jueves, 18 de marzo de 2010

Advertencia a mi mismo

Va a haber días terribles
días no tan malos
y días que sean solo días.
Va a haber gotas que caigan tras más gotas
y va a haber espasmos toscos con sangre CrisTALINA.
Va a haber noches como flechas
y tardes en las que camine por la cuadra de tu casa buscándote
va a haber teléfonos mudos y señales de humo
va a haber sombra
la trabajosa sombra
y después apenas va a haber luz y va a volver la sombra
mojada y negra
como un charco espejado
en donde está tu cara y tu cara grita
un grito desesperado y firme
una orden alemana que signifique: "alejate"
una voz incomprensible en chino que repita: "nunca más"
como un cuervo políglota
un cuervo hermoso por otra parte
aunque cruel, claro, tan diáfano como la verdad.
Y entonces voy a entender
en un tosco inglés británico
que tu amor era acostumbramiento
por un lado
y que luego van a quedar sus resquicios
y los días en los que va a haber
caras sin forma
sinsentidos universales
relojes, muchísimos relojes,
y calendarios y muerte.
Y yo, sea lo que sea que vaya a haber
seguiré acá
en la sombra
desangrándome infatigablemente.

domingo, 14 de marzo de 2010

Domingo

Y así desesperado tal vez acaso quizá pueda. Así de a poco adrede abierto. Así embebido ebrio emancipado. Y luego cortado a la mitad en trozos de esperma acuoso verde soso. Hecho de polvos y hechos. Con y sin pruebas de mi identidad. Así tirado al pasto azul al hielo al suelo despejado que se calla tras caer caerse encima mío o encima de quien no puede recibir peso. ¿Encima de quién? ¿De quién? Disparen apunten fuego. Ya murió dos pasos antes con el primer grito. ¿Encima de quién? Salí corré salí. Garganta. Salí corré salí. El ojo está seco está rojo está cojo tuerto y mudo. El ojo que no llora no habla ¿y el silencio vale más que mil palabras? No me pronuncio, no me nombro, no me existo. Si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro si me llamo la encuentro. Todavía no volví a ser individuo. ¿Y el silencio vale más que mil palabras?

Voy después, bastante lejos, y descubro que callar es una guerra.

viernes, 12 de marzo de 2010

Declaración de admiración (o una sumisa resignación)

Me parece verlo todavía
un hombre al que nunca vi
en realidad
un poeta al que lei antes de saludar
y al que saludé leyendo.
Un poeta
latinoamericano por cierto
que vive en Europa y en Méjico
y está muerto.
Un poeta al que copian los jóvenes
y que dice cosas que hacen pensar a los árboles
porque los árboles escuchan sin adjetivos
porque los árboles saben que el conocimiento
está en las historias
que ven pasar cada día.
Un emblema y un libro
una mochila gastada y la espalda con dos marcas rojas
la piel irritada
y los músculos de la tenacidad
entrenados por cansancio.
Un hombre
con sangre india o gallega
un poeta latinoamericano
lejos y cerca
de los poetas y de los otros
del continente y los mares
una mano que sabe de letras y estaciones
y piensa
al final del día
que es imposible
si se quiere
que pueda suceder lo imposible:
volver a la vida y ser detective de homicidios
para ir a la escena del crimen sin temor a los fantasmas
ni al dolor
ni a la oscuridad
ni a la melancolía ni a las ausencias.

lunes, 8 de marzo de 2010

Las cosas

Cada una de mis uñas
Cada uno de mis pasos
Cada una de mis mentiras
Los muebles, los cordones
Las guitarras, las tranqueras
Las canciones pop y la música
El tango
Los cuadros de otro, los alambres
La imaginación débil de los muertos
La cúpula que vi un verano en San Luis.

Cada sombra que confundo con un hombre
Cada insulto proferido por contagio
Cada cita de Quevedo o de Unamuno
Cada hombro dislocado
Cada función de esa obra en Buenos Aires
Cada libro con la página mordida
Cada traducción de la palabra schuhlöffel
El candelabro de bronce con un rayón en la base
La araña que fue de una abuela y después de otra antes que mía
La campera de cuero que no uso por pudor
El portero eléctrico de la chica de los quince.

