viernes, 31 de julio de 2009

Caído del pelo de Roberto Bolaño


Según la etapa del año, la estación correspondiente al momento de vida, el hombre minimamente sensible se adueña de una obra particular. Mucho adjetivo, cierto. Repaso: dependiendo de nuestro presente, la obra de arte que nos conmueva. Es decir, la obra que nos conmueva; ergo obra de arte. El arte es, sumemos definiciones al montón, el don construido de conmover. Subyace: no hay tal don. Aclara: conmover no supone lágrimas ni espasmos, no necesariamente. Yo me conmuevo desde el pensamiento. Se me presenta una idea, la comprendo o no, la doy vuelta y llego –tal vez– al éxtasis de saber que pronto, ese día y el que viene y el siguiente y el otro ya no voy a poder pensar más que en eso, en esa idea, en ese mundo, en ese repetido –repetido como mis palabras– concepto que flota en el aire y se mete por los poros y llega a las profundidades.
Una de las últimas poesías que dio con ese sistema, propio, corresponde a Roberto Bolaño. Su escritura, en este caso lejos de la mía, es una escritura desesperada. Muchos dicen que era por la cercanía de la muerte, porque el escritor sabía que su destino –como el de todo hombre– iba a llegar más temprano. La diferencia radical de su muerte era la condición de predecible, la fecha aproximada de defunción. Pero su genialidad, y ahora entra mi admiración al ruedo, radicaba en su genio; llano. Digo: su don no necesitaba ser construido, y aun así lo construyó. Vivió para la literatura, y sólo muy poco de la literatura: diez años de cincuenta, matemáticamente injusto. Jorge Herralde, su editor, dice que Bolaño sabía de su importancia en la literatura, “era muy consciente de su lugar”, dijo. Yo no creo que haya existido dicha conciencia, o quizá sí, pero -poniéndome intimista- pienso que no pudo imaginar el espacio de reserva y privilegio que le ofrezco en mi humilde biblioteca. Claro, yo no hago a la importancia; a menos que, como sostiene Pessoa, haya tantos como yo pensando exactamente lo mismo. Y en el idilio en masa surgen los intocables.

Darío Jaramillo dice que el autor de 2666 era un escritor de un solo truco, "dueño de una prosa demasiado simple, de tipo: yo Tarzán, tu chita", agrega Fernando Vallejo (Vallejito). Así lo leen ellos, suponiendo que lo leen, y así lo definen: categóricos.
Bolaño era poeta, mago, creador y amante, dueño de una relación física con sus libros. Y si fuera mago de un solo truco –ítem que ni es preciso refutar, basta con leer su vasta obra (que contiene poemas, cuentos, ensayos, novelas breves, novelas monumentales...)–, ese truco solitario alcanzaría para derrocar a cada uno de los nimios escritores que lo nombran, y a los cuasi grandes, y a los aspirantes y a todos. Un truco que aterriza y vuelve a volar y arrastra todo a su lado y es capaz, incluso, de acribillar sin pausa a las dictaduras que azotaron Latinoamérica… Y caídas las dictaduras –presas de ese truco irrepetible y único, en eso acierta Jaramillo– caída también la obsesión del boom y por el boom latinoamericano.
En fin, las virtudes de Bolaño son muchas y variadas. Para otra ocasión quedará la realización de un trabajo extenso y detallado sobre su figura e importancia. Por lo pronto presento aquel poema, Los Años, que tanto (o tan poco pero tan fuerte) me conmovió y me conmueve.

Los años (Roberto Bolaño)

Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego

en el horizonte

Un muchacho hermoso y valiente

Un poeta latinoamericano

Un perdedor nada preocupado por el dinero

Un hijo de las clases medias

Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat

Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra

Un lector de Enrique Lihn

Un tipo que se enamora locamente

y que al cabo de dos años está solo

pero piensa que no puede ser

que es imposible no acabar reuniéndose

otra vez con ella

Un vagabundo

Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño

que atraviesa puestos fronterizos

hundido en el légamo de su propia pesadilla

Un trabajador de temporada

Un santo selvático

Un poeta latinoamericano lejos de los poetas

latinoamericanos

Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables

y desagradables cada vez más lejos

del punto de partida

Un cuerpo azotado por el viento

Un cuento o una historia que casi todos han olvidado

Un tipo obstinado probablemente de sangre india

criolla o gallega

Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar

el amor en una hora inesperada y terrible

Un lector de poesía

Un extranjero en Europa

Un hombre que pierde el pelo y los dientes

pero no el valor

Como si el valor valiera algo

Como si el valor fuera a devolverle

aquellos lejanos días de México

la juventud perdida y el amor

(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la juventud
pero jamás el amor)

