martes, 22 de mayo de 2007

Asfalto

Estoy encerrado en mi casa, por donde sea que mire hay paredes, no sólo cuatro, sino varias. Los ladrillos se encuentran, desde que tengo memoria, recubiertos de pinturas antiguas y opacas.
Estoy prisionero con puertas abiertas, si quisiera podría salir pero me falta el valor para enfrentar nuevamente la osadía rutinaria.
Ayer, por nombrar algunos de los días que anteceden, estuve fuera del encierro por horas, desde que salió el sol, hasta que cerré la luz con mi cortina de ensueño.
Ayer llovía y salí a la calle bajo insistentes gotas de agua concebidas para humillarme. Encaré por Uruguay bajo los toldos perforados que no me protegían. En ese afán por no mojarme tuve que esquivar las puntas filosas de los paraguas de mujeres bajitas que no se percataban de estar dejando tuerta a la población. No me siento mal de confesar que las insulté en silencio.
Llegué entonces, sano a pesar de todo, a la esquina de Uruguay y Paraguay donde encontré acurrucado al linyera habitual de quien quiero ser amigo pero no me lo permite, abocado a su silencio. Mientras miraba al mendigo me interrumpió una bocina, dirigida a algún otro, con su sonido penetrante que parecía reclamar que continuara. Uno no puede dejar pasar el tiempo en este atolondramiento cosmopolita. Seguí entonces mi camino por la siempre amplia y amable calle Uruguay, la que sostiene innumerables casas de ropa y edificios gubernamentales con pinturas amarillentas por los años; la de comidas rápidas y café elaborado; la que cruza barrios opuestos y tiempos distantes; la de siempre, que alberga mi encierro y hogar. Toda mi vida fue y será esta calle de Buenos Aires.
Cuando volví en mí, lejos de recuerdos abstractos, estaba ya en el cruce con la avenida Corrientes. Miré a un lado y a otro sabiendo lo que iba a encontrar y no me sorprendí. Allí estaban las librerías usadas, defendiéndose de la lluvia que golpeaba con ruido ahora, con redobles de tambores de asfalto.
Quise dejar entonces Uruguay y caminar por la avenida para llegar a esos libros secos pero no pude. Uruguay me poseía, me ataba sin concesiones mientras la tormenta abarcaba todo el cielo y la tierra. “El aire estaba tan húmedo que un pez podría nadar en él” había advertido Capote.
Resignado a ser una calle giré sobre mi mismo y sentí pisotones marchando sobre mi pecho desgarbado, con baches y poceado. Autos y autos me corrían por el cuerpo impregnándome, impiadosos, a la historia de mi vida. El tránsito era un escalofrío.
Adherido al piso y rendido a mi destino de calle, cerré mis ojos nuevamente, como cada tarde, para despertar hoy en donde siempre, en Uruguay y tantos cruces.
La gente, por su parte, sangra por un ojo desde que comenzó la tormenta. La proliferación de paraguas ha dejado tuerta a la ciudad.

4 comentarios:

Malasombra dijo...

Hermano, desde aca leo tu lluvia. Gracias por la visita. Si tenenmos sinonimos o espejos en los escritos
es porque no sos del Sur ni yo del Centro. Es porque America Latina es nuesta casa. Un abrazo.

cacho de pan dijo...

agradezco esa caminata compartida por calles que conozco muy bien en toda su soledad y desesperanza, calles que no camino hace un montón de años, hace un millón de sueños...no todo el mundo llueve aunque lo parezca, no todo el mundo perece bajo "una pertinaz sequía".

El Analista dijo...

Buena manera de mimetizarse con la ciudad y el estado de animo, en lo particular la soledad y el estar solo no son lo mismo para mí, a mi me gusta la soledad elegida, claro esta y he aprendido a disfrutarla, si tenes curiosidad te paso mi manera de vivrla.
http://leaquelesirve.blogspot.com
/2006/08/slo-yo.html

Gastón Bourdieu dijo...

Estimado Sr. Bennet:

No tan solo es grato el momento de lectura que nos ofrece, sino además, estuvimos en aquella calle tan ponderada por el pueblo de la República Oriental, de la cuál en sus palabras usted nos menciona.
Si es usted quién descansa en Uruguay, le suplico confiese entonces, quién es aquél anónimo oriental que vigila los tesoros cautivos de nuestra Ciudad.

Gastón Bourdieu
Jorge Ziegler