Cada mínima aproximación a cualquier parte
Cada minúscula asociación libre
Se vuelve excusa
Para acordarme.

domingo, 7 de marzo de 2010

A todo volverlo triste (escupitajo incorregido)

Las letras van al vuelo como si fueran corsarios
Buscan en la sombra un beso de otro tiempo
Me llaman y me nombran y yo no soy su dueño
-casi no soy nada, apenas me entiendo muerto-
Habiendo perdido tanto ya no poseo ni un sueño.
Entonces se retuercen, huérfanas, las letras
Y hacen de mi canto una suerte de conjuro
El dolor se esconde en las onomatopeyas
Y mi nombre, de vuelta, se pierde por lo oscuro.

Puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Crece en carne viva la ausencia de cierta chica
Y puedo escribirlo todo y todo volverlo triste.
Yo que fui, iluso, soldado del optimismo
Hoy puedo mirarlo todo y a todo volverlo triste.
Corrí por pasto mojado y sentí que el agua era amiga
Y bailé por el amazonas para creerme anaconda.
De qué sirve, ahora, tanto lustre de energía
Si hoy todo se vuelve triste de solo estar en mi vida.
La quise y la quiero y la querré aun todavía
Como en todo llorar de ausencias siempre hay magia femenina
La quise, la querré y todo el tiempo
El aun y el todavía
Es cómplice de mi llanto
Si es que lloró todavía.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Coqueto

Una brújula que respira mal
sin tiempo en coordenadas informes
atraviesa el lumpen espacio de tierra
de una plaza emplazada en balde
de arena superpuesta
de hierro fundido
en la cáscara tosca de un pantalón azul
ríspido como molino
ajustado justo en lo injusto de un injurio
con sangre y terremotos
mentales y remotos
a la mañana gris
reis
de lluvia y sueño
y sos vos
el que lee, el que se apropia
la persona mona que se adorna
para ser niño de bien
y morir en el invento

lunes, 22 de febrero de 2010

NO ME GUSTA KLOSTERBOER, por EJB



¿Qué le vieron? Posta, muchachos. ¿Es para tanto? Sí: está mejor que mi tía. Sí: se la empernaron varios con chapa. Pero... pará. La sonrisa siempre a medio sonreír. Busto, cuanto mucho, reglamentario. Piernas ahí, bien, tampoco la pavada. Retaguardia magra, lejos de las proporciones ciriescas que relamente te vuelan la zabeca. Voz de galletita de agua sin sal. No parece guarra. No cambia el look. No tira frases picantes. No se maquilla. En definitiva, no sin temor de ser vituperado, me animo a vociferar: ¡terminemos con la mentira de Marcela Kloosterboer! Viene y te encara y sí, ¿quién no le da hasta pasado mañana? Pero no, viejo, antes tengo varias en la lista. Y no me vengan con eso de mamá te presento a mi novia y con ésta sí me caso y le hago un hijo por año. Mentira. Acá se habla de quién está más buena y este país, floreciente en sus viñedos, orgulloso de la birome y el colectivo, sacapecho de su carne de exportación y –acá viene la posta-- quiero vale cuatro cuando hablamos de minas que se parten en mil pedazos, no puede considerar a Marcelita como Nº 1. ¡El país de la Coca Sarli y Tita Merello, muchachos! Estamos mal. Como país. Y viene Bublé, chorea lo que hay, y no lo cagamos a palos. Qué lo parió.

martes, 16 de febrero de 2010

Salido de una ficción real con sabor a letanía durante la tarde lluviosa de una persona perdida

Es raro. Estoy vivo. En verdad no tuve el riesgo de perder la vida. Quizás. Pero fue raro. Y estoy vivo. Y cansado. Y desde hace días siento que recién salí del camino del Inca. Escribo, digamos, para salvarme de la angustia que sé que va a venir. Todavía no lloré, y no creo que lo haga, pero contar cómo fue una parte de la travesía puede rescatar del olvido al miedo y a la suerte que tuvimos.