Un tipo con una extraña predisposición

a sobrevivir

Un poeta latinoamericano que al llegar la noche

se echa en su jergón y sueña

Un sueño maravilloso

que atraviesa países y años

Un sueño maravilloso

que atraviesa enfermedades y ausencias

miércoles, 22 de julio de 2009

Una noche bizarra


La ONG Make a Wish organizó una cena de máscaras (Mascarade la llamaron) y yo estuve ahí, no pregunten cómo pero estuve ahí. Fue raro, y lo publico para ver si funciona esto de publicar videos.

Buenos aires cae


Recuerdo un dia en Asia, en Malasia precisamente, en que viajaba en colectivo y tuvimos que detener el viaje por un tronco caído en medio de la ruta. Me acuerdo que pensé: que incivilizados. Parece que todo vuelve, y más cuando vivimos propensos a pensar idioteces.

jueves, 16 de julio de 2009

Condiciones de una boca

Estoy casi muerto y me resisto. La indefinición atroz de los instantes finales. Me resisto a la tempestad de los impulsos. Y a la cadencia triste de las letanías. El silencio no me extraña -diría entonces-, el silencio es lo preciso. La vida mía y dada con mentiras a otros otros no es la vida real de mi centro corolario.
Imágenes del verbo. Vera instancia de suplicio. Callo por el foro mi mudez. Estoy casi muerto y me resisto.
La boca y sus inercias...

jueves, 18 de junio de 2009

Sensato

Y lo descubro así… … … …
Mientras camino
Piso las baldosas y pienso
“en qué estoy pensando”.
Esto es una poesía
Lo supe entre Callao y Riobamba
Con las manos colgando y el cuerpo hacia atrás
Avanzo reclinado
Como algunas vidas
Yo también siento los ruidos de la calle
Y me asusto con los golpes fuertes de aquel camión que siempre está
Cuando piso el paquete de cigarrillos vacío
…
A veces me pregunto en qué estoy pensando
Qué quiero hablar con mi papá que no lo hablo
Qué me llama la atención que no lo veo
¿Soy sólo un tirador de dardos?
¿La palabra precisa y agresiva para lograr la furia?
Creo que soy ciertamente oportuno

lunes, 1 de junio de 2009

Emanafesto

1. Si hay algo que no funciona en literatura es el egocentrismo. Si la estadía no es fuera de uno, la distracción no es provechosa. Hay que ser receptivo del mundo y negador de nuestras ideas. Y así encontrar nuestras ideas. Hay que nacer y morir y nacer. Es cierto.
Y después llegará la eternidad, en el olvido.

2. Hacerle caso a los raptos de insolencia y creer en el resultado es un buen ejercicio. El ejercicio es un buen entrenamiento. El entrenamiento entiende de metas superiores a sí mismo. Prepara para lo que vendrá. Nunca es objetivo, siempre medio. El debate es conocido. Hacerle caso a los raptos de insolencia y creer en el resultado es sano para el mantenimiento del blog, del diario o del chiste. Ergo: el blog, el diario y el chiste son entrenamientos.

3. La decadencia del imperio americano es un nombre pretencioso para una película, por más buena que sea. Así podría llamarse, por ejemplo, un libro de historia.

4. Las lechuzas amarillas pueden enloquecer a cualquiera. Nunca miré a una lechuza real a los ojos, pero siempre se las dibuja inquietantes. Algo han de tener.

5. En poesía sólo existen reyes. Los mediocres somos quienes damos vida a la corona. Y nos contentamos entre nosotros. Los reyes, a su vez, por ser reyes de poesía piensan que son plebe, y se mezclan con nosotros. Y nos confundimos. Y algunos, dados con jolgorio a la confusión, pasan a creerse reyes. Pero las cosas que quedan de manifiesto son sólo las palabras de algún rey.

