miércoles, 15 de octubre de 2008

Para Jóvenes Letrados

Hace un tiempo estuve en el barrio de Palermo, comiendo con amigos en un restaurante al cual solemos ir. Dejé el auto en la esquina y le pedí al “encargado de la cuadra” que me lo cuidara. “Sí, son cinco mango papi” me dijo. Yo, inocente ciudadano, pregunté “qué eran cinco mangos”, advirtiendo que cinco mangos en sí eran sólo cinco mangos. Tanto: cierta cantidad determinada de frutas (mas de cuatro y menos de seis según entiendo) o bien podría significar cinco pesos. Se refería claramente al dinero. Le aclaré que no tenía esa plata, la tenía pero no para dársela a él pues si se la diera ya no la tendría. El muchacho, de voz finita pero intimidante, me dijo “si yo tendría ese auto no te amarreteo cinco mangos guampa”. Instintivamente le respondí “si yo tuviera ese auto, se dice”.
“Es lo mismo guacho”, anunció el chico, segurísimo de que era lo mismo y de que yo no tenía padre. Decidí no entrar en la contienda e ignorando su idea de mi “yo-guacho”, le di “cinco mangos” y dejé mi auto en las mejores manos, al ritmo de “Bombón Asesino” que sonaba en la radio del cuidador, quien, mientras me alejaba, gritaba “andá tranqui logi, yo te lo cuido”.

¿De donde vienen las palabras que empleamos? ¿Cuanto tarda un término en pasar de horrendo a estipulado?
Muchas de los vocablos que usamos hoy en día tienen su origen en un pasado no tan lejano. Palabras que hoy suenan habituales como “laburar” fueron delatoras de extranjeros cuando aún no se arraigaba la costumbre italiana. Más cercano aún, palabras como “chabon”, “chapar”, “transar”, etc. fueron novedades que necesitaron institucionalizarse en las juventudes de anteriores décadas. Así mismo es común escuchar términos que supieron ser agresivos como “boludo”, “joda” o “quilombo”, sin que nadie se sorprenda. Han perdido su fuerza o han cobrado gran valor, volviendo su significado más leve para permitir el uso indiscriminado.
Constantemente el idioma se modifica, se renueva, se re-significa. A costa de ser transgresor corre el riesgo, el lenguaje, de involucionar. Se auto destruye olvidando palabras clásicas o de uso preciso en ciertos casos, “una palabra mal colocada estropea al mas bello pensamiento” sostenía Voltaire.
No creamos, los jóvenes, que por ser el presente referente de actualidad tenemos derecho a basurear al idioma que nos concedió el habla. Michel de Montaigne, un escéptico francés, dijo alguna vez que “la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. Adhiriéndome a ello, aconsejo a los jóvenes lectores que no olviden que al hablar no sólo escapan a su silencio sino que acaban con el silencio del otro.
Es cierto que hay determinadas cuestiones técnicas que nos obligan a renovarnos, como al hablar de las tecnologías. Pero no lleguemos al extremo de tecnificar los campos naturales de nuestra vida como al creer que charla y “chat” son sinónimos.
No nos queda más, a los nostálgicos, que aceptar la inclusión del “guachin”, “guampa”, “logi” o “tkm” cuando quieren decir “te quiero mucho”. No nos queda más que aceptarlo y reír o llorar en silencio.
Re-establezcamos la costumbre del diccionario, busquemos “inefable” si no sabemos qué significa. Acudamos a los libros para ver qué es “zozobra”. No hagamos de éste escrito sólo papel picado para la cancha.
Juventud nefasta es la que no sabe lo que nefasto significa.



* Zozobra: f. Inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece.
* Inefable: adj. (del lat. Ineffabillis, indecible). Que no se puede explicar con palabras.

2 comentarios:

Diego M dijo...

Además del significado de "zozobra", ahora tengo que buscar el de "aflicción", "congoja" y "sosegar", es demasiado para mí, guacho!!! ;-)

Ojalá esos chicos puedan tener acceso a una educación digna algun día, mientras tanto, hacen lo que pueden con esto que se ha dado en llamar "vida"
Abrazo!

Adrianina dijo...

Hola Alejandro. Te conocí a partir de la publicación tuya que salió en cruzagramas, de ahí siempre estoy pendiente de tus actualizaciones, me gusta tu poesía y también cuando escribís ensayo.
Cuando leí este texto, recordé una entrevista que dio Maria Elena Walsh al suplemento Ñ de Clarín, en el que hablaba del uso del lenguaje, y en el cual contó una anécdota mas o menos así…

En una oportunidad hizo un viaje en remisse, y el remisero le dijo:”¡Mire, que suerte que la llevo porque hace veinte años que le quiero hacer una pregunta! ¿Qué quiere decir Malaquita?”. Entonces ella pensó, en cualquier diccionario lo podía encontrar, pero veinte años le llevó sacarse la duda. Pobre hombre, es muy triste la vida sin diccionarios.

Un beso. Te sigo leyendo, y con tu permiso te pongo en mis enlaces.