Era tarde cuando escribí esto, serían las dos de la mañana. Tenía las manos de un extraño color amarillento, como el color de la tierra que se había instalado en mis uñas y en mi pelo. Hacía cuatro días que no me bañaba y los pies ya me advertían de varias ampollas por salir. Acababa de llegar a Cusco desde Ollantaytambo y casi no entendía esto de escribir en computadora (tan habitual anteriormente). Estaba agotado. Pero feliz. Entonces escribí esta crónica de mi supervivencia.
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Me encantaría decir que llegué de Machu Picchu, pero nunca alcancé el santuario. La tragedia se desató antes. ¿La tragedia? No sé. Los hechos fortuitos de la naturaleza, que acá llaman Pachamama. Pasado en limpio: el domingo 24 de enero, tras intensas lluvias en la zona del valle sagrado de Machu Picchu (y en toda el área de Cusco), los ríos Urubamba y Vilcanota, entre muchísimos otros, crecieron enormemente y empezaron a corroer las paredes barrosas del valle. La primera víctima fue la vía del tren, después las montañas en sí, que comenzaron a sufrir derrumbes, y para el final del lunes 25 ya había dos personas muertas: una chica argentina de 23 años y un guía peruano. Además, miles de turistas varados en Aguas Calientes y otros tantos en la mitad del camino del Inca. Entre ellos yo, que viajé a Perú junto con mi amigo Gastón Bourdieu para conocer el mítico santuario incaico, ese “centro de energía”, maravilla del mundo, al que no se puede dejar de ir. Y así fue, fuimos, fuimos yendo digamos, hicimos el intento. Empezamos la caminata el mismo domingo 24 sin saber qué estaba sucediendo. Caminamos 11 kilómetros, dormimos. El lunes nos despertamos a las 5 y reemprendimos la marcha, 13 kilómetros, todos en subida, hasta llegar a 4250 metros, descender hasta 3600 y volver a acampar. A esa altura falta el aire, los pulmones pierden efectividad y las piernas se entumecen. Pero allí adelante está el objetivo, entonces se sigue. Una vez en el segundo campamento llegó la noticia. “Ha habido un alud, los caminos están cortados y la gente en Machu Picchu no tiene cómo volver porque ya no hay vías férreas y está todo inundado”, las palabras son de Lucio, nuestro guía. Respondimos, creyendo que la inteligencia y la valentía son enemigos, que queríamos seguir. Lo pensó, lo discutió con colegas, y dijo que no, que no le parecía prudente. Además, los porteadores (quienes llevan hasta 25 kilos de equipaje en la espalda) tampoco estaban dispuestos a arriesgarse. Al día siguiente nos despertamos (despertar es un decir, ni dormimos) a las cuatro de la mañana. Lucio se acercó a la carpa del desayuno y, después de ofrecer agua hervida, informó que había dos muertos. Entonces el juego de las vanidades pasó a segundo plano: ya no era llegar o no llegar, sino salir o no salir. Los puentes estaban colapsando. Había derrumbes. Faltaba el agua y la comida. Y estábamos lejos.