6. Queda de manifiesto que las mariposas son flores en movimiento perpetuo. (Nicanor Parra)

jueves, 30 de abril de 2009

De los inicios que no escribiría Macedonio, de las formas breves, y de las matemáticas para escritores (o la ironía gastada)

No tiemblo, ni siento escalofríos, ni se me ponen los pelos de punta. La verdad es que no hay una reacción física para la indignación. Sólo la cara poco amistosa de cada uno y el argumento en contra de la imprecisión de turno. El resto es pura pose, metáfora seudopoética para expresar el desacuerdo.
Habiendo dicho eso, las ideas que me irritan:

1) Que los intelectuales con cierto prestigio (por el cual escriben en determinados medios de comunicación culturales) caigan siempre en el obvio comienzo de artículo sobre las nuevas tecnologías. Y escriban, hablando del romance con el libro (el libro como objeto), inicios de nota (entradas) como las siguientes: “En un momento en que la tecnología anuncia una nueva forma de leer –la del libro electrónico que se proyectaría en millones de pantallas-, los objetos cuadrados de papel con letras impresas que conocemos desde la invención de Gutenberg parecen adquirir un sello todavía más humano de lo que fue durante siglos” (Vlady Kociancich, para la guía de La Nación sobre la Feria del Libro). Suficiente. Es un solo ejemplo y si tuviera cierto rigor periodístico podría exponer más casos. Pero no hay tal rigor. Hay tedio. Basta, gente, de darle vueltas al asunto de las nuevas tecnologías. Vivan. Lean. Tiren la cadena del baño (en el cual se vive y se lee), y usen el tipo de libro que se les antoje. Yo uso papel. Y bidet. Y soy feliz así.
2) Las discusiones, las largas ponencias y el fanatismo alrededor de las formas breves. La tan gastada cita del dinosaurio de Monterroso y las mil variaciones que cada aspirante a original le propone al cuento, oración o frase. No me gustan los microrelatos. Me quedan chicos. No con ganas de más, lo cual podría interpretarse como un gesto de creación audaz por parte del autor. No. Me quedan chicos. Los leo y digo: “Ah”. Y a veces agrego: “mirá vos”. Y otras hasta sumo un che: “Ah, mirá vos, che”. No obstante el otro día leí un mini relato (digo mini para no aceptar al “microrelato” como género establecido) de Andrés Neuman. No me quedo chico. Me hizo replantear mi odio, que está más fundado en el fanatismo sobre el tema que en el tema en sí. Se llama “Novela de terror”, y dice: “Me desperté recién afeitado”. Qué decir. Aun no termino de definir si la fuerza está en el título o en la oración. Creo que el uno sin el otro perdería eficacia. Más perdería el título sin el cuento, claro; pero el segundo también necesita de esa contextualización que otorga el primero. En fin, todos los talleres de narrativa aconsejan dar detalles y no enunciar, no dar las ideas explicativamente, sino que se desprendan. Todo eso queda desterrado después “Novela de terror”. La enunciación es la clave que me permite entender lo terrible de la situación. Gracias a lo explicativo, a la aclaración “esto debe dar miedo”, yo siento ese miedo. Y nada de decir: “pero cuán afeitado estabas”, o “¿afeitado a máquina o a navaja?”, “no había cortes”. A veces hay que ignorar a los llamados “profes”. ¡Dios, que feo q a un escritor le digan profe! Yo les digo por el nombre, porque haber, los hay.
3) También me molesta bastante la tendencia esa de decir “Decálogo de tal cosa” y que al final sean 12 preceptos. Ya entendimos la broma. A ver… seamos específicos: hasta… Abelardo Castillo vale, el resto ya es trampa. Cada cual sabe si llegó antes o después de la fecha de inscripción.

