martes, 8 de junio de 2010

Árbol


Me llamaban árbol, y como tal estaba en pie. Me asediaban los vientos y la lluvia, se subían sobre mí aves extrañas. El sol, a veces, preguntaba cómo andaba de salud: “cuidate, che vos, viejo”, me decía. Qué manera de cuidarme la del sol. Siempre ahí.
Durante el otoño, contra lo que todo el mundo cree, yo salía a las calles de mi barrio a recorrer desnudo la ciudad. Me veían pasar con mi impudicia y susurraban vituperios por lo bajo. Pero no me importaban los decires de la gente, ¡si la desnudez no insulta a nadie!
Todas las tardes del invierno llovía. Sí que eran épocas duras: apenas alguna hojita protectora y la tormenta azotando sin tregua. Mas como nadie es hijo de su madre sino de la naturaleza, yo no era víctima del agua sino del bienestar del suelo. Lo que de dolor sentía, de saciedad gozaban mis raíces.
Pero un día entendí que iba a morir, podrían pasar cientos de años, pero un día iba a morir. Entonces empecé a cortejar a cuanta planta o pétalo veía, diciendo los versos más hermosos que podrían decirse. Entonces empecé a seducir a puro encanto. Y entonces mis ramas volviéronse flor. Sin importar si era invierno u otoño, mis ramas florecían como sueños. Hasta que la conocí, bendita regadera de ilusiones, y el sol se fue. Era flaca como un lienzo y refinada como el carmín. Me enredaba desde el tronco (ese era su talento), y obligaba a unas cosquillas de las que mi sabia nunca supo. Abrigaba y besaba, era calor. Un constante abrazo, enredadera mía.
Sin embargo nada dura demasiado cuando se vive cientos de años. Con el tiempo se fue ella, aun estando en mí, en busca de nuevos árboles. Y fue mía y del sauce y del algarrobo y del rosal. Fue más tarde del roble, de la acacia y del arce. No quedó nada más allá de su presencia. Le hablaba y no me escuchaba, ciega en ese afán de conquistar al mundo.
-Si entendieras de una vez, que poco hago con tu amor de compromiso…
Y nada. El que mucho abarca poco aprieta y es sordo. Mata por querer. Duele. Y en esa torpe enredadera de ilusiones incumplidas, un día elegí morir….
En eso estoy ahora, cantando a la sombra de alguna parra este testimonio testamento. Ya no me quiere, pero cuánto me quiso… Tal vez se vuelva viento al enterarse que me fui.

1 comentario:

John Muir dijo...

Alejandro, conmovedor final y encantadora sugerencia-recordatorio.
Nada más que agregar.