Sin más nos pusimos a desandar nuestros pasos. Los 24 kilómetros que habíamos hecho en dos días debían ser atravesados lo antes posible. Volvíamos, cabizbajos, por las mismas rocas que habíamos superado. Pero los puentes no eran los mismos. La mitad de uno ya no estaba (el resto era río). Ayudados por lugareños, lo cruzamos descalzos. Otro puente era aire, y el camino se desviaba hacia la montaña para sortear el precipicio. El río se hacía escuchar. Y a mí no me quedaba más whisky, y llovía, y transpiraba, y aun así corría o trepaba o lo que fuera necesario. Había que alcanzar el kilómetro 82, la entrada, el puente principal que todavía no caía, nuestro oasis. Finalmente los trece integrantes del grupo (8 argentinos, 2 suizas y 3 brasileros), y los tres guías (Lucio, María y John), llegamos a la meta. Pero las noticias no eran mejores. Ahora los pueblos eran los que caían, las casas se iban poco a poco, y entre caos y lluvia, la única esperanza era la esperanza. Sobrevivir era posible, casi hasta fácil, pero verlo todo como testigo cruzaba una línea. En algún momento alguien insultó a la Pachamama, a lo que Lucio respondió que quizás esto no era un castigo, sino un aviso, una manera poco pintoresca de decirnos que no avanzáramos. “La civilización ha ido mejorando las casas, pero no ha mejorado al mismo ritmo a los hombres que habitan en ellas”, escribió el naturalista norteamericano Henry David Thoreau, a quien leí justamente durante una noche de la odisea.
El miércoles 27 al mediodía, después de caminar dos horas por las vías de tren, de hacer trasbordos de un camión de ganado a una combi, de ver al conductor acelerar porque, producto de un nuevo derrumbe, caían piedras en la camioneta; llegamos a Ollantaytambo. Y volvió a existir la civilización, internet, el teléfono, las voces que conocíamos y que, producto del miedo, intentábamos recordar en cada cuesta. Hablé con mi familia, mi amigo con la suya, los demás con los propios y en menos de diez minutos volvieron varias almas a sus cuerpos. Las de las madres, claro.
Mientras tanto la gente en Aguas Calientes sigue varada. Y yo escucho todavía el ruido de los helicópteros que pasan camino al Machu Picchu. No es producto de mi memoria perturbada, es el sonido de los rescates. Dicen que sacan primero a los que tienen plata, y que falta la comida y el agua. Pero después dicen que no. En este caso el periodismo me supera, cuesta saber los datos.
En fin, después de dos días de caminata de ida y dos días de vuelta, acá estoy. Huelga decir que el regreso fue mucho más emocionante que la ida. Los puentes se caían. Las casas se iban. La gente lloraba… Y yo no entendía qué era lo raro.
Con todo el respeto por las víctimas, agradezco estar bien y, si se puede ser resultadista en estos casos, haber pasado sin fatalidades por esta experiencia. Escribe Rodrigo Fresán en su primer libro (“Historia Argentina”), que la gracia del viaje de Moisés hacia la tierra prometida no estaba en llegar, sino en ir… Y yo fui. La historia y la angustia, claro, quedarán para después.


domingo, 14 de febrero de 2010

De vuelta

De vuelta en Buenos Aires, tengo dólares en mi billetera. Como solo en un bar y juego a que éste es un destino más. La ciudad donde vivo me da miedo. Y pienso que si efectivamente fuera un destino más, un puerto o estación adonde llegar de noche, caminaría por los extrarradios con fascinación, sintiendo que la muerte y el peligro, en todo caso, son la opción tentadora del turismo aventura urbano.
De vuelta en Buenos Aires, parece, aun sigo de viaje.

domingo, 7 de febrero de 2010

Vacaciones en Fotos

La gente pregunta...
Y yo digo que viajar en barco por el amazonas es viajar por el realismo mágico.




jueves, 28 de enero de 2010

Varado en Machu Picchu


Es raro. Estoy vivo. En verdad no tuve riesgo de vida. Pero fue raro. Y estoy vivo. Y cansado. Y en el aeropuerto de Lima, recién llegado de Cusco, adónde recién ayer llegué del Camino del Inca. Me encantaría decir que llegué de Machu Picchu, pero nunca alcancé el santuario. La tragedia se desató antes. ¿La tragedia? No sé. El hecho fortuito llamado naturaleza que acá mencionan como Pachamama.
En fin, después de dos días de caminata de ida (hacia Machu Picchu), y dos dias de caminata de vuelta (desandando los pasos luego de enterarnos del problema), acá estoy. Huelga decir que los dos dias de caminata de vuelta fueron mucho más emocionantes que los dos de ida. Los puentes se caían. Las casas se iban. La gente lloraba. Y yo no entendía qué era lo raro.
Con todo el respeto por las víctimas, agradezco estar bien y, si se puede ser resultadista en estos casos, haber pasado sin fatalidades por esta experiencia.
Las fotos y la angustia, claro, vendrán después.