martes, 21 de abril de 2009

penas

Entró al baño, cerró la puerta con llave y encendió la luz. Bajó la tabla del inodoro, tiró la cadena por si acaso quedaban restos de desechos, y tras bajar sus pantalones intentó expulsar las entrañas por su esfínter. Al ver sus intenciones irrealizables dejó de hacer fuerza. No quería cagar, ni liberarse de algo que le hubiera caído mal, quería sacarse las entrañas y la memoria de las últimas dos horas de conversación.
Quedó entonces, Alejandro, un rato allí sentado, postrado; sintiendo entrar todo el desencanto de una vida que para algunos es posible y para otros irrealizable. Sintió el dolor de lo que nunca va a suceder y dejó caer los brazos. Entonces, en un gesto romántico y cursi, lloró al menos dos segundos, sin ruido ni espasmos. Habrán sido tres o cuatro lágrimas espesas, y después se levantó junto a sus pantalones bajos.

martes, 24 de marzo de 2009

La plaza

Uno de los pies
-el siniestro-
Sobre el banco de cemento
Estirado todo,
La piel
La pierna
La columna.
Así se explica ella
-la vieja-
El paso de los años,
Con ese dolor suave
que tiempo atrás no sentía.
Hace su ejercicio diario
Y mira las palomas
(también la gente le pasa por delante
Pero prefiere no mirarla).
La vieja
-coqueta ella-
Siente que estirar en Plaza San Martín es elegante.

lunes, 23 de febrero de 2009

El tiempo y otras menudencias...

Tengo sueño. Demasiado. Y estoy desvelado. Para colmo leo una revista, un artículo de Hugo Caligaris sobre el tiempo. Me lo recomendó mi abuela. Salió en la adn Cultura (de La nación) del sábado 21 de febrero.
No sé si es o no es un gran artículo, suelo leer bien predispuesto las cosas que me recomienda mi abuela; no me interesa juzgar. En este caso, que tengo sueño, estoy desvelado y leo, pienso que es raro el tiempo y el aburrimiento. Caligaris dice que quiere aburrirse, pero no como uno se puede aburrir al leer un artículo en una revista científica sobre el funcionamiento del sistema inmune en días de sol, no. Él se quiere aburrirse de que le sobre tanto el tiempo que no sabe qué hacer. Como cuando uno está desvelado y quiere dormir, y no puede, y ni mira el techo porque la luz está apagada, y se para y se sienta y escribe en un blog que está desvelado de sueño. (Yo en realidad estoy en el trabajo, por eso no puedo dar cauce a mi sueño, me obligo a desvelarme y leo artículos).
Decía, Caligaris quiere aburrirse como cuando era un chico. Y mi abuela, que no se aburre porque corre, se habrá sensibilizado por sus ganas de tener horas para desperdiciar, para no usar, para haber perdido. Entonces me recomendó leer el artículo, olvidando que soy militante hiperquinético del hacer. Yo hago. No me puedo aburrir porque siempre voy haciendo cosas y dejando cosas para hacer en un rato, y para después y después. Vivo una especie de agenda que se actualiza constantemente, como una página de internet, como esta misma página que cada ciertos minutos me avisa que se guardó en borrador lo que escribí. Debería existir una especie de blog que, al intentar cargar una entrada, la página va borrando cada 5 minutos lo que se escribe, recordándole al escritor que en realidad es bastante malo. No existiría obra moderna alguna, pero... la gente podría dedicar a aburrirse el tiempo que hoy gasta en leer blogs... y no sería raro que el resultado fuera el mismo...
Alberto Moravia tiene una novela llamada "El aburrimiento". Invito a la gente a leerla. Nada tiene que ver con el manejo del tiempo, pero es muy buena. Es la historia de un hombre, pintor como Moravia, que se obsesiona con una mujer y no puede terminar de entender si Cecilia (la mujer, que es una muchacha en realidad) es o no es venal. No creo que nadie se aburra leyendo la novela, más bien podría pensar: "Es como "El túnel" de Sábato, ¡pero bueno!".
En fin, aburrirse o no, esa es la cuestión. Contar o no contar los segundos. Leer o no leer, supónganse, este artículo.
No lo sé... el tiempo está hecho para que la gente relinche contra él, pero termine mirando su muñeca izquierda.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Una especie de vuelta

