viernes, 20 de junio de 2008

Perdón, literatura

Como es sabido por la comunidad literaria, o al menos por cierto sector de la misma, desde el año pasado se edita, junto al diario La Nación de los sábados, la revista cultural “adn”, cuyo director es el señor Jorge Fernández Díaz.
La última semana, la revista tuvo como nota de tapa un informe sobre los “escritores” mediáticos, aquellos personajes públicos que aprovechan su fama para inmiscuirse en el mercado editorial y creerse escritores. El hecho de que dicha temática fuera la central de la edición podría haber pasado sin más relevancia, a no ser por la editorial del “de pronto escritor reconocido” (Fernández Díaz) quien explica en su columna que si en la tapa se presenta una nota sobre los mediáticos, y no un artículo escrito por el británico Julian Barnes (de reconocida importancia mundial) sobre el francés Gustave Flaubert (reconocido clásico de la literatura universal), es porque –simplemente- el mercado lo demanda.
El director de “adn cultura” titula su editorial “Perdón, Flaubert”, y sostiene en ella que le encantaría que el francés fuera nota de tapa pero la revista “no solo está dedicada a rescatar lo excelso del arte y la literatura. También está obligada a registrar y desentrañar las grandes tendencias sociales y culturales”.
Me pregunto si es esa la verdadera misión de la revista “desentrañar las grandes tendencias culturales”, o si acaso es sólo un argumento esgrimido por un periodista que no tiene el coraje suficiente para decir “esta revista que dirijo no está tan interesada por la cultura como sí lo está por aumentar el número de lectores del diario, es decir de consumidores”.
Claro que tal sinceridad no sería bien vista por los lectores fervientes que cada sábado creen estar poniéndose al día con el mundo cultural y nutriendo sus intelectos con las más refinadas críticas literarias.
Hoy todo se justifica en el mercado, “tratamos tal autor de cuarta porque si la gente lo lee es relevante en la sociedad”, dicen los encargados de justificar una elección de contenidos que, por el solo hecho de tener que ser justificados, se evidencia que algo anda mal.
Fernández Díaz sostiene que el mercado y la literatura tienen que ver, que los une una relación semejante a la que tienen los perfumes con los shoppings, porque los libros –incluso la literatura- se venden y se compran, conformando así el mercado. Pero no tiene en cuenta que en grandes ocasiones muchos libros no ven la luz, o al menos la luz editorial, sin dejar por eso de ser literatura. Y olvida también que muchos libros, que son vendidos y en grandes cantidades, no son por eso literatura.
Tal vez mi indignación se base en que pudiendo ser Flaubert, en la tapa están De la Puente, Peña, Wainraich… todos esos que aparecen en la televisión y que incluso confiesan no tener intereses literarios. Se pueden llamar libros, porque la encuadernación así lo muestra, pero no caigamos en la ignorancia de llamarlos literatura. Si seguimos esta senda de títulos imprecisos, no me sorprendería, terminemos llamando clásicos a aquellos que vendan más… y entonces tal vez Flaubert, Balzac, Stevenson o Verne terminen por convertirse en rarezas de la antigüedad.
Analicemos los fenómenos editoriales, pero no nos dejemos confundir. Que millones de moscas coman mierda no significa que esta sea rica. Si el consumo describe a una sociedad, descreamos de la sociedad, pero no desvirtuemos la cultura. Dios quiera –o quiero yo-, la literatura no se vuelva espejo de nuestras costumbres.

3 comentarios:

CHarli* dijo...

Bennet: enbuenahora esta actualización (fui un anónimo hasta hoy) coincido con el detalle de los gustos culinarios de las moscas, pero en mi humilde opinión la literatura está regida por leyes comerciales de oferta y demanda y pasa a ser un prodcuto más en esta sociedad.Lamentablemente.Si ciertos autores mediaticos pueden publicar es justamente porque tienen muy claro este principio capitalista, que lo llamemos literatura o no en este encuadre netamente economico carece de importancia.Si, es lamentable, y lo denuncias en este post claro y preciso, pero asi vivimos hoy en lo que a cultura refiere.
te dejo un saludo. tenes un espacio precioso.Con tu permiso volveré.

ángel exterminador dijo...

Muchacho! Bueno... Acá paso para dejar constancia que leí tu mensaje.

También leí lo que escribiste y creo que cada uno tiene que posicionarse de alguna manera en el mercado. No hay un afuera del mercado. Lo copado es hacerse responsable del lugar que uno ocupa en él y bancar una posición a muerte y creo que eso tu texto lo hace.

perdón pero en la compu escribo muy rápido y, a veces, ni yo me entiendo.

Besotes
mar!

Fernando dijo...

Me gusta esa frase con la que cerrás el texto.
Alessandro Baricco dice en Los bárbaros algo muy rico respecto al funcionamiento actual de la industria editorial y la lectura:
"Para los bárbaros, la calidad de un libro reside en la cantidad de energía que ese libro es capaz de recibir desde las otras narraciones y de verter después en otras narraciones. Si por un libro pasan cantidades de mundo, ése es un libro que hay que leer: sin embargo, aunque todo el mundo estuviera ahí dentro pero inmóvil, carente de comunicación con el exterior, sería un libro inútil. (...) Ningún libro puede llegar a ser algo como lo descrito si no adopta la lengua del mundo. Si no se alinea con la lógica, con las convenciones, con los principios de la lengua más fuerte producida por el mundo. Si no es un libro cuyas intrucciones de uso se hallan en lugares que NO son únicamente libros. No resulta fácil decir de qué lugares se trata: pero la lengua del mundo, hoy en día, sin duda alguna se gesta en la televisión, en el cine, en la publicidad, en la música ligera, tal vez en el periodismo. Es una especie de lengua del Imperio, una especie de latín hablado en todo Occidente. Está formada por un léxico, por una determinada idea de ritmo, por una colección de secuencias emotivas estándar, por algunos tabúes, por una idea concreta de velocidad, por una geografía de caracteres. Los bárbaros van hacia los libros y van de buena gana, pero para ellos tienen valor únicamente los escritos en esa lengua: porque de esta forma no son libros, sino segmentos de una secuencia más amplia, escrita con los caracteres del Imperio, que a lo mejor se ha generado en el cine, ha pasado por una cancioncita, ha desembarcado en televisión y se ha difundido en internet. El libro, en sí mismo, no es un valor: el valor es la secuencia."

Perdón por el excesivo espacio que tomé. Saludos.