jueves, 7 de enero de 2010

Una fiesta llamada Sandro

Su muerte es una fiesta. O al menos debiera serlo, una celebración post mortem por el héroe pop que supimos tener. Su muerte es una fiesta, así como lo fue su vida. Incluso sus penas eran una fiesta. Verlo sufrir en el escenario con la cara húmeda confundida entre lágrimas y sudor era una fiesta. Bailaba, lloraba, actuaba, sentía… Fue de otra generación, no de la mía, pero se sucedió, rebalsó en años de gloria y llegó a sonar en mi walkman, en mi mp3 incluso y en el toca discos de mi abuela. O en el de otra abuela, o en el de una tía. Su vida fue una fiesta, un festival. Tu vida, desconocido Sandro. Tu vida, lejano Gitano. Tu vida, compañero de cumpleaños, compañero de mis veinticuatro 19 de agosto. ¿Cómo fue tú vida?, ¿qué es lo que no mostraste en el escenario? ¿Hay acaso alguna intimidad que tenga que importarme?... Fuiste grande, hasta yo lo sé, porque algunos son prodigios de felicidad. Porque algunos son luz vuelta cuerpo.
Y así te vas, en medio de la fiesta que bailamos todos. Tu fiesta, tu muerte, tu vida. Se te nota, Roberto Sánchez, fuiste de América. Y estarás en el aire, entre sus piedras, su arena o el viento que agita el mar. Vos lo dijiste: “No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad, quiero que me recuerden como a la misma felicidad”… Amén.

lunes, 4 de enero de 2010

El terror no está en la plaza

Alguna vez me pregunté dónde quedaba el colmo. Y llegué, línea directa al colmo de las cosas: las plazas de Buenos Aires cerradas por año nuevo. Una evidente ínfula de primer mundo mal direccionada. Una decisión macrista-vecinal que desestima (sin mencionar desoye) el poder del espacio público. De hecho, lo vuelve espacio con público: cuadro al que se mira y no se toca…
Y yo digo: con qué derecho los vecinos de un barrio (o su intendente), deciden quitarle la posibilidad a la gente, al caminante, al vagabundo, de entrar a una plaza cuando se le venga en gana. ¿Cómo le ponen rejas y candado y terror y bronca a un patio verde?
Cómo es que nos ganó el miedo de entrar por el sendero de árboles, la suposición de que el peligro se mitiga con rejas... Cuándo fue que el vandalismo le ganó la pulseada china, mínima pulseada que nadie sabía que existía, a la libertad de pasear, como diría Thoreau, hacia una Tierra Santa.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un viernes muy tarde

Qué triste, ¿no?, la vida de alguien que mira tantas horas la pantalla del messenger,
Y ni siquiera sabe qué busca...

martes, 6 de octubre de 2009

Para una cartografía sensible

En lo tibio y lo profundo (no tan hondo) en lo estimado en lo siniestro en el trazo azul o rojo o verde en la altura media de la palabra “luciérnaga”. Danzante en la dicción cómodo en lo vacuo hermoso de por sí por ser o estar un ruido tan a palabra tan a cosa y bello en tanto ruido también. El arte o las palabras son lo mismo siempre y cuando no exista soliloquio de sentido ni de forma ni de juego. El límite impreciso es el inútil y vago conocer de los poetas que tal vez lo desconocen que por ahí o por otro lado –la otra orilla¬– lo descubren y revuelven. Depende el día tal vez o no depende. La poesía no gana por cansancio. Flota pura ríe por hambre goza ante la sombra en la cara del que escucha que en vez de pura el poeta dijo puta, ¿dijo puta? ¡Dijo puta! La poesía es viva es piola es una rosa que es símbolo de lo que nunca fue parecido a una rosa y es bastarda y huérfana y escurridiza. Vive en la tinta en los pozos. Hay días en que muere y al nacer es otra cosa. No sé si es o si se hace a mi me suena acaso me la evoca. No sé su nombre ni su forma ni su lengua. A veces suena y al sonar la veo desprovista de significado como la música pero no de sentido su sentido es existir. No tan hondo no tan cierto así liviano y caprichoso inútil peregrino y de ambos sexos. La palabra y su contorno su condena su figura y al final como siempre
un sonido
perforado
por la expresión pre(im)precisa.