lunes, 5 de noviembre de 2007

La amiga impertinente

Hay, en cierto rincón del universo, un hombre que guarda el secreto de la seducción.
Se dice, entre los más prestigiosos antropólogos del mundo, que éste hombre es inmortal.
Algunos, más cercanos a lo círculos científicos, afirman que es mortal pero que goza de excelente salud por lo cual tiene más de 150 años.
Los que se aventuran a buscarlo, pocas veces lo encuentran. Y si lo hacen, regresan de su travesía aún más confundidos que al partir.
Cientos de miles son aquellos que intentan robarle el secreto, pero el hombre nunca dio una pista. Pasó por largas horas de torturas en manos de agresores pero no sucumbió ante los golpes desesperados de aquellos que intentaban saber eso que él sabe.
La sabiduría que posee, afirma él mismo, es asexuada; genérica.
Yo lo sé porque dediqué años de mi vida a buscarlo y, como buen cazador, llegué a conocer a mi presa tanto como a mí mismo.
Finalmente lo crucé en las verdes selvas de Malasia y pude preguntarle cuál era el secreto de la sacra seducción. Él sólo me dijo “mi conocimiento es tan universal que no serviría de respuesta para tus preguntas tan puntuales”.
Ese hombre maneja esencias, no palabras. Creo poder afirmar que descree del lenguaje.
Le pregunté en nuestro segundo encuentro, que él dejo acontecer pues supe caerle simpático, si alguna vez había amado. Me contestó, con profunda tristeza, que su saber racionalizaba lo que llamamos amor, por lo cual no podía sentirlo más que como reacción física. Entendí en ese entonces la importancia de sus reservas.
Para mí se convirtió en un héroe, espadando en cada escondite contra la muerte del romanticismo.
Dejé entonces de buscarlo, comprendiendo que ponía en riesgo el bien del planeta y el mío propio.
Sin embargo no pude escapar a la llama de la curiosidad. La sola idea de una racionalización del amor me atormentaba. En ese entonces yo cargaba el compromiso de compartir la cama y pasaba largas horas intentando entender por qué quería tanto a la mujer con la que dormía cada noche. Mis ideas eran realmente estúpidas: “es por sus ojos sinceros” me dije en algún rapto de cursilería, “será que me entiende cuando hablo” intuí después, un tanto más analítico… Pero todas mis conclusiones se compraban por dos pesos, y yo, en algún lugar del subconsciente, lo sabía.
Muertas esas y todas las teorías posteriores decidí darme por rendido y dedicarme a disfrutar de mi ignorancia.
Ebrio, una noche, me acerqué a ella y le dije “no sé por qué te quiero, pero me gusta que así sea”. Ella me miro confundida -yo no solía decir sentimentalismos-, pero una vez superada la sorpresa volvió en sí y me contestó “Yo sí sé. Me querés porque sos un tonto”.
Años más tarde, y con mi amor ya muerto, decidí aventurarme nuevamente a mi búsqueda. Lo encontré en las cavernas glaciares del sur de Nueva Zelanda. Lo miré y le dije súbitamente, sin introducciones: “¿amamos por que somos tontos?”.
Recuerdo que rió, entendiendo que me acercaba a su secreto. Dijo, después de segundos de silencio, “Tontos serían si no amasen…”. Sus palabras eran forzadas, sinceras realmente, pero pronunciadas con pudor, como si no se permitiese decir frases gentiles. Saber nos vuelve agresivos, pero al enternecernos nos apaciguamos. Supongo que enternecí al viejo, o supongo que ya era demasiado para el solo.
Luego de quedarnos callados rato largo fue él quien resignó el silencio: “Sé que es así, pero no sé por qué será… el amor nace cuando la otra persona nos trata de imbéciles”, dijo, y me dejó solo desde ese día hasta hoy, acaso hasta mañana, o acaso mucho más.

Nunca volvería a amar a nadie, tal vez nunca lo hice. Nunca más nadie podría tratarme de imbécil, porque lo que yo sabía no lo sabía nadie más. Nunca más nadie con cuerpo de mujer sería impertinente.
Mi vida se volvió una tragedia, y sin embargo, yo no dejo de cosechar conquistas.

1 comentario:

pensando dijo...

me encanta tu blog tiene mucho sentido, es genial