Después de larga ausencia, de larga y placentera ausencia, vuelvo al ruedo digital.
Estuve en Chile (no creo que a nadie le importe). Es muy lindo Chile... a veces me dan ganas de escribir sobre sus ciudades. Valparaíso, por ejemplo, ese fantástico Valpo de los poetas, esas subidas y bajadas fértiles para el encanto. Valpo, y la cara se me cubre de suspiros, de ganas de estar allá otra vez.
También estuve en otras partes, cualquier lado es increíble cuando no es propio. Por hoy solo me recibo, me bienvengo e invento palabras de recienvenido.
En fin, espero que los blogs y las calles no se llenen de San Valentín... detesto esa idolatría absurda por el amor comercial. ¡Es catorce de febrero, acordate de que amás a tu novia!...
Voy a buscar versos de Nicanor Parra sobre el tema, seguramente él se burla mejor.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Profeta de lo extraño. Acerca de la extrañeza como motor creativo

No sabría si decir que es una moda porque ya duró más de seis meses. Sin duda los primeros años del siglo XXI tuvieron como interrogante fundamental el por qué de las ideas. Todo escritor joven tuvo que responder alguna vez a la pregunta “qué te inspira”, o “por qué escribís”. Hay una búsqueda desesperada de un motor primario que opere como fuerza creadora. Un motor que puede ser muchos o no ser ninguno.
Lo que sí sabemos es que la literatura se da, y sin certezas de lograrlo, aquí arriesgo algunos motivos.
El psicoanálisis atribuye al polo pulsional la capacidad creativa, el arte para Freud o sus secuaces es una especie de resultado bastardo que aparece como daño colateral (o beneficio colateral) a un proceso del subconsciente. El hombre no crea, sublima.
Desde el lado de la filosofía, siempre obligados a creer que Nietzsche es el dueño de la verdad –la juventud es fácil de engañar-, caemos en afirmaciones que entienden al mito de Dionisio como metáfora perfecta de la fuerza vital del hombre. Claro que esta idea no termina de entenderse postulada de esta forma, pero siendo la filosofía una zona tentadorísima para charlatanes seudo intelectuales (no justamente aquellos a los que critica Bunge), se puede caer en la enunciación liviana. Con afán esclarecedor aporto que esa fuerza vital a la que se refiere Nietzsche es el impulso de vida que reafirma la existencia en tanto uno celebre la posibilidad de ser. Antes de llamarse nihilista, Nietzsche fue un ingenuo feliz, ¿o no?
Musicalmente hablando, el ritmo se sostiene en una matemática exclusiva. La forma de llegar a una pieza o a una canción depende de la musa de turno o del éxtasis que se alcance. La matemática exclusiva se desdibuja en este punto, pero sigue estando detrás de cada nota. “La musa no es una sola musa, ni es una serpiente de muchas cabezas”, canta Calamaro tratando de desmitificar el momento creador, justo antes de seguir su verso con una rima evidente conformada por la palabra cerveza.
Y así infinitas veces. Si no es moda es tendencia. No sé, en los sesentas todo texto rondaba alrededor de cuan comprometidos con la lucha política se estaba, o se escribía realmente bien un cuento que podría llamarse “La muerte y la brújula” y que nada tuviera que ver con el compromiso social.
Así se mueven la ideas, en conjunto. Y yo no puedo, por una cuestión estética casi, sentarme a escribir sobre un tema sin saber por qué llegó ese tema a mi discusión personal. Primero me pregunto por qué he de preguntarme de dónde viene la intención de escribir, de crear. Después, suponiendo que me convence la idea de que es una moda, me hago la pregunta en cuestión: qué me motiva, o qué motiva al escritor, a abrir el Microsoft Word.
