domingo, 24 de junio de 2007

El exilio

Cuando conocí la verdadera historia de mi vida me quedé dormido y me di cuenta de que la única manera de ser interesante era o bien cambiar mi forma de vivir o bien mentir, podrán intuir que si escribo es porque elegí la segunda opción.
Pero hay una historia que es cierta, y me siento tentado de contarla, es tan simple que aún no la entiendo.
Yo tendría aproximadamente 20 años y mi vida consistí en trabajar, estudiar y divertirme cuando no hacía ninguna de las otras dos cosas que no eran compatibles con la alegría.
Trabajar era parte de un plan mayor, ahorrar. Lo hacía en un bar donde todavía lo hago.
Estudiar era un supuesto, no había encontrado el amor por el derecho aún y pasaba largas horas convenciéndome de que el “aún” estaba bien puesto.
Lo cierto es que me gustaba más todo aquello a lo que no me dedicaba. De a ratos me acordaba de mi edad y trataba de imitar a mis semejantes, generalmente llegaba el viernes y me entraban las ganas de conocer gente, deseo que se terminaba exactamente cuando se cumplía. Era una época en la que un amigo estaba trabajando de relaciones públicas en una discoteca y con mis amigos solíamos ir a bailar a su trabajo, yo como detesto ir a bailar para no bailar, solía embriagarme antes de llegar al lugar y nunca me daba cuenta de que estaba faltando a mis principios.
Una de tantas veces estaba en el lugar sin ver que pasaba a mí alrededor pero convencido de que yo estaba por encima de ello, no obstante nunca dejé de ser hombre y a menudo me cruzaba mujeres hermosas, es decir mujeres. Por intriga diría yo, me detuve a hablar con una chica que mis ojos aprobaban, a mi cabeza mejor no preguntarle ciertas cosas, y no pude hacer más que presumir de mi supuesta inteligencia, yo estaba tan metido en mi papel que ella quedo completamente convencida. Después de citar varios autores que la dama no conocía y que yo citaba porque no los entendía, la muchacha creyó que yo era diferente. Rendida mi presa no tuve más que invitarla a separarnos del grupo e ir a un rincón oscuro, como quien se esconde por vergüenza, en mi caso prudencia.
Le dije alguna estupidez, ella se rió e instintivamente la besé.
Después de un rato mi cabeza ya estaba en otro lado pero mi cuerpo actuaba cómo si quisiera estar ahí. Fue ella la que finalmente cedió y terminó con ese momento carnal para empezar a hablar, yo no me animé a decirle que ella me aburría tremendamente.
Conteste las preguntas cumpliendo con el protocolo de ser amable, dije algunos chistes fáciles para hacerla reír, pero sobre todo la odie en silencio, ella nunca lo supo.
Cuando quise escaparme mis amigos ya habían desaparecido y tener una mujer linda a mi lado al salir del lugar me tentaba más que volverme sólo hasta mi casa.
Salimos caminando, como es lógico, hicimos un par de cuadras charlando no se de qué, ella quizás lo recuerde, y llegamos al bar donde yo trabajaba y trabajo. Yo tenía las llaves y propuse entrar, ella tenía el karma de la inferioridad, no pudo resistirse, no sé si quiso hacerlo tampoco.
Entramos, puse algo de música, no bailamos.
La deje sentada en la barra y fui en busca de la heladera. Me acosté sobre el contenedor y empecé a odiarla seriamente, era algo que me pasaba muy seguido. Cuando uno descubre que no puede estar solo estando con alguien se da cuenta de las enormes falencias que tienen las relaciones entre los sexos.
Ese frío eléctrico empezó a contagiarme la espalda y sentí terribles deseos de dormir, pero ella estaba ahí sentada mirándome con unos ojos molestos que parecían decir “me trajiste para que te vea dormir”. Mi respuesta hubiera sido que tenía razón, que no sabía para que la traje.

Ella- A las mujeres hay que tratarlas bien, sabés.
Yo- Los dos sabemos que eso es mentira.

Cerré mis ojos de forma evidente y ella vino hacia donde yo estaba intentando estar lejos de ella. Me acarició la cabeza y me dio un beso. Por un momento fingí ser dulce y delicado, como si su actitud me hubiese conmovido. Dos minutos después volví a la postura anterior. Estoy tan lleno de intermitencias entre sincero e hipócrita que a veces no se cual de los dos soy. Me gusta pensar que el malo.

Pareció entender el mensaje porque de repente se alejo y tuvo implacables ganas de irse a su casa, ¿se habría dado cuenta de mis deseos? Yo estaba contento finalmente pero ya veía la próxima escena y quería desaparecer del mundo al menos por un rato. Lógicamente yo no podía, por el simple hecho de odiarla, dejarla irse sola, supongo que ella pretendía que la dejara en el palier de su casa pero mi cortesía solo alcanzó a subirla un taxi y darle unos pesos para mostrarle que estaba dispuesto a pagar para que desapareciera de mi vista, supongo que ella entendió que lo hacía de caballero, en ese caso yo era el único que sabia que eso era mentira.

4 comentarios:

María Constanza Salgado dijo...

Me gusta lo que escribis y como lo haces,por eso este mensaje!
También las fotos y su reflejo...

El Analista dijo...

Buen texto, esas dicotomias intermitentes no necesariamente han de ser malas, algunos la llaman personalidad

........Gala dijo...

El sarcasmo es de las cosas que más me divierten, excelente texto, con una que otra verdad metida en el medio...

"Me acosté sobre el contenedor y empecé a odiarla seriamente, era algo que me pasaba muy seguido. Cuando uno descubre que no puede estar solo estando con alguien se da cuenta de las enormes falencias..."

Fermina dijo...

Cada vez que leo tu blog siento escalofríos y un nudo en la garganta que quiere salir: angustia le dicen. Es imposible que yo te cuente lo identificada que me siento al leer tus textos, quiero que no terminen nunca. Pero terminan. Terminan y mi vida empieza. Las veces que quise encontrarte caminando en la calle Paraguay y encontrar en tus ojos ese consuelo que necesito. Pero creo que soy una más, que te va a aburrir y a la que vas a mirar pensando en que me tengo que ir. Vas a preferir que te deje solo como se ve que siempre te gusto estar.

Mas allá eso, queria felicitarte porque pocas personas trasmiten tanto a la hora de escribir.