

Zoe dijo...

"...nadie sabe lo que tuvo hasta que lo recupera, y ese instante minúsculo de reconquista justifica toda perdida."

Sabias palabras las suyas.
Yo aún espero la reconquista...quizás llegue sola...como su infancia.
excelente relato.

Saludos desde la Clínica.

claudia dijo...

si supieras que yo no puedo recuperar eso en cosas materiales, porque aunque ni yo misma lo crea, yo soy quien lo está enterrando en el nunca más...
yo estoy viviendo en mi casa, en la que nací y en la que debiera tener todas esas cosas que recuperaste, pero yo estoy reciclando, y como mi alma se resiste a tirar, guardo lo más que puedo...
pero la fisonomia de la casa ha cambiado bastante
los recuerdos , dentro de mi
al menos, cuando ya no esté , nadie los tendrá que deshechar

un abrazo

gaston dijo...

has hecho recordar mi infancia,pero no te entendia!!! Y en ese estrepito paso q distes al entrar a la casa entendi q debia valorar mas la vida...gracias juaco; tu amigo Gastòn...