Hace algunas semanas, en el ámbito de una clínica de escritura que se realizó en la Villa Ocampo, tuvo lugar una charla con la escritora Anna Kazumi Stahl. La misma tuvo como eje central el tema de la extrañeza y cómo opera ésta en la escritura. Primero habría que definir extrañeza, pero es una palabra tan transparente, tan definida en su ser y en su forma que no lo siento necesario. Apenas puedo mencionar que la extrañeza es acaso una remake del término otredad. Lo ajeno, lo que no pertenece y aún así se aprehende; motivados justamente por el hecho de no poseerlo. El segundo idioma que aprende una persona a los veinte o treinta años, el manejo del Chat para la bis abuela de una persona ya vieja, el sexo para cualquier debutante…
Stahl escribe en español, nació en Estados Unidos y allí se crió, su madre es japonesa y su padre, que ama la arquitectura japonesa, tiene antecedencia alemana. Esa es Stahl, casi una letra de tango, mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizón en el viaje a Venus… y además entiende hablar a los porteños, y habla el castellano de Buenos Aires, pero tal vez no entienda a los españoles. Por si no fuera suficiente extrañeza, cuando le preguntan por algún escritor argentino que le haya llamado la atención no dice Borges de manera automatizada, como pareciera ser el requisito básico del intelectual extranjero que habla para un medio nacional.
Primer peligro: no confunda usted la extrañeza con lo raro. Raro es que un sapo fume en pipa y no lo contrate Marcelo Tinelli para bailar en su programa. La extrañeza en cambio se presenta con la íntima necesidad de abarcar algo ajeno. Es la mirada de quien no entiende pero sabe que en esa falta de comprensión radica casi toda potencialidad reflexiva que ese instante posee.
A esta altura me siento mal de haber escrito el nombre de Tinelli. Léase como una mancha.
Anna Kazumi Stahl utiliza el español para dar vida a personajes lejanos. En “Historia de un Yoshi” se apropia de las confesiones de un hombre (extrañeza original, como si Adán jugara a ser Eva y urdiera las mil cosas que habrá pensado antes de tentarlo con la manzana aquella). No conforme con cambiar el género, estira la edad, el hombre es un viejo en el lecho de muerte. Yendo más lejos aún, lo hace desagradable y soberbio, de una soberbia poética que se consuma en la última frase: “supe amar lo amable”. La escritora, vale aclarar, no tenía un ápice de esa antipatía.
Cual si fuera un gato, pero con más de siete vidas, Anna Kazumi abusa de su curiosidad. Las cosas le llaman la atención y siente el deber de describirlas, mientras que a la vez las crea. Escribir un cuento no es contar un mundo, es terminar con todos los otros mundos que el lector creía ciertos. En ese aspecto Stahl es una terrorista. Mira mucho, demasiado. Se concentra en lo particular de un vaso. Intenta hacer chistes torpemente e igual se ríe. Ella misma es un personaje lleno de extrañezas, acaso de todas esas que fue recolectando por allí. Lo suyo no es multiculturalismo, es inconformismo. Como si le bastara un día para dejar de ver como bizarro eso que conoció hace instantes. No le alcanza nada, salvo Buenos Aires, tal vez.
Oscar Wilde, extraño en su época, decía que amarse a uno mismo es una aventura que dura toda la vida. Anna no parece estar de acuerdo, para ella es como si no existiera un “uno mismo”, porque uno mismo es otros, es lo que tomó de esos otros; de nuevo la otredad pero moderna, alcanzable ahora.
Así es Stahl: múltiple, y encuentra en esas vastísimas posibilidades de ser, la fuerza creativa. Si alguien le pregunta por qué escribe, ella debería responder que lo hace para ir acercando las extrañezas del mundo. Esa es su musa, con más de misión que de musa, que se vuelve mandato y con el tiempo se transforma en temática.
Pienso que Stahl es como Groucho, tiene sus principios, y si no gustan tiene otros. Y de tanta mezcla, de tanta cosa cierta recolectada por ahí, Kazumi podría decir algún día en uno de sus cuentos -en uno que se encuentra consigo misma-, que sus historias “no siempre apócrifas” han hecho de ella una profeta de lo extraño.
Así funciona en ella, pero no sólo así. Pensar en algo es pensar aspectos de eso, nada más. Nos quedamos cortos de apresurados.

martes, 2 de diciembre de 2008

Dos Lluvias

I

Pequeños golpes,
gotas.
El cemento
impermeable
recibe.
El agua cae y rebota:
hacia abajo,
hacia arriba,
hacia abajo,
al charco.
Y golpes en crecimiento,
un tambor,
y los instrumentos del viento,
un rumor.
Las ramas hacen sonar la nada,
¿Suena la nada o suenan las ramas?
No importa,
la lluvia pasa,
la lluvia va.

II

Y en la línea vacía que deja el misticismo
un hombre insulta.
La lluvia realmente es mágica
cuando no nos caga la vida una baldosa floja.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Compleja

Las piernas cruzadas en una clara posición de feminidad. El pie izquierdo, en puntas, toca el piso; el otro –filosófico- se tambalea en el aire, tiembla levemente, apenas es un pie.
Por arriba de la mesa ella lee, toma el libro con una sola mano, con la agilidad de quien lo hace a menudo. Apoya la espalda en el respaldo, tiene el libro con la derecha y mantiene el pulgar entre las páginas como separador. La mano izquierda sostiene su cabeza, la frente de su cabeza, el peso de su cabeza.
Sus zapatillas son blancas, decoradas con garabatos negros desprolijos. Hay algo de moda en ese diseño. La remera es la prolongación de las zapatillas, mismos colores, mismos garabatos. Tiene la combinación ensayada para no tener que pensar qué ponerse cada mañana.
Todavía lee y yo la miro, las personas que leen me resultan hipnóticas.
En un momento levanta la cabeza y se acomoda los anteojos. Siente cómo le va doliendo la vista y por dentro insulta la tradición en la miopía de su familia materna.
Valeria es sofisticada. Lee en inglés, pide los cafés con el nombre italiano (mocaccino, ristretto, capuchino), pasea a su perro cuando cree que va a llover…. y mientras lee, escribe. Le discute al autor, siempre en silencio, la utilización de tal o cual palabra. Siente tener el derecho a ser soberbia.
Por ese entonces el pie danzante se detiene. Apoya ambas zapatillas en el piso y de un movimiento rápido se saca los anteojos, que luego guarda en el estuche. Cierra el libro y mete todo en la cartera, cartera blanca garabateada en negro, por supuesto.
Se para y va a la caja a pagar, Valeria no espera a que los mozos la atiendan, odia esas situaciones porque no sabe si leer o no, la amenaza de la pronta interrupción no la deja concentrarse.
Paga y pregunta por el baño. Tiene un apuro súbito por irse del bar, como si las líneas de su novela la hubieran espantado. No obstante, la biología manda.
Se acerca al baño, mira la puerta y el cartel colgado, la M mayúscula en medio de esa entrada. Va a entrar y se frena. ¿Mujeres?, se pregunta. ¿Esa M es de mujeres?, ¿no será de masculino?...bien podría serlo, piensa satisfecha. Entonces busca la otra opción, esperando encontrar la F del femenino, pero no. El custodio en ese otro baño es una H. Valeria se decepciona y decide entrar por la primera puerta.
Estira la mano y, al tocar la madera pintada de rojo, se contrae. ¿M?, reflexiona. Y después concluye: ¡Macho!... M de macho y H de hembra, ¿por qué no?.
Justo en ese instante glorioso en el que ella descubre la ambigüedad de los carteles, un chico pasa corriendo por su lado y entra sin pensar al baño tras la letra H.
La seguridad del nene la indigna, ni siquiera es hombre, dice, ni siquiera es hombre. Y entonces olvida su necesidad biológica y se va del bar a las puteadas.

martes, 4 de noviembre de 2008

La voz del poema

Hay sensaciones que hay que tener. Yo, sin ir más lejos, nunca había leído una poesía en público hasta este sábado. Guau!, si habrá sido fuerte la sensación que hasta creo que justifica la expresión "GUAU" en un texto.
Fue el sabado 1° de noviembre en la Gráfica Patricios, allí se leyó poesía durante toda la tarde sin cansancio. El motivo: exponer el trabajo relizado en los distintos talleres de poesía que coordina (increíblemente, a mi gusto) Romina Freschi. (pajaroslocos.blogspot.com.ar).
No es que tenga intención periodística, como parece expresar mi tono, sino que por momentos es importantes contextualizar, y más aún cuando hay responsables concretos de la felicidad de uno. Otra vez GUAU, no siento ser yo el que expresa tanta energá positiva.
Eso es, energía positiva... leer una o dos líneas basta. Un verso, micrófono de por medio, y la voz de uno flotando distinta en la inmensidad. Quedan al medio suspiros de aire que desgranan el cuerpo y lo hacen polvo cósmico. De la materia sólo queda el alma. El alma entonces es materia.
O tal vez exagero por mi fervoroso debut oral. La garganta confunde al pensamiento cuando se irrita de poesía. Yo, repito, tal vez todo lo exagero. De todos modos la vida se comprende cuando dentro